No sé quien te crees que eres. Quiero que salgas de mi vida, y lo sabes. Estoy más que harto de ti, de tus miradas de superioridad, de tus gestos de condescendencia. Me da asco como tratas a la gente, eres repugnante, venenoso. Estoy cansado de soportarte, de aguantarte, de dar la cara por ti, de que sea yo siempre el que paga tus salidas de tono y tus impertinencias. No sé de donde sacas el valor para ser tan rematadamente gilipollas. No tienes vergüenza, eso está claro. Pero yo sí la tengo. Y estoy cansado de que me miren, me señalen y cuchicheen de mí por tu culpa. No voy a enumerarte todos los problemas que has causado en mi vida, todas las relaciones que se han torcido por tu culpa, todo el daño que me has hecho... porque no acabaríamos. Lárgate de una vez. Vete, y no vuelvas. Desaparece.
Lo peor de todo es que no sé si ni siquiera me estas escuchando. Esa sonrisa indolente en tu cara... ¿es que te hace gracia? No me extrañaría nada, conociéndote... Eres la persona más despreciable y ruin que conozco. Y lo sabes. Y no sé si te da igual o si incluso lo disfrutas. Deja de torturarme, por favor. Aquí nunca has sido bienvenido, pero es que ahora lo que quiero, lo que necesito, es que te esfumes, que te conviertas en un simple mal recuerdo.
Pero si no te vas a ir, que entiendo que no tienes la menor intención... al menos deja de mirarme con esa cara de ridícula felicidad victoriosa. Uf, no puedo soportar mirarte a la cara un minuto más. Cómo odio mirarme al espejo...
domingo, 11 de septiembre de 2011
viernes, 9 de septiembre de 2011
De camino al hotel
Arrastraba su maleta, calle arriba. Las gafas de sol no ocultaban la expresión curiosa de su rostro, levantado hacia las esquinas de los bloques, buscando señales de una calle perdida. Las disculpas apuradas por entorpecer el paso por la estrecha acera a la marabunta de gente que, curiosamente, caminaba sobre todo en sentido contrario, acabaron transformándose en unos gestos de hartazgo y enfado reprimido. ¿Sabes cuando ves a alguien y notas, al instante, que esa persona está terriblemente incómoda, pese a intentar mostrar con todas sus fuerzas justo lo contrario con su expresión corporal? Pues era el vivo ejemplo. Parecía un lento caracol, cargado con aquella enorme maleta granate a cuestas, intentando avanzar por una cuesta demasiado empinada, demasiado llena de obstáculos, demasiado desconocida. Pero no se parecía en nada a los caracoles risueños de ceras y plastidecor que dibujan los críos. Más bien parecía haberse escapado de un Caravaggio, bañado por una luz gris de derrota, de hastío, de cansancio desbordado, de abatimiento ante la seguridad de haberse cruzado con todo un autobús de tuertos.
Un diálogo corto. Una pregunta que le sorprendió, por lo inesperada. Unas líneas de un rostro que cambian, que abandonan trazos rectos, pequeños y duros, para crecer, suavizar y modelar gestos agradecidos. Un dedo que indica, una cabeza que asiente. Y dos sonrisas que se despiden en sentidos distintos, tras sendas cabezas giradas, tras sendas palmas extendidas. Uno de esos días en que, un extraño, en un suspiro, te hace olvidar que te has levantado con el pie izquierdo. Uno de esos días en que, un desconocido, en una instante, te recuerda lo agradable que es entregar desinteresadamente una sencilla indicación de ayuda.
¿O quizá un día más especial aún?
Dos pares de pies que se detienen, dos ruedines que dejan de rodar, dos cuerpos que se giran. Dos miradas que vuelven a encontrarse, en la distancia. Unas sonrisas curiosas y extrañadas, unos gestos de saludo. Una mano que invita. Un dedo que se apunta al propio pecho. Una cabeza que asiente entre risitas nerviosas. Y unos pasos que deshacen un camino, calle arriba, en pos de una gran maleta granate, al encuentro de ojos escondidos tras gafas de sol.
jueves, 8 de septiembre de 2011
Madrugada
No sé que tienen esos párpados, es algo magnético. Se ven tan delicados, con ese par de hileras de pestañas hechas una... Sé que esconden tus ojos, quizá sea eso. Esos ojos donde es un placer perderse, donde la mirada se torna en un contacto íntimo de palabras que sobran y nudos que se hacen y se deshacen a una velocidad de vértigo. Pero son algo más que tus pupilas brillantes, ocultas bajo los pliegues del sueño, las que me tienen aquí despierto, a tu lado, mirándote.
¿Qué mundo de fantasía estarás recorriendo ahora mismo? Cómo me gustaría colarme en tu sueño, y quedarme atrapado en esa historia plácida y sosegada, acompasando el suave susurro de tu respiración. Tengo que contenerme, para no dejarme arrastrar en el deseo de juguetear con ese mechón de pelo desordenado que resbala por tu mejilla, para no perder las yemas de mis dedos en una melena de caricias pausadas e interminables. No querría robarte ahora este instante de paz serena. Aún no.
Baño tu piel en mi mirada lenta y anhelante, y siento como un hormigueo de placer anticipa tu tacto en mis dedos. Noto mi corazón latiendo con cadencia y vigor en el silencio de sombras que nos envuelve, y muerdo en mis labios el deseo de arrancarte del sueño y de traer tu delicada conciencia a mi lado. Y entonces, como por arte de magia, ocurre.
Veo como tus ojos bailan un instante bajo tus párpados que, justo un momento después, se despegan temblorosos en lentos guiños. Un "eyyy" somnoliento escapa de unos labios secos que humedeces en un sensual e inconsciente gesto. Y una sonrisa, tan dulce como un bello recuerdo de infancia, acude al rostro que clava ahora en mí una mirada de cómplice ternura. Y entonces soy consciente de mi propia sonrisa, esa que he tenido dibujada por largos minutos bajo estos ojos que te contemplan, maravillados de la suerte de estar a tu lado. Por fin mis manos se sienten libres de acariciar las finas líneas de tu rostro y hundirse en tu cabello. Y un suave abrazo acorta las distancias para que simples palabras, que palidecen frente a las sensaciones que las provocan, derramen su ternura en tus oídos.
Pero eso, y lo que tus ojos resplandecientes me contestan en el más adorable de los parpadeos, queda solo entre tú y yo.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Lens culinaris
Una lenteja, la más humilde de las legumbres, perdida en un mar de sus semejantes. Soportando el peso de hermanas, primas lejanas y demás familia, y acomodada sobre un colchón de otras tantas. Aburrida. Tan aburrida como solo una lenteja puede estar. Cansada de esperar y de soñar, de imaginar que corría libre, que veía mundo; que rodaba por una empinada pendiente junto a cientos de sus hermanas, que recibía el agua de la lluvia sobre su tez morena, que disfrutaba de una agradable brisa bajo el sol de Septiembre... Muy aburrida. Muy cansada. Tanto como solo una lenteja puede llegar a sentirse.
Tan harta estaba, que casi se puso amarilla. Tan harta, que llego al colmo de su frustración, hastío y aguante. Y al grito lentejil de "¡¡Ahí os quedáis, primas!!" se largo. "A ver mundo", dijo. Se piró del saco. Se esfumó del granero. Rueda que te rueda, llevó su lenticular balanceo por el camino de la granja, allá por donde traqueteaban carretas y aperos.
Vivió muchas aventuras, como aquella vez que estuvo a un tris de ser chafada por la herradura de un jaco, o aquel estúpido gato que la mareo en juegos de garras afiladas e intentó masticarla un par de veces antes de escupirla y distraerse con una hormiga cercana. Pero casi todo fueron momentos de placer, entre jardineras de flores de mil y un colores, raíces de olmo que hacían las veces de trampolines improvisados, y madrugadas rodando bajo noches de lunas llenas como grandes lentejas argénteas colgadas del cielo.
Viajó sobre una hoja de roble por un pequeño riachuelo. Se dejó llevar por un fuerte viento hasta el pié de un olivo, antes de que se desatará una tormenta de rayos y relámpagos que, sin embargo, no dejó caer una sola gota de agua del cielo. Rodó entre cañas y trepó barrancos, y descansó ante los pálidos rayos del sol antes del ocaso, riéndose a carcajadas de aquella absurda sombra gigantesca que proyectaba. Y fue feliz.
Un mediodía, un aleteo repentino y la sombra del ala que la cubría la sacó del letargo de un momento de descanso de su largo viaje. Un instante después, estaba en el buche de aquel pajarraco. Era consciente de que su aventura llegaba a su fin. Por un instante, se acordó de la granja, del granero, del saco, y de sus primas y hermanas. Se imaginó que, en la fresca de la madrugada, cuchicheaban relatos sobre una lenteja que un día se hartó de vivir como una lenteja y se fue a conocer el mundo. Soñó con cuentos de lentejas que viajan y viajan, y ruedan y bailan bajo soles y ramas y noches estrelladas. Y sonrió.
martes, 6 de septiembre de 2011
Un par de amigos
-Se llama virote, no flecha...
-¡¡Se llama vete-a-tomar-por-culo!! ¡¡¡Qué cojones me importa cómo se llame!!! ¡Qué me has atravesado una pierna con la puta flecha, so anormal!
-Virote..
-¡¡...Tus muertos!!
-Va, joer, que no es para tanto... enseguida viene la ambulancia y...
-¡¡Qué no es para tanto!! Jajajaja... Ay, Dios... No sé ni de que me rio... Porque me tienes tirado en el suelo con la puta... con el puto virote este atravesándome el muslo, que si no te juro que te hinchaba a ostias hasta que no te reconociera ni tu santa madre... ¡¡¡ayyyyy, mierdaaaaaaa!!!
-Estate quieto, que si te mueves es peor, hombre... Y tranquilízate, que solo te ha atravesado un poquito la piel, podría haber sido mucho peor...
-Te juro que no sé si me estoy poniendo peor por la puta flecha o por oírte, te juro que...
-Virote...
-¡¡Qué te calles, coño!!
-...
-...
-...
-Joder lo que tarda la puta ambulancia.
-...
-¿Qué pasa, se te ha comido la lengua el gato?
-Es que como me has dicho que me calle...
-Lo que te he dicho es que no me saques de mis casillas, que bastante me has tocado ya los huevos hoy...
-No, tú has dicho: "qué te calles, coño".
-¡¡Ya sé lo que he dicho, joder!! ¡¡Pero lo que quería decir era eso!!
-Vale, vale, no te sulfures, hombre, si lo que tienes que hacer es estar ahí tranquilito y...
-¿¡Qué no me sulfure!? Joder tío... estoy por pedirte que te acerques a la carretera, a ver si viene la ambulancia... y a ver si te atropella de paso, rediós...
-Caaaaalma...
-¡¡Mierdaaaaaa!!
-Aissss...
-No, si encima suspira el tío... me clava una puta flecha en el muslo y encima suspira de resignación...
-No es una flech...
-¡¡Virote, es un puto virote, ya lo sé!!
-Uy, creo que ya oigo la ambulancia...
-Alabado sea Dios, a ver si me libro de ti y de la puta fle... ¡¡del puto virote!! de una vez...
-¿No quieres que te acompañe al hospital?
-... -...
-¿Crees que me dolerá cuando me quiten esto?
-Hombre, entiendo que sí, claro...
-Pues más te vale que no te tenga a mano tras ese momento, majo...
-Joer... Ya te he dicho que lo siento muchísimo, de verdad... Ha sido un accidente...
-Eso mismo es lo que dicen tus padres de ti, estoy seguro.
-¡No hace falta ponerse grosero!
-¡¡Tus muertos!!
-...ya traen la camilla.
-...
-...
-¿Vendrás conmigo, no?
-Ya sabes que sí, marica.
-Eres un capullo, y lo sabes.
-Pero tengo una puntería cojonuda, ¿a que sí?, jejeje...
-...cabrón...
-¡¡Se llama vete-a-tomar-por-culo!! ¡¡¡Qué cojones me importa cómo se llame!!! ¡Qué me has atravesado una pierna con la puta flecha, so anormal!
-Virote..
-¡¡...Tus muertos!!
-Va, joer, que no es para tanto... enseguida viene la ambulancia y...
-¡¡Qué no es para tanto!! Jajajaja... Ay, Dios... No sé ni de que me rio... Porque me tienes tirado en el suelo con la puta... con el puto virote este atravesándome el muslo, que si no te juro que te hinchaba a ostias hasta que no te reconociera ni tu santa madre... ¡¡¡ayyyyy, mierdaaaaaaa!!!
-Estate quieto, que si te mueves es peor, hombre... Y tranquilízate, que solo te ha atravesado un poquito la piel, podría haber sido mucho peor...
-Te juro que no sé si me estoy poniendo peor por la puta flecha o por oírte, te juro que...
-Virote...
-¡¡Qué te calles, coño!!
-...
-...
-...
-Joder lo que tarda la puta ambulancia.
-...
-¿Qué pasa, se te ha comido la lengua el gato?
-Es que como me has dicho que me calle...
-Lo que te he dicho es que no me saques de mis casillas, que bastante me has tocado ya los huevos hoy...
-No, tú has dicho: "qué te calles, coño".
-¡¡Ya sé lo que he dicho, joder!! ¡¡Pero lo que quería decir era eso!!
-Vale, vale, no te sulfures, hombre, si lo que tienes que hacer es estar ahí tranquilito y...
-¿¡Qué no me sulfure!? Joder tío... estoy por pedirte que te acerques a la carretera, a ver si viene la ambulancia... y a ver si te atropella de paso, rediós...
-Caaaaalma...
-¡¡Mierdaaaaaa!!
-Aissss...
-No, si encima suspira el tío... me clava una puta flecha en el muslo y encima suspira de resignación...
-No es una flech...
-¡¡Virote, es un puto virote, ya lo sé!!
-Uy, creo que ya oigo la ambulancia...
-Alabado sea Dios, a ver si me libro de ti y de la puta fle... ¡¡del puto virote!! de una vez...
-¿No quieres que te acompañe al hospital?
-... -...
-¿Crees que me dolerá cuando me quiten esto?
-Hombre, entiendo que sí, claro...
-Pues más te vale que no te tenga a mano tras ese momento, majo...
-Joer... Ya te he dicho que lo siento muchísimo, de verdad... Ha sido un accidente...
-Eso mismo es lo que dicen tus padres de ti, estoy seguro.
-¡No hace falta ponerse grosero!
-¡¡Tus muertos!!
-...ya traen la camilla.
-...
-...
-¿Vendrás conmigo, no?
-Ya sabes que sí, marica.
-Eres un capullo, y lo sabes.
-Pero tengo una puntería cojonuda, ¿a que sí?, jejeje...
-...cabrón...
Hágase la luz
Ardía en deseos de notar sus dedos cálidos. Sabía que él no
se fijaba jamás en ella, pero casi todos los días tenía la suerte de sentir el
tacto de su piel, y eso era más que suficiente. En alguna ocasión se demoraba
unos segundos el contacto; solía ocurrir si estaba distraído, quizá por estar
al teléfono o preocupado por algo, o cuando se le olvidaba durante un segundo
cual era el motivo por el que estaba ahí, de pie, camino a alguna parte. Y en
esos instantes de tiempo extra a su lado creía despegarse del mundo y volar de
felicidad.
Escuchó sus pasos acercarse. Hoy venía un poco pronto, y
teniendo en cuenta que aún era verano… quizá pasaría de largo. Pero más tarde
volvería, seguro, casi siempre ocurría, y entonces volvería a sentir el
contacto eléctrico de su piel, esa ligera caricia que la recorría de arriba a
abajo o de abajo a arriba, según la ocasión, y le hacía estremecerse como una
hoja de otoño al viento. Quizá parezca un poco ridículo vivir así, pendiente de
un instante que dura menos de un segundo y que hay días que nunca llega. Para
ella, sin embargo, es más que suficiente: ese fugaz momento era todo el motivo
de su existencia. Y no lo lamentaba. Al contrario.
Aún recordaba aquella tarde de invierno. ¿Cuánto tiempo
estuvieron juntos? Sí, bien, solo fueron unos segundos, de acuerdo; pero el
estuvo tocándola continuamente todo ese tiempo, mientras miraba al techo con
cara extrañada. Aquella tarde recorrió los siete cielos y, si hubiera podido,
habría llorado ríos de alegría y felicidad. También había días duros, claro,
cuando el contacto provenía de unas manos extrañas, y no de las suyas. Como
aquellos engendros del demonio, de manos sucias y pegajosas, que todo lo
toqueteaban. Por suerte él solía estar ahí para defenderla, mandarles que se
estuvieran quietos, que se limpiaran las manos, que no jugaran con las cosas...
¿No es adorable?
Y bueno, también estaban aquellas harpías que aparecían en
su vida de vez en cuando. Aquellas fulanas de uñas esmaltadas y manos suaves,
que se atrevían a ponerle la mano encima antes o después de yacer con su amor
platónico. Furcias bastardas… ¡No os merecéis ni compartir el aire que
respiráis con él! Si yo pudiera darle mi amor, si él supiera…
Cuando el se acercó y la acarició levemente antes de seguir
de largo, volvió a sentir ese cosquilleo de infinito placer que valía tantas
horas de espera. Cada vez que ocurría era como si el tiempo se ralentizara
hasta casi detenerse. Notaba sus dedos, presionándola ligeramente, empujándola
hacía la pared. Luego el instantáneo “clac”, al mismo tiempo que se encendía la
luz de la habitación, y un instante después sus dedos se alejaban, siguiendo a
su cuerpo, de nuevo más allá de su alcance.
Quizá más tarde la volvería a usar para apagar la luz de la
habitación. ¡¡Dos veces en un día!! Esos eran los mejores días, sin duda. Y si
no, le esperaría en la pared, como siempre, suspirando de impaciencia porque
aquellos dedos mágicos volvieran a necesitarla. Pronto.
Te dejo de encargado
“¡¡Mamá, se están pegando otra vez!!”
Él era el vigilante. Su mamá le había encargado vigilar a
aquellas pequeñajas, y lo hacía con ganas e ilusión. ¡Por algo era el hermano
mayor! Esas cosas solo las pueden hacer los hermanos mayores, porque son más
maduros. Eso le decía siempre su mamá.
A él le gustaba aquella tarea. Bueno, en realidad era un
poco aburrida, claro. Preferiría estar dándole patadas al balón con Toni y Alex;
sobre todo ahora que Alex tenía el balón nuevo, el oficial, ¡cómo molaba! Aunque
ultimamente insistian en que él se pusiera de portero, y eso no le gustaba
nada.
Pero aunque había cosas mejores que hacer, no las echaba de
menos. Para nada. Porque a cambio de estar vigilante y de avisar, mamá se
acercaba, como lo estaba haciendo entonces, y le revolvía el pelo con cariño
mientras le decía: “¡Muchas gracias, pinche! ¡¿Qué haría yo sin ti?! Ahora ya
me encargo yo”. Y cogía el cucharón de madera de sus manos, y regulaba el
fuego, y echaba agua, y las lentejas dejaban de pegarse.
Siempre te echaré de menos, Mamá.
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