sábado, 20 de agosto de 2011

¿Mito o realidad?

Cuenta la leyenda que una vez cada varios siglos se dan las circunstancias para que ocurra un hecho tan excepcional. Quizá en nuestros días pueda volver a repetirse: hace tanto que ocurrió la última vez, es un hecho tan perdido en los anales de la humanidad, que podría volver a repetirse en cualquier momento. Volverá a tocar que suceda, inevitablemente. Pronto. Quizá este ocurriendo ahora mismo, mientras lees esto.

Hay quien defiende que aquellas historias que narran lo que ocurrió, que cuentan cómo ya había pasado mucho antes, eones antes, son tan solo un mito más. Una de tantas historias contadas de boca a oreja durante siglos y que, quizá basadas en un hecho cierto, se han ido transformando y cargando de una mitología y simbolismos puramente accesorios, habiendo convertido una pequeña anécdota en un gran adorno, una gran farsa vacía de realidad histórica.

Obviamente, yo no me cuento entre esa gente. Os explicaré por qué. Un día conocí a Eugenia y me habló de todo esto. Me contó como llevaba toda su vida estudiándolo. Me habló de aquellos pergaminos que se caen a pedazos y que había estado consultando por medio mundo. Me explicó todas las pruebas históricas, pruebas solidas y fehacientes, que demuestran que lo que en ellos se narra ocurrió realmente. Y entre esas cosas que se cuentan está esta leyenda. Que no hayamos encontrado pruebas de que sucediera no significa que no pasara; es más, no hay más que escuchar a Eugenia con un poco de atención para conseguir que te convenza de que algo así no solo ocurrió una vez, sino otras muchas antes de eso, atrás, muy atrás en el tiempo, cíclicamente, desde el mismo día que el ser humano comenzó a caminar por este mundo.

Y lo más curioso de todo es que puede volver a ocurrir. De hecho, todo indica a que ocurrirá, que tiene que suceder ya mismo, muy pronto. Quizá lo veamos nosotros, o nuestros hijos, o nuestros nietos. Pero no creo que tarde mucho más. Es inevitable que suceda pronto si son cierto lo que se cuenta de esta historia. ¿No es inquietante pensar que ha podido empezar a suceder ya y que no nos hemos dado cuenta aún? O, más inquietante aún: pensar que mañana, o mejor aún, hoy mismo, ahora mismo, tú, la persona que esté leyendo esto, comience a experimentarlo; que puedas ser el primer testigo de un hecho tan extraordinario, algo único, que cambiará de arriba a abajo toda nuestra concepción del universo, de la realidad, cómo lo ha hecho tantas veces antes, cómo es evidente que ocurrió antes también en tiempos históricos (ya os he contado que los indicios son más que esclarecedores en este sentido... es ridículo no querer verlos).

Acabo de darme cuenta de que aún no es hablado de esta leyenda. Pero, ¿realmente hace falta? Todos sabemos a que me refiero, ¿verdad? Y si hay alguien que está leyendo esto y no sabe lo que es, quizá es que no esta preparado aún para lo que va a ocurrir. Pronto. Muy pronto.

martes, 16 de agosto de 2011

Una vida tras el cristal

¿Tan interesante soy? No se que narices miráis, de verdad. Podíais iros a vuestras casas y dejarme en paz, no se que leches pintáis aquí...

¿Qué pasa? ¿Quereís verme hacer monerías? ¿Trucos, gracietas? ¿Que os parece si estampo un puñado de mierda en vuestras caras sonrientes? ¿Eso os gustaría? ¡Perderos de una vez, pesados!

Esos ojos, siempre esos ojos ahí, mirándome... Al menos por la noche os largáis, algo es algo. Pero vuelve el día y aquí estáis de nuevo, dando el coñazo. Me gustaría veros en mi situación, que esto fuera al revés. Que fuera yo el que me pasara hora tras hora mirando, cotilleando en vuestra vida. Seguro que no lo veíais tan curioso, tan gracioso, ¿a que no? Seguro que no os reiríais ni expondríais a vuestros hijos a esto. ¿Créeis que no tengo ya bastantes problemas? ¿Que no soy ya lo bastante infeliz? ¿Es que no tenéis corazón? ¡¡Idos!! ¡¡Idos de una vez!! Y no volváis, demonio... no volváis, maldita sea...

Dejadme en paz. Dejadme sufrir en paz. Malditos todos. Os odio. A todos y cada uno de vosotros, de vuestros ojos, de vuestras caras sonrientes. Os escupiría, os golpearía, os patearía hasta reventar. A todos. Idos de una vez, dejadme en paz... Idos...


-Mamá, ¿por qué aquel monito está triste?


sábado, 13 de agosto de 2011

Un paso tras otro

Nota como cada paso, cada impacto del pie en el suelo, se transmite rápidamente a lo largo de la pierna y la columna vertebral hasta sacudir rítmicamente la cabeza en el familiar vaivén de la marcha. Camina, camina, camina, rápido. Siente el corazón latiendo con fuerza, extrañamente sincronizado con la cadencia de los pasos; y la acelera, una vez más, estirando un poco más la zancada, notando como tiran con más fuerza los músculos de los muslos, las pantorrillas y el trasero a medida que la velocidad aumenta. Antes del próximo paso de cebra alcanzarás a ese del jersey rojo. Vamos. Hazlo. 

Ahora llega un pequeño repecho. Y la pendiente se hace mayor por momentos. Pero se esfuerza en mantener el ritmo y en intentar recorrer la misma distancia a cada paso. Sigue dejando atrás a la gente que camina por la misma acera, ahora que va cuesta arriba aún con mayor frecuencia. La respiración se hace más y más profunda, y entreabre la boca una y otra vez para ayudar a llenar con una nueva bocanada de oxígeno sus pulmones, que cada vez se muestran más ávidos del elemento azul. El corazón comienza a dejar atrás su cadencioso ritmo para repiquetear con un trote más alegre en el pecho. Nota su pulso exigente en el cuello. ¿Ya he roto a sudar? Aún más rápido, aún puedo darle un puntito más de velocidad.

Gira la esquina, deprisa. Cruza esta calle en diagonal, acortarás unos metros. ¿Vienen coches? No... Dale, dale, dale. Mira el reloj con expresión concentrada, cómo si levantar la muñeca de su brazo izquierdo un par de segundos hacia su cara requiriera una gran dificultad por mantener el ritmo coordinado de pasos y balanceo de brazos. Cinco pasos más adelante un gesto de extrañeza muda su cara. ¿Qué hora era? Joer, miras el reloj y ni te fijas en que hora es... De nuevo, una consulta a las manecillas. De nuevo, un gesto concentrado al hacerlo. Y de nuevo la vuelta al balanceo sistemático de brazos que intenta compensar ese par de piernas que se mueven rápida y coordinadamente, con articulaciones haciendo su juego como bielas bien engrasadas.

Es curioso. Solo tengo que pensarlo, desear dar un paso un poco más largo, un poco más rápido. El cuerpo hace el resto. Pensar la cantidad de músculos que estoy moviendo a cada instante, la necesidad de controlar el equilibrio, la respiración, la presión sanguínea... Y todo eso funciona en el plano automático. Es cómo pisar el acelerador de un coche... ¡Ostras! ¡No te desconcentres pensando en chorradas ahora! Un paso tras otro, no pierdas el ritmo. Ya no queda nada, cien metros, poco más.

Siente la pequeña gota de sudor que se ha formado en su sien y que comienza a resbalar hacia su mejilla. Pero ya está, ya ha llegado. Ahí están. Rebaja el ritmo de sus pasos y hace unas cuantas respiraciones profundas, dejando que el cuerpo vuelva a relajarse, vuelva a ponerse a velocidad de crucero, a ritmo de paseo. Poco a poco deja de sentir el corazón latiendo a todo trapo. Nota los músculos de las piernas, ya calentados, cómo se amoldan agradecidos a un paso más sereno. Vuelve a ojear el reloj. ¿A que me recuerda esto de andar a toda prisa y pendiente de la hora? Una cabeza se gira, le ve y una mano al aire le saluda. Y cuando están a unos metros de distancia ambos arrancan a hablar a la vez.

-Joer, vienes acelerado, ¿no? Si aún no son ni y cinco, hombre, no había prisa.
-Ya esta aquí el conejo blanco, perdonad el retraso.
-¿Que dices de un conejo blanco?
-Nada, nada, que ya está, ya he llegado. Voy a pedir algo para beber que me muero de sed, ¿que os pido a vosotros?

martes, 2 de agosto de 2011

Deseo de verano

Todo un año esperando este momento, y por fin había llegado. Enfiló el pasillo de los lácteos y giró a la derecha en la pila de latas de tomate en conserva. Y ahí estaba: el pasillo de los congelados. Su destino.

Aparcó el carro en uno de los extremos del mismo, y se asomó con cuidado. Nadie. Ni un solo alma en todo el supermercado. La música ambiental sonaba de fondo; y ese, junto al sonido de sus pasos era la único que se escuchaba. Notó cómo se le aceleró el corazón. Iba a hacerlo de nuevo, cómo el año anterior. Los nervios y la emoción por revivir ese momento iban creciendo más y más. Se forzó a respirar profundamente y relajarse un poco. Quería disfrutar de aquello en condiciones.

Mientras se acercaba al carro pensó en cuando era pequeño y acompañaba a sus padres a hacer la compra semanal. En cómo entonces ya tuvo aquel deseo, y al ver sus intenciones se llevo una buena reprimenda de su parte. La verdad es que era un deseo un tanto ridículo, se podría decir que infantil. Pero desde que el año anterior se encontró haciéndolo tras haberse lanzado a ello casi inconscientemente, en un arreón de espontaneidad, se había pasado meses y meses deseando que llegara este momento. Y aquí estaba, por fin. Más de media ciudad estaba de vacaciones. El resto estaría en la playa o en casa comiendo o echándose la siesta. Tan solo había visto una cajera al entrar, que le había saludado aburrida con la cabeza al verle, apenas levantando la vista de la revista que estaba ojeando. Ese era el momento perfecto para hacerlo.

Agarro el carro con fuerza, lo atrajo hacia si, y comenzó a correr más y más rápido. Y cuando había recorrido un tercio de aquel pasillo, el más alejado de las cajas, dio un pequeño salto y subió sus pies en las barras que unían las ruedas traseras. Y se dejó llevar a lo largo de todo el largo pasillo, pasando al lado de arcones y neveras llenas de productos que en aquel momento no eran más que borrones; notando el aire fresco en su cara y en la camisa que se le pegaba al pecho mientras iba deslizándose más y más y más.

Al llegar al final del pasillo, bajo los pies a tierra y frenó. Notaba la tonta sonrisa que se había dibujado en su cara. Respiró profundamente y cerro un instante los ojos. Luego giró la cabeza y miró el pasillo que acababa de recorrer montado en su carro de la compra, y susurro una despedida: “Hasta el año que viene…”

sábado, 11 de junio de 2011

Piénsalo dos veces

Unos seres mágicos y casi todopoderosos. Que pueden cambiar de forma, que gustan de embaucar y de ridiculizar a los humanos. Entes que pueblan leyendas desde el frío Atlántico hasta las interminables estepas de Asia. Temidos por su espíritu malicioso durante generaciones y generaciones. Y si, también deseados. No eran pocos los que según los textos antiguos intentaron esclavizarlos y atarlos de por vida con un conjuro a un objeto, para así poder disponer de sus poderes a voluntad.

Seguro que si te topases con uno en tu día a día no sería motivo de alegría. Imagínate, puede ser una sombra, quizá incluso se haga invisible. O puede hacerse pasar por cualquier tipo de animal. O de persona. Quizá por alguien conocido o por un ser querido. Y engañarte, seducirte, humillarte, destrozarte la vida. Y lo hará por el simple placer de hacerlo. No es un panorama muy alentador, ¿no crees?

Y sin embargo te veo dispuesto a hacerlo. ¿Por qué? ¿Por codicia? Tienes derecho a anhelar, a querer que se cumplan tus deseos; pero te equivocas pensando que lo vas a lograr de este modo. Retorcerá tus peticiones y las volverá contra ti. Unas veces leerá entre lineas; otras las aplicará con literalidad. Créeme, sabe cómo hacerlo, lleva toda una eternidad de existencia cavilando mil y una perrerías contra los humanos. Es un maestro de la dialéctica. Todos lo son. Te va a arruinar la vida por creer que puedes ser más listo que él, que puedes dominarlo.

No se ni cuanto tiempo llevará encerrado ahí. Atrapado por alguien como tu, que se la jugo y si, lo consiguió, venció en ingenio. Seguramente usando una oscura trampa, o faltando a la legalidad del juego, o a su palabra. Nunca lo sabremos. Seguramente esa persona es polvo de polvo desde hace milenios. Quizá lo que obtuvo de su supuesto gran logro fue lo que le destruyó.  Quién sabe.

Lo que si se es la rabia contenida que hay en ese objeto. Una rabia que se ha ido cociendo lentamente con el paso de cientos y cientos de años. Y créeme, va a querer vengarse; no te verá como un libertador, si no cómo un hermano de sangre de quien lo atrapó y le ha tenido prisionero hasta ese momento. Fingirá agradecimiento, no me cabe duda. Es su papel, saben jugarlo bien. Te llenará los oídos de "mi amo", de "es un placer cumplir sus deseos"; pero reirá por dentro. Se reirá a autenticas carcajadas de ese pequeño y patético hombre que cree estar dándole ordenes y a quien le espera el más retorcido de los castigos: ser torturado por sus propios deseos.

Pero si no me crees, adelante. Si crees que puedes hacerlo, que puedes vencer, hazlo. Frota esa lámpara y pide tus tres deseos. Pero, en el nombre de nuestra amistad y por tu propio bien, hazme el favor de pensarlo un par de veces antes.

jueves, 9 de junio de 2011

Desde la cima

Se asomó de nuevo al precipicio. La verdad es que era realmente espectacular. La montaña parecía cortada a cuchillo por más de treinta metros. Más allá de ellos, se apoyaba en la pared vertical una empinada ladera cubierta de pequeñas rocas, que pronto comenzaba a salpicarse de arbustos y matas, aquí y allá, para luego quedar absorbida por el verde del bosque de hayas y pinos.

Delante, un amplio valle, como un gigantesco caldero de mil tonos de verde, rodeado por montes en sus cuatro costados. El bosque tupido solo se abría alrededor de las pequeñas casas que forman las tres o cuatro aldeas que se divisan en el fondo del valle, junto al riachuelo. Allí había algunos parches de un verde claro, zonas de pastos para el ganado. Desde lo alto, las cimas grises de roca desnuda rascaban el cielo, alguna incluso a más altura de en la que él se encontraba.

Un escalofrío recorrió su espalda y le hizo temblar levemente. Se alejo despacio del borde del precipicio, dándole la espalda, hasta el otro extremo de la plana cima, a penas media decena de metros más allá. A partir de ahí la montaña bajaba en una pendiente mucho más suave que la de la otra vertiente; parecía una enorme sábana de césped verde, moteada de gris por grandes rocas solitarias, con algunos pequeños grupos de grandes arboles de tanto en tanto.

Respiró profundamente varias veces, y se giró, encarando de nuevo el precipicio. Juntó los pies y visionó en su cabeza lo que iba a ocurrir. Cogería carrerilla desde allí, y correría tan rápido como pudiera hasta el mismo borde del abismo. Entonces saltaría, saltaría con todas sus fuerzas, dejaría lo más atrás posible la montaña y, por un instante, se sentiría colgado en el aire. Y entonces caería como una piedra, más y más rápido, teniendo la extraña sensación de que eran la tierra, las rocas, y los árboles los que se precipitan hacía él, y no al revés.

Y sabía que entonces se acabaría todo. De golpe, un fundido en negro. El final. Y aunque no lo deseaba, aunque de hecho era lo último que deseaba, sabía que saltaría igualmente. No sabía bien porque, pero no tenía miedo. Solo sabía que tenía que hacerlo. No había más razón que esa: tenía que hacerlo.

Se inclinó hacia delante y su pierna de batida se adelanto veloz, mientras notaba cómo sus músculos se tensaban y su cuerpo se lanzaba con mecánica coordinación a toda velocidad hasta aquella frontera que daba al vacío. Antes de poder si quiera replantearse todo aquello, notó cómo el cuerpo se encogía y se estiraba solo un instante después, lanzándole más allá del borde afilado. Era un salto magnífico, inhumano. Nunca había pensado que podría saltar con tanta fuerza. Notó cómo cortaba el aire, hacía arriba y hacía delante, más y más lejos de la seguridad baja sus pies. Y entonces, durante un momento, le dio la sensación de que el tiempo se detenía, de que se quedaba colgado, ingrávido. Ante él, aquel cuenco verde que le llamaba desde cada uno de los verdes de todas las hojas que lo tapizaban. Justo en aquel instante, el sol escaló el límite algodonado de la nube que lo cubría y sus rayos rascaron con su luz aquel paisaje, bañándolo de un cálido brillo que lo hacía más hermoso si cabe a sus ojos.

Y cuando debería haberlo sentido, cuando debería haber empezado a caer, vio que algo raro pasaba. No caía. De hecho, seguía subiendo y avanzando, atravesando el aire con la misma velocidad que le dio aquel impulso, ya varios metros atrás.

Le entraron unas ganas terribles de reír, y de llorar, y de gritar. Pero el cuerpo le pedía otra cosa. Le pedía callar y observar. Observar el paisaje que le estaba regalando aquel salto irreal que le seguía impulsando por los aires. Flotaba. Realmente estaba flotando. No. No flotaba. ¡Volaba!

Desde que le ocurrió aquello, siempre al acostarse sonríe pensando que, tal vez, de nuevo aquella noche, sueñe con volar.

sábado, 4 de junio de 2011

La caja

Clara entreabre los ojos y se despereza mientras estira brazos y piernas. Luego vuelve a acurrucarse y a cerrar los ojos durante unos segundos. Poco después, y tras un largo bostezo, los párpados se abren de nuevo lentamente. Se levanta y se estira de nuevo, después del revitalizante sueño. Camina despacio, aún somnolienta, hasta la cocina, donde bebe un poco de agua y se queda mirando embobada a través de la ventana. Hace una mañana fantástica, luminosa y tranquila. Mira con atención casi obsesiva unos pequeños pájaros que revolotean por el patio, hasta que salen volando más allá de la balconada.

Un frugal desayuno y el aseo matutino. Ahora vendría fenomenal uno de los masajes de Fran. Se dirige al salón, con la esperanza de encontrarle allí y pedírselo de la forma más zalamera posible, pero lo que encuentra le sorprende. Una caja, una enorme caja en medio del salón, lo suficientemente grande como para entrar tumbada dentro de la misma. ¿De donde ha salido esto? Da un par de vueltas a su alrededor, curioseando. Intenta empujarla con cuidado. Se mueve sin mucha resistencia, parece que no tiene nada dentro. Se pone de puntillas para mirar en su interior. Las pared se dobla ligeramente sobre su peso, pero le permite comprobarlo: efectivamente, está vacía.

Coge impulso y salta dentro. Recorre el interior de la caja, con la misma curiosidad que lo hizo por fuera. Y esta vez se asoma desde el interior, oteando por encima de los muros de la débil fortaleza. Un poco más tarde decide sentarse en una de las esquinas. Se encuentra extrañamente cómoda y segura en su interior. Poco a poco se relaja y el sueño le vence de nuevo.

Fran asoma la cabeza por el borde de la caja y ve a Clara, dormida, respirando suavemente, enroscada sobre si misma en el interior de la caja. "Carmen, mira a Clarita" -dice Fran en un susurro, girando ligeramente la cabeza hacía al pasillo-. "Ya te dije que seguro que le gustaba la caja de cartón. A los gatos les pirran estas cosas..."