miércoles, 7 de septiembre de 2011

Lens culinaris

Una lenteja, la más humilde de las legumbres, perdida en un mar de sus semejantes. Soportando el peso de hermanas, primas lejanas y demás familia, y acomodada sobre un colchón de otras tantas. Aburrida. Tan aburrida como solo una lenteja puede estar. Cansada de esperar y de soñar, de imaginar que corría libre, que veía mundo; que rodaba por una empinada pendiente junto a cientos de sus hermanas, que recibía el agua de la lluvia sobre su tez morena, que disfrutaba de una agradable brisa bajo el sol de Septiembre... Muy aburrida. Muy cansada. Tanto como solo una lenteja puede llegar a sentirse.

Tan harta estaba, que casi se puso amarilla. Tan harta, que llego al colmo de su frustración, hastío y aguante. Y al grito lentejil de "¡¡Ahí os quedáis, primas!!" se largo. "A ver mundo", dijo. Se piró del saco. Se esfumó del granero. Rueda que te rueda, llevó su lenticular balanceo por el camino de la granja, allá por donde traqueteaban carretas y aperos.

Vivió muchas aventuras, como aquella vez que estuvo a un tris de ser chafada por la herradura de un jaco, o aquel estúpido gato que la mareo en juegos de garras afiladas e intentó masticarla un par de veces antes de escupirla y distraerse con una hormiga cercana. Pero casi todo fueron momentos de placer, entre jardineras de flores de mil y un colores, raíces de olmo que hacían las veces de trampolines improvisados, y madrugadas rodando bajo noches de lunas llenas como grandes lentejas argénteas colgadas del cielo.

Viajó sobre una hoja de roble por un pequeño riachuelo. Se dejó llevar por un fuerte viento hasta el pié de un olivo, antes de que se desatará una tormenta de rayos y relámpagos que, sin embargo, no dejó caer una sola gota de agua del cielo. Rodó entre cañas y trepó barrancos, y descansó ante los pálidos rayos del sol antes del ocaso, riéndose a carcajadas de aquella absurda sombra gigantesca que proyectaba. Y fue feliz.

Un mediodía, un aleteo repentino y la sombra del ala que la cubría la sacó del letargo de un momento de descanso de su largo viaje. Un instante después, estaba en el buche de aquel pajarraco. Era consciente de que su aventura llegaba a su fin. Por un instante, se acordó de la granja, del granero, del saco, y de sus primas y hermanas. Se imaginó que, en la fresca de la madrugada, cuchicheaban relatos sobre una lenteja que un día se hartó de vivir como una lenteja y se fue a conocer el mundo. Soñó con cuentos de lentejas que viajan y viajan, y ruedan y bailan bajo soles y ramas y noches estrelladas. Y sonrió.

martes, 6 de septiembre de 2011

Un par de amigos

-Se llama virote, no flecha...
-¡¡Se llama vete-a-tomar-por-culo!! ¡¡¡Qué cojones me importa cómo se llame!!! ¡Qué me has atravesado una pierna con la puta flecha, so anormal!
-Virote..
-¡¡...Tus muertos!!
-Va, joer, que no es para tanto... enseguida viene la ambulancia y...
-¡¡Qué no es para tanto!! Jajajaja... Ay, Dios... No sé ni de que me rio... Porque me tienes tirado en el suelo con la puta... con el puto virote este atravesándome el muslo, que si no te juro que te hinchaba a ostias hasta que no te reconociera ni tu santa madre... ¡¡¡ayyyyy, mierdaaaaaaa!!!
-Estate quieto, que si te mueves es peor, hombre... Y tranquilízate, que solo te ha atravesado un poquito la piel, podría haber sido mucho peor...
-Te juro que no sé si me estoy poniendo peor por la puta flecha o por oírte, te juro que...
-Virote...
-¡¡Qué te calles, coño!!
-...
-...
-...
-Joder lo que tarda la puta ambulancia.
-...
-¿Qué pasa, se te ha comido la lengua el gato?
-Es que como me has dicho que me calle...
-Lo que te he dicho es que no me saques de mis casillas, que bastante me has tocado ya los huevos hoy...
-No, tú has dicho: "qué te calles, coño".
-¡¡Ya sé lo que he dicho, joder!! ¡¡Pero lo que quería decir era eso!!
-Vale, vale, no te sulfures, hombre, si lo que tienes que hacer es estar ahí tranquilito y...
-¿¡Qué no me sulfure!? Joder tío... estoy por pedirte que te acerques a la carretera, a ver si viene la ambulancia... y a ver si te atropella de paso, rediós...
-Caaaaalma...
-¡¡Mierdaaaaaa!!
-Aissss...
-No, si encima suspira el tío... me clava una puta flecha en el muslo y encima suspira de resignación...
-No es una flech...
-¡¡Virote, es un puto virote, ya lo sé!!
-Uy, creo que ya oigo la ambulancia...
-Alabado sea Dios, a ver si me libro de ti y de la puta fle... ¡¡del puto virote!! de una vez...
-¿No quieres que te acompañe al hospital?
-... -...
-¿Crees que me dolerá cuando me quiten esto?
-Hombre, entiendo que sí, claro...
-Pues más te vale que no te tenga a mano tras ese momento, majo...
-Joer... Ya te he dicho que lo siento muchísimo, de verdad... Ha sido un accidente...
-Eso mismo es lo que dicen tus padres de ti, estoy seguro.
-¡No hace falta ponerse grosero!
-¡¡Tus muertos!!
-...ya traen la camilla.
-...
-...
-¿Vendrás conmigo, no?

-Ya sabes que sí, marica.
-Eres un capullo, y lo sabes.
-Pero tengo una puntería cojonuda, ¿a que sí?, jejeje...
-...cabrón...

Hágase la luz


Ardía en deseos de notar sus dedos cálidos. Sabía que él no se fijaba jamás en ella, pero casi todos los días tenía la suerte de sentir el tacto de su piel, y eso era más que suficiente. En alguna ocasión se demoraba unos segundos el contacto; solía ocurrir si estaba distraído, quizá por estar al teléfono o preocupado por algo, o cuando se le olvidaba durante un segundo cual era el motivo por el que estaba ahí, de pie, camino a alguna parte. Y en esos instantes de tiempo extra a su lado creía despegarse del mundo y volar de felicidad.

Escuchó sus pasos acercarse. Hoy venía un poco pronto, y teniendo en cuenta que aún era verano… quizá pasaría de largo. Pero más tarde volvería, seguro, casi siempre ocurría, y entonces volvería a sentir el contacto eléctrico de su piel, esa ligera caricia que la recorría de arriba a abajo o de abajo a arriba, según la ocasión, y le hacía estremecerse como una hoja de otoño al viento. Quizá parezca un poco ridículo vivir así, pendiente de un instante que dura menos de un segundo y que hay días que nunca llega. Para ella, sin embargo, es más que suficiente: ese fugaz momento era todo el motivo de su existencia. Y no lo lamentaba. Al contrario.

Aún recordaba aquella tarde de invierno. ¿Cuánto tiempo estuvieron juntos? Sí, bien, solo fueron unos segundos, de acuerdo; pero el estuvo tocándola continuamente todo ese tiempo, mientras miraba al techo con cara extrañada. Aquella tarde recorrió los siete cielos y, si hubiera podido, habría llorado ríos de alegría y felicidad. También había días duros, claro, cuando el contacto provenía de unas manos extrañas, y no de las suyas. Como aquellos engendros del demonio, de manos sucias y pegajosas, que todo lo toqueteaban. Por suerte él solía estar ahí para defenderla, mandarles que se estuvieran quietos, que se limpiaran las manos, que no jugaran con las cosas... ¿No es adorable?

Y bueno, también estaban aquellas harpías que aparecían en su vida de vez en cuando. Aquellas fulanas de uñas esmaltadas y manos suaves, que se atrevían a ponerle la mano encima antes o después de yacer con su amor platónico. Furcias bastardas… ¡No os merecéis ni compartir el aire que respiráis con él! Si yo pudiera darle mi amor, si él supiera…

Cuando el se acercó y la acarició levemente antes de seguir de largo, volvió a sentir ese cosquilleo de infinito placer que valía tantas horas de espera. Cada vez que ocurría era como si el tiempo se ralentizara hasta casi detenerse. Notaba sus dedos, presionándola ligeramente, empujándola hacía la pared. Luego el instantáneo “clac”, al mismo tiempo que se encendía la luz de la habitación, y un instante después sus dedos se alejaban, siguiendo a su cuerpo, de nuevo más allá de su alcance.

Quizá más tarde la volvería a usar para apagar la luz de la habitación. ¡¡Dos veces en un día!! Esos eran los mejores días, sin duda. Y si no, le esperaría en la pared, como siempre, suspirando de impaciencia porque aquellos dedos mágicos volvieran a necesitarla. Pronto.

Te dejo de encargado


“¡¡Mamá, se están pegando otra vez!!”

Él era el vigilante. Su mamá le había encargado vigilar a aquellas pequeñajas, y lo hacía con ganas e ilusión. ¡Por algo era el hermano mayor! Esas cosas solo las pueden hacer los hermanos mayores, porque son más maduros. Eso le decía siempre su mamá.

A él le gustaba aquella tarea. Bueno, en realidad era un poco aburrida, claro. Preferiría estar dándole patadas al balón con Toni y Alex; sobre todo ahora que Alex tenía el balón nuevo, el oficial, ¡cómo molaba! Aunque ultimamente insistian en que él se pusiera de portero, y eso no le gustaba nada.

Pero aunque había cosas mejores que hacer, no las echaba de menos. Para nada. Porque a cambio de estar vigilante y de avisar, mamá se acercaba, como lo estaba haciendo entonces, y le revolvía el pelo con cariño mientras le decía: “¡Muchas gracias, pinche! ¡¿Qué haría yo sin ti?! Ahora ya me encargo yo”. Y cogía el cucharón de madera de sus manos, y regulaba el fuego, y echaba agua, y las lentejas dejaban de pegarse.

Siempre te echaré de menos, Mamá.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Diminuta


Era una mujer pequeñita, de bolsillo. La primera vez que oí su voz, delgada y aguda, como el cuchicheo de un niño al oído, no pude evitar sonreír. Disfrutaba soplándole en la carita y viendo como se le arremolinaba el pelo. Entonces me reñía, entre divertida y enfadada, por haberla despeinado. Pero incluso cuando se ofendía, las palabras de reproche acababan siempre en esa pequeña sonrisa adorable que dibujaba un par de hoyuelitos deliciosos. "¿Sabes que eres como Campanlilla?", le decía. "Pero si no tengo alas... ¡¡y yo soy morenaaaaa!!", me gritaba enfurruñada. "Y además eres mucho más guapa, sí", le respondía siempre. Y entonces, aquellas minúsculas y pálidas mejillas se cubrían de un bonito color rubí, y ella desviaba la mirada, turbada y coqueta.

Me gustaba mucho pasear con ella. La metía en el bolsillo de mi camisa, y ella se agarraba al borde con sus manitas. Era muy agradable notar el calorcito que desprendía su cuerpo justo encima de mi corazón. Cuando parábamos en algún sitio y nos poníamos a conversar, a menudo se recostaba contra el borde del bolsillo, con los brazos cruzados tras la cabeza, mirándome desde abajo con ojos vivos y divertidos. Me daban muchas ganas de tocar su naricilla con la punta de un dedo, y ella reía divertida al hacerlo. Recuerdo mucho cuando bailábamos juntos. Apartábamos los muebles, poníamos la música y la subía sobre la mesa. Ella se agarraba a mis dedos y correteaba por el tablero al ritmo de la música, cantando a gritos y riendo con fuerza, al mismo tiempo que yo imitaba sus movimientos en el suelo del salón.

Por las noches bebíamos un vaso de leche juntos mientras nos asomábamos por la terraza. Ella, con su diminuto vaso de juguete, siempre pedía hacer un brindis. "Por las pequeñas grandes cosas de la vida", decía, guiñándome uno de sus pequeños ojos verdes. Disfrutaba viéndola dormir, en su pequeña camita, con aquellos pañuelos bordados que usaba como sábanas. Nunca paraba quieta y se destapaba a menudo; así que, con cuidado de no despertarla, la arropaba varias veces a lo largo de la noche. En una ocasión, mientras lo estaba haciendo, se giró y se quedo abrazada a mi mano. Y ya no quise dormirme ni mover un solo músculo; me quedé mirándola, muy quietecito, hasta que llego el amanecer. Y entonces, aquellos pequeños bracitos y piernitas se estiraron perezosos al tiempo que un diminuto bostezo de razón forzaba su cara. "Buenos días, grandullón", decía siempre. Y me pedía que me acercara con un gesto de su dedo índice, para darme un pequeño besito de buenos días.

Pero el recuerdo más especial que guardo, era cuando se sentaba en mi hombro para ver alguna película juntos. La oía murmurar entre dientes, maldiciendo al malo de turno. Y cuando reía divertida, su cuerpo vibraba contra el mio en un sabroso cosquilleo. A veces se recostaba, y se quedaba dormidita, abrazada a mi cuello. Y si salía alguna escena romántica, se asomaba a mi oído, y mientras me hacía una carantoña en la mejilla o en el lóbulo de la oreja con sus pequeñas manitas de duende, me susurraba mimosa al oído: "¿así me quieres tú?". Y entonces un escalofrío me agitaba de pies a cabeza, y ella reía al ver los pelillos de mi nuca erizados cómo el lomo de un gato asustado.

Creo que, a pesar de que hayan pasado tantos años, aún sería capaz de dibujarla de memoria, como lo hacía aquellas tardes de lluvia que nos quedábamos en casa, mientras ella reía y jugaba alegre con cualquiera de esas cosas "de la gente grande que no sabéis valorar". Recuerdo como le gustaba imitar a las majorettes con los bastoncillos de los oídos, como disfrutaba, riendo hasta el llanto, al ver como se deformaba su cara en los distintos reflejos de una cucharilla de café, o como cogía carrerilla para saltar sobre un naipe de una baraja nueva para deslizarse sobre él a lo largo de la mesa, hasta acabar en mis manos.

Aquel pequeño, desinhibido y jovial espíritu libre me robó el corazón. "Qué no mida ni un palmo, no quiere decir que sea cortita, ¿eh?", decía siempre entre risas. Dicen que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños. Bueno, algunos lo dicen; yo lo sé.

El peor día de su vida


Cuando se despertó no era él mismo. Ni aquella era su cama, ni conocía aquella habitación. Al principio intentó tranquilizarse. Aquello tenía que tener alguna explicación; se había despertado en un lugar desconocido por algún motivo perfectamente lógico, solo que no lo recordaba. Pero al ir a levantarse todo empezó a cambiar. Era más alto, bastante más alto que nunca. Aquellas no eran sus manos, ni esos sus pies... ¿¡estaba en otro cuerpo!? Le entró el pánico. Recorrió aquella casa vacía y desconocida parándose en cada espejo, gesticulando ante el reflejo de aquel extraño que imitaba sus gestos y se tocaba la cara y el cuerpo al mismo tiempo que lo hacía él. Lloró, gritó, pensó que se había vuelto loco. O quizá todo era una pesadilla. Ahora se despertaría sudoroso y temblando de pánico y todo acabaría. Eso es lo que iba a ocurrir, ¿verdad? Se derrumbó en un rincón, aterrado, envuelto en lágrimas de desconcierto, en puñetazos a la pared y en murmullos de demente. Se hizo un ovillo y se dijo: "dormiré, eso es lo que haré. Dormiré y despertaré y habré recobrado mi vida, y esto habrá sido un estúpido sueño, nada más que eso".

Al volver a despertarse, con los ojos pegajosos, llenos de legañas, y los nudillos de esas manos extrañas ensangrentados y doloridos, seguía tirado en el mismo rincón. Comprendió que no tenía sentido intentar negarlo. Tenía que entender qué había ocurrido. Se vistió con una ropa que no conocía, pero que era de la talla de ese nuevo cuerpo. Recorrió de nuevo toda la casa. Revolvió cajones. Ojeo las fotos, llenas de lugares y caras desconocidas, salvo la de aquel extraño que se asomaba en todos y cada uno de los reflejos de su rostro. Ni siquiera conocía la calle en que se encontraba aquella casa. ¿Quizá fuera otra ciudad? Encontró la cartera con su documentación. No la suya, claro, sino la de aquel cuerpo. Supo su nombre, un nombre desconocido para él. Lo repitió en alto, cientos de veces. ¿Ese era él? Escuchó en el mensaje de saludo del contestador automático la voz de otra persona. Luego comprendió que es así es como sonaba su voz, la de aquel cuerpo, para los demás. Información, necesitaba información. Se pasó todo aquel día indagando en aquel piso, descubriendo todas las cosas que podía de aquel extraño: sus gustos, su historia, sus ilusiones... 

La noche le sorprendió sentado en el sofá de cuero de aquel tipo, con la cabeza de aquel extraño atrapada entre aquel par de manos ajenas, en un gesto de desesperación. Había probado a marcar todos los números de teléfono que conocía, con la esperanza de escuchar una voz familiar, aún sabiendo que sería incapaz de decir nada, estando seguro de no poder explicar a ninguno de sus familiares o amigos nada de lo que estaba sucediendo; pero al menos quería tener eso, una voz amiga, algo a lo que agarrarse para no acabar loco. ¿Acabar loco? ¿No estaba ya loco? Aquello no tenía ni pies ni cabeza. La mitad de aquellos números correspondían a teléfonos que no existían; en la otra mitad contestaban voces desconocidas. Es como si su vida, su anterior vida, hubiera sido borrada de un plumazo en el mismo momento en que fue encerrado en ese otro cuerpo. Al menos la fecha de hoy era la que correspondía. Solo había cambiado de cuerpo y de vida, no había viajado en el tiempo ni nada parecido. "Solamente eso", se dijo, antes de ponerse a reír histéricamente y de romper a llorar de nuevo.

Salió de aquella casa y pidió un taxi. Fue a su casa (la que debería ser su casa, la que siempre había sido su casa... "¡¡Dios!!, ¿que está pasando..."), pagó al taxista con el dinero de aquel extraño y le pidió que le esperase. En la entrada de su casa había un coche que no conocía. Ni siquiera el felpudo era el de siempre, y la puerta estaba pintada de verde. "¿Que cojones...?" Cuando estaba a punto de llamar la puerta se abrió, de pronto, en ese mismo instante, y se topó de bruces con un tipo sonriente, que al instante cambió su gesto por una mueca de sorpresa y extrañeza. "¿Sí? ¿Puedo ayudarte en algo?", oyó que le preguntaba. Llevaba en la mano una bolsa de basura. Y no, aquel hombre no tenía su rostro, ni su voz. Ni la mujer que preguntó desde dentro si pasaba algo era la de su novia. Balbuceo una excusa incomprensible y regresó corriendo al taxi. Tuvo que mirar su dirección ("¿o debería empezar a decir mi dirección?") en la documentación, porque ya no la recordaba.

Cuando cerro la puerta, tras entrar en ¿su casa?, no pudo evitar dejarse caer de espaldas contra ella. Luego las piernas le flaquearon, y aquel cuerpo que le era impuesto se deslizo contra la superficie de madera hasta caer de nuevo al suelo, desmadejado y tembloroso, y pronto rompió en un llanto espasmódico e incontrolado. ¿Qué ostias era todo aquello? ¿Qué clase de broma macabra? Quizá debía de habituarse a eso. Quizá debería empezar a vivir la vida de ese extraño como propia. Fingir que conocía a sus seres queridos, acudir a su trabajo (¿contable?, ¿en serio?, si era un auténtico negado con las matemáticas... Bueno, que más daba, el menor de sus problemas es que le despidieran por no tener ni idea de lo que estaba haciendo) y actuar el resto de su vida. Tendría que asumir que lo había perdido todo; no solo todo lo que tenia, sino todo lo que era. Fácil, ¿no?

Entonces notó el dolor de estomago. ¿Estaría enfermo? No se le había ocurrido que podría ser un enfermo crónico. Quizá necesitaba tomar alguna medicación o vete a saber. Por suerte, comprendió que no era nada de eso, tan solo que no había comido nada en todo el día. Ni se había dado cuenta del hambre que tenía. Se dirigió a la nevera y, al cerrar la puerta del frigorífico tras coger lo primero que encontró a mano, un sobre cayó al suelo, desprendido de uno de los imanes de la nevera. ¿Cómo no lo había visto antes? "Para ti", decía. Lo abrió, curioso, y encontró una nota escrita con una letra mecánica y cuidada caligrafía.

"No puedo decirte mucho, no es recomendable hacer estas cosas; de hecho no debería haberte escrito nada... Tendrás que confiar en estas pocas palabras. Siento cómo ha sido todo esto, y entiendo que estarás hecho un lío y muerto de miedo. Pero sé que sabrás salir adelante. Aprende, esfuérzate en entender y sigue aprendiendo. Lucha. Ahora esta es tu vida. Disfrútala lo mejor posible, es lo que hay. Suerte. D."

Este es el primer y el peor recuerdo de su vida.

domingo, 4 de septiembre de 2011

¡Pasajeros, a bordo!

¿No es genial viajar? Viajar es vivir una aventura. Es escapar de tu marco referencial, de tu presente continuo. Cualquier viaje es algo nuevo porque, a diferencia de nuestro día a día, no solo cambia el cuándo: también cambia el dónde y, a menudo, el quién, el cómo y el porqué. Y somos seres que se alimentan en buena medida de la novedad, de la experimentación, de la sensación de aprovechar nuestro tiempo; esos granitos de arena que nos regalaron nuestros padres y que se corresponden a cada una de las risas, llantos, amores, canciones, sueños y miradas que han tocado nuestras vidas y las que aún están por llegar. Ojalá tarde mucho en vaciarse el bulbo superior de nuestro reloj de arena.

¿No es genial viajar? Es fantástico mirarlo todo con los ojos nuevos y limpios con los que los niños van descubriendo el mundo por primera vez. Cruzarse con gente cuya vida puede haber recorrido un camino totalmente perpendicular al tuyo (o un camino sorprendentemente paralelo, quién sabe) e intercambiar una mirada curiosa y una sonrisa amable, esos rasgos que llevamos dibujados en la cara aquellos que adoramos viajar, bien cuando estamos en tierra extraña, bien cuando nos sorprende un acento o una lengua extranjera en nuestra casa. Y, por un instante, tu vida y la de ese desconocido se cruzan. ¿No es algo extraordinario? ¿No se te hace curioso estar asistiendo como figurante, como secundario de lujo o como simple extra de reparto en la vida de tantos desconocidos a cada momento que pasas allende tus tierras? Una mayoría de gente con la que, probablemente, nunca te volverás a cruzar. ¡Jamás! Quizá con algunos pocos de ellos sí, aunque seguramente no les reconocerás. Y luego están los casos deliciosos, que algunos tienen la gracia y el gusto de buscar y encontrar con facilidad, de personas que conoces lejos de casa y que, en cambio, acabas manteniendo muy dentro de ti para siempre.

¿No es genial viajar? Conocer, aprender, explorar, deambular, conversar, sorprenderse, disfrutar... Escuchar, ver, oler, saborear y sentir. Sentir que cada segundo, cada latido de corazón, cada voz, cada bocado y cada paso son nuevas notas a añadir en la partitura de historias que tejen lo que somos. Y no unas notas cualesquiera, no. Son notas nuevas, deliciosas o amargas, disonantes o armoniosas, acordes con los que jamas habíamos pensado, arpegios que nunca antes soñamos. Y así, el tejido de nuestros días se llena de nuevos matices, paisajes, palabras, gestos, anécdotas... nuevas y brillantes lentejuelas de mil y un colores que ya forman parte de nosotros.

¿No es genial viajar? Caminar por caminar, despacio, con los sentidos bien despiertos. Disfrutar de nuevos sabores que cualquier otro día matizarán nuestra percepción de algún plato. Descubrir olores que anclarás el resto de tu vida al recuerdo de ese lugar, de ese instante. Escuchar el soniquete con el que se identifican los locales, gozar de la riqueza de una cultura distinta que vive en unas palabras, un aliento, una música y unas costumbres propias, singulares. ¿Y el descubrir con tus ojos, con tus manos, lo que construyeron sus padres y los padres de sus padres? ¿Y encontrarte con lo que están construyendo ahora mismo, con sus sueños, su pericia, su experiencia y su alma como principales herramientas? ¿Y qué hay de ese entorno espectacular, único, en el que viven sus vidas?

¿No es genial viajar? En el fondo, eso es la vida: un viaje. Lleno de descubrimientos, de momentos más o menos afortunados, de sueños y desilusiones, de chaparrones de tarde de otoño y de brillantes mañanas de primavera. Vivir es viajar, y viajar es estupendo. Basta con acordarte del paraguas antes de salir de casa, sonreír y ser educado con la gente que se cruza en tu camino, y tratar de aprovechar cada minuto del viaje al máximo, pese a cualquier contratiempo con el que nos topemos (algo inevitable en cualquier viaje, ¿no es verdad?).

¿No es genial viajar? No tengamos prisa en volver a casa. Ahora toca vivir esta experiencia, y aprovecharla, sentirla con cada fibra de nuestro ser.

¡Subamos al tren, que ya va a salir!