viernes, 7 de octubre de 2011

Texto tendencioso

Tantos tristes tienen tantas terribles taras… Tenemos tiempo todavía, teorías, tareas. Trabajemos todos tranquilamente, tengamos tesón, tomemos timones tenazmente. Templemos temperamentos. Terminemos tiranías. Transparentemos tinieblas.

¡Truenen transgresoras trompetas! ¡Transcendamos temibles tendencias! ¡Tomemos turno! Transmitidlo: ¡triunfaremos!

jueves, 6 de octubre de 2011

Hacerse trizas

Antes de saltar al vacío hizo balance de lo bueno y malo que le había ocurrido en su vida. Fue algo rápido, porque llevaba muchos días pensando en ello, así que era casi como volver a ver una película a cámara rápida, pasando por las grandes alegrías y las enormes tristezas que su corta vida le había obsequiado. Era una especie de despedida para él. Era su forma de decir que hasta ahí había llegado, que todo aquello ya se acabó. Porque iba a morir, claro. Sabía que iba a morir. Nadie puede sobrevivir de una caída como la que le esperaba.

Pensó que su vida había sido demasiado corta. Le habría gustado disfrutar más de ella, aprender más cosas, conocer algo más que aquel pequeño lugar al que llamaba su hogar. Viajar por el mundo, sentirse libre, vivo... pero eso ya nunca llegaría. Dio un paso más hacia el borde del abismo y se asomó a aquella caída vertical hasta un suelo duro que pronto le encontraría, y miró por última vez hacia atrás. Allí estaban su padre y sus hermanos, observándole fijamente, incitándole a que lo hiciera. Y le fallaron las fuerzas. Por un instante se sintió incapaz de hacerlo y reculó un paso hacía atrás. Entonces notó el empujón.

No supo quien se lo había dado. Supuso que había sido su padre. Daba igual, ya nada importaba. Se sintió caer al vació como un torpe saco. Notaba cómo el mundo pasaba ante sus ojos borroso y rápido, pero, a pesar de ello, perdió todo su medio. En aquel momento tuvo la sensación que había nacido para ese instante, para sentir ese soplo de aire en su cuerpo, para notarse caer en barrena. Y sin saber muy bien como, de pronto notó como el aire le empujaba suavemente hacía arriba. Algo dentro de él le había hecho moverse, estirarse y colocarse en una postura cómoda, y agitarse con fuerza. Y ya no caía. Ya no. ¡No caía! Jamás se había sentido tan feliz. Jamás olvidaría ese momento.

Desde la rama de enfrente, mamá aguilucho giró la cabeza mientras le observaba orgullosa de su pequeño.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Daños colaterales

Los gritos de “¡es verdad!” y “¡tiene razón!” resonaron por toda la cocina. Allí estaban todos: platos y vasos, cucharas y tenedores, servilletas, jarras, ensaladeras y pucheros. La gran paella se sentaba al fondo mientras que la diminuta caja donde guardaban el azafrán ocupaba el primer asiento, justo en frente del tostador que hacía de tribuna a la espumadera que, como siempre, había tomado la palabra la primera, con su característica elocuencia.

“Y no solo eso, hermanos utensilios de cocina, ¡no! Encima exigen de nosotros estar disponibles las 24 horas del día, sin descansos programados ni anticipados. ¿O acaso no recordáis el otro día cuando llegaron a las tantas de la madrugada y se pusieron a cocinar? ¿No es verdad, sartén honda, que no te dejaron luego siquiera en remojo, y que al día siguiente tuviste que sufrir largos minutos de fregoteo para quitarte todos aquellos restos adheridos?”, preguntó la espumadera. “Es cierto, es cierto… mi bendito teflón… ¡se lo llevan a manos llenas! ¿Qué voy a hacer sin él? Yo os lo diré: acabar en la basura, ¡¡como acabaremos todos!!”, intervino la sartén honda, siempre tan apocalíptica. Pero esta vez sus siniestras impresiones eran compartidas por un coro de tintineos y golpeteos de acuerdo. “¡Calma! ¡Calma, hermanos!”, volvió a tomar la palabra la espumadera, “todos sabemos lo que buscan; buscan explotarnos, expoliarnos, acabar con nuestros brillantes acabados, dejarnos rallados, usados e inservibles… ¡Recordad lo que le pasó al tenedor de madera! ¡Cómo lo usó el niño para peinar las cabezas al asqueroso perro que tienen por mascota! ¿Y que hicieron ellos? ¿Regañarle? ¡¡No!!, ¡reírle la gracia! ¿Y volvió el tenedor entre nosotros? ¡No! Se quedo como juguete del perro. Y ya sabéis lo que acabó haciendo aquella mala bestia con él, ¿verdad? Todos estamos aquí cuando lo tiraron a la basura…”. Los gritos de indignación y rabia crecieron en la cocina. Incluso el nuevo tenedor de madera, que no había contemplado más que unos pocos de aquellos atropellos, se sumó a las quejas en voz en grito.

“¿Y qué propones?”, gritó la vieja aceitera, con su vieja capa exterior oxidada. Ya no la usaban, pero era un regalo de la abuela de la dueña, y se mantenía en la cocina como un viejo adorno, sabia y vigilante. “¿Qué podemos hacer sino seguir dejando que hagan y deshagan con nosotros a su gusto? Si mi vieja ama levantara la cabeza y lo viera… ¡Con el cariño que me limpiaba y secaba! ¡Y miradme ahora!”. Aquellas palabras acabaron de enfurecer hasta a los más serenos. Las copas brindaban excitadas y el cascanueces repicoteaba y giraba sobre si mismo. “Yo propongo…”, anunció la espumadera” ¡la guerra total!”. Las cucharillas saltaron más allá de la altura del cuchillo jamonero, y el molinillo de la pimienta casi pierde su rosca de la emoción. “¡¡Guerra, guerra, guerra!!”, gritaban las flaneras, el sacacorchos y el cucharón. “¡Sea la guerra!”, entonaba con su profundo bozarrón el embudo.

“Mañana por la noche, cuando regresen de su escapada de fin de semana, tendrán un recibimiento que tardarán en olvidar.”, dijo la espumadera, quien, con un pequeño gesto, invitó al cazo de leche, al rallador de queso y al salero a dar un paso adelante. “¡Organicémonos! Cuchillos, tijeras, tenedores… todos aquellos que tengáis un borde afilado con el que pinchar o cortar, seguid al rallador, él os indicará vuestro papel. Cazos, cazuelas, sartenes, rodillo y todos los demás que tengáis cierta contundencia, con el cazo de leche. Los que contengáis o podáis portar algo en vuestro interior, seguid al salero, él ya tiene instrucciones. El resto, uniros conmigo bajo la alacena. El plan está trazado. ¡La venganza es nuestra!”, y un sonoro enjambre de cachivaches comenzó a desplazarse por los fríos azulejos mientras los lugartenientes de la espumadera desplegaban servilletas de papel emborronadas con planos e indicaciones.

-“Luis, ¿por qué no haces el favor de subir y decir a los vecinos que no monten tanto alboroto? ¡No es posible seguir la novela en condiciones con tanto jaleo!, no me estoy enterando de nada.”
-“Mmmppffgggrrr…”
-“¡Luis!, ¡haz el favor de subir, no me hagas enfadar!”
-“¡Si ya te he dicho antes que están de vacaciones, mujer! Serán sus cubiertos, liándola otra vez, como siempre…”
-“Ya te dije que esos vecinos no me daban buena espina, Luis… ¡Te lo dije! Con esos gorros y esos ropajes negros, y ese maloliente perro de tres cabezas…”
-“Ya, ya, sí… ay… Tú siempre sabes todo de todo…“
-“¡Luis!”
-“¡Calla, mujer! A ver si un día hay suerte y te convierten en sapo…”
-“¡Pe-pero…! ¡Pero Luis…!”

martes, 4 de octubre de 2011

¿Cara o cruz?

La gente se giraba extrañada a mirarle. Iba por la calle lanzando aquella moneda al aire cada pocos segundos, sin detenerse en su recorrido al hacerlo. Caminaba, la moneda volaba, giraba delante de él, caía sobre el dorso de su mano izquierda al tiempo que con su mano derecha la atrapaba. Luego la miraba curioso y pensativo durante medio segundo, y entonces volvía a repetir la operación, todo ello sin pararse un instante. A veces se demoraba más tiempo entre lanzamiento y lanzamiento. Y en ocasiones hacía varios muy seguidos.

A mí, personalmente, me picó la curiosidad. Decidí seguirle durante un tiempo, y cuanto más lo hacía más misterioso me parecía todo aquello. Enseguida noté algo extraño; bueno, más extraño aún que el tema de la moneda. Llevaba un recorrido un tanto errático. En ocasiones daba una vuelta completa a una manzana antes de continuar en alguna dirección determinada, y más de una vez volvió sobre sus pasos. Entraba a distintos locales, aparentemente para nada, pues generalmente volvía a salir por la puerta de inmediato o si acaso unos segundos después. No entendía nada. Llegué a pensar que se había dado cuenta de que le seguía y se estaba quedando conmigo. Pero entonces lo comprendí: se estaba dejando llevar por aquella moneda. Lo vi claro cuando, en uno de los lanzamientos, la moneda se le resbaló y cayó al suelo. La recogió y la lanzó, pero se detuvo a consultarla antes de doblar la siguiente esquina; y solo después de hacerlo, fue cuando decidió girar hacía la derecha. Y a partir de ahí empecé a encajarlo todo. Siempre lanzaba la moneda ante las distintas oportunidades que se le presentaban en el recorrido: un cruce, una puerta abierta en un edificio, una bifurcación de caminos, lo que fuera. En cada uno de esos momentos echaba a suertes por donde debía seguir.

Mi curiosidad iba en aumento. ¿Se comportaba así siempre? Su extraña forma de actuar, dejada por completo en manos del azar, ¿tenía algún fin? Me sobraba tiempo y ganas de descubrirlo, así que continué tras él, haciéndome el despistado buscando una dirección inexistente, hasta que volvió a detenerse en una parada de autobús. Vi como sonreía fugazmente. Luego recorrió la parte de atrás de la marquesina lanzando la moneda tras la espalda de cada una de las personas que estaba allí, de pie, esperando al 27. Tras el cuarto lanzamiento se detuvo. Miró la nuca de aquella chica. Miró la moneda. Y la volvió a lanzar. Y tras hacerlo, de nuevo repitió el mismo proceso, como si se quisiera asegurarse del resultado por una tercera vez. Entonces apretó la moneda en uno de sus puños y gritó casi eufórico: “¡te encontré!”, al tiempo que recorría con paso alegre el camino hasta la parte anterior de la parada y se ponía a hablar con aquella chica, entre risas nerviosas y aparentes explicaciones. Por desgracia no pude escuchar nada de aquello: justo llegó el 27  dedicando un sonoro concierto de claxon a una furgoneta mal estacionada en la parada del autobús. Lo último que vi fue como el joven, todo sonrisas, le entregaba a aquella chica la moneda, le daba dos besos, y retomaba con aire alegre y aliviado un recorrido que, ahora sí, parecía tener muy claro donde le llevaba.

¿Y qué fue de la chica? La chica lanzó la moneda al aire, y tras mirarla, se encogió de hombros y se subió al 27.

lunes, 3 de octubre de 2011

Terrores nocturnos

Aína se despertó de golpe, asustada. No sabía de qué, no recordaba que le había despertado. Se quedo quieta, muy quieta, con los ojos abiertos como grandes pozos negros que escrutaban de una esquina a la otra la habitación. No se oía nada, la noche ere serena y sin luna. “Habrá sido un sueño”, pensó, “o quizá cualquier ruido puntual que me ha desvelado”. Sonrío, tranquila. Volvió a encogerse sobre si misma, abrazándose a la almohada como siempre hacía, y se relajó con el deseo de caer de nuevo en un reparador sueño.

Jack también sonrío desde la oscura sombra de un ángulo de la pared. Encogido en una posición antinatural, sus piernas y brazos acaban en uñas sucias y rotas que ahora se clavaban con fuerza en los muros, sujetándose como un repugnante arácnido al que hubieran arrancado la mitad de las patas. Una lengua agujereada y gelatinosa relamió unos labios exangües, casi inexistentes, en un gesto de pura anticipación gozosa. La grotesca forma en que estaban doblados sus miembros, su tez cadavérica y esos dientes rotos, como si hubieran sido astillados a base de hachazos, le conferían el aspecto de una abominación propia del más desasosegante de los malos sueños.

Y entonces saltó, girando en el aire como una muñeca de trapo, con su cuerpo doblándose por sitios inverosímiles, hasta aterrizar con todo su peso en la almohada, a apenas un palmo de la cabeza de Aína. El agudo y desesperado grito de horror que siguió a aquel instante despertó a un par de palomas que se habían acurrucado en el amplio alféizar de la ventana para pasar la noche, y que salieron despavoridas en desbandada. El tremendo brinco que el pánico le hizo pegar a la menuda adolescente en la cama, estuvo a punto de hacerla dar con su flaco cuerpo contra el suelo; tan solo las ropas de cama recogidas con gran esmero bajo el colchón impidieron su caída.

“¿Te he asustado, verdad?”, dijo la horrorosa criatura, dejando asomar aquella lengua de pesadilla más allá de su sonrisa rota, babeando gotas espesas y blancuzcas, como cuajo leche, mientras que aquellos dos ojos enormes carentes de pupilas y supurantes se clavaban en los de ella. Un nuevo grito, aún más poderoso y profundo que el anterior, salió de lo más hondo del pecho de la muchacha. Pero esta vez no reflejaba temor ni sorpresa, sino ardiente indignación y enfado. “¡Serás idiota, Jack! ¡A Mamá que vas…!”.

Y Jack, cruzado de brazos y piernas, como tan solo un yogui sería capaz de hacer, en su característico gesto de enfado, contempló como Aína salía echando pestes del cuarto en medio de grandes zancadas, clamando a voz en grito por la atención de su madre. “Eres una aguafiestas, Aína… que idiota que eres, de verdad… ¡¡Olvídate de mí, chivata, imbécil!!”. Y unos morros horrendos y agrietados se encogieron en un hostil mohín.

“Y luego dicen que el monstruo soy yo”, se dijo a sí mismo en un hilillo de voz murmurante, mientras escuchaba a su hermana quejarse a gritos de él dos habitaciones más allá, nombrando infiernos y deseos de torturas de desmembramiento. “Cómo odio a mi hermana…”.

domingo, 2 de octubre de 2011

Su primer viaje en montaña rusa

Sara notó como las manos le temblaban ligeramente. Se agarro una con la otra, con la intención de que el gesto la tranquilizase, pero solo traslado la inquietud brazos arriba, hasta alcanzar un ligero estremecimiento en sus hombros, al tiempo que un escalofrío recorría su columna vertebral. Sonrío, nerviosa. ¡Eran tantas las sensaciones! Miedo, emoción, ilusión, alegría... Sobre todo ganas. Muchas ganas. Unas ganas nerviosas y juguetonas que le revoloteaban en le abdomen y que le apretaban la garganta, haciendo que por segundos se olvidara de respirar.

El corazón latía con intensidad y, con cada paso que le acercaba más a aquel momento que tanto deseaba, mayor era la sensación de consciencia de lo fuerte que latía. Notaba las manos frías y sudorosas, y por un momento temió arrancarse en un tonto ataque de risa, de la pura tensión que estaba acumulando. ¡Pero qué nervios! ¡Qué ganas! ¿Cómo sería sentir aquello?

La sensación de vértigo fue a más cuando vio que, de un instante a otro ocurriría. Respiró hondo, y tosió cuando se atragantó tragando saliva, lo que hizo que se ruborizara de pies a cabeza. Nunca le había gustado ser el centro de atención, y menos en aquel momento. No, no podía pensar en eso, nadie la miraba, todo el mundo estaba a lo suyo, seguro. Cada cual con sus asuntos. Eso es. Pensó que debía centrarse, relajarse. Disfrutar del momento.

Ahí estaba, la entrada a la montaña rusa. ¡Qué emoción! Di un paso, otro, y por fin llego su turno en la cola. Y ahí estaba él. La reconoció y la sonrió. Y cuando ella tendió su mano para recoger su entrada algo se le deshizo por dentro cuando sus dedos se quedaron pegados a los de él una décima de segundo más de lo necesario. Se sentó en su vagoneta, nerviosísima, con los puños cerrados como garras, y se dejó atar con seguridad al asiento por otro de los mozos. Entonces miro hacía él justo a tiempo para verle cerrar la portecilla de la atracción, comprobar de un vistazo que todas las puertas de las vagonetas estaban correctamente cerradas y hacer un gesto con la mano a sus compañeros. Y luego, en el preciso instante en que la atracción arrancada, una mirada y una sonrisa se cruzaron.

Aquella noche, mientras se preparaba para salir, no recordaría nada de las curvas, subidas y bajadas, ni del rápido tirabuzón; pero no tenía más que mirarse la mano y ver la pequeña nota que Santi le había deslizado hábilmente entre sus dedos para sentirse volar de nuevo, dejándose llevar en todas las direcciones y a toda velocidad con una sensación de irrealidad y alegría sublimes. "A las 10 en la caseta de tiro frente a la noria". Uf. ¡Qué de mariposas!

sábado, 1 de octubre de 2011

Días amarillos

Hoy, de nuevo, todo es amarillo. El sol matutino despuntando entre montes de oro viejo y brumas bañadas por reflejos de llamas de sodio. Las sonrisas de dientes sucios que se asoman cumplidoras tras los "buenos días" de rigor, enmarcadas en rostros sufridores de avanzada ictericia. Hasta las miradas huidizas de los desconocidos que me salen al paso surgen de unos ojos de un amarillento enfermizo.

Y el día pasa filtrado por ese influjo, entre dorado oscuro y suave y pálido crema, entre metálicos brillos ambarinos que deslumbran y ácidos tonos limón que se saborean en la misma punta de la lengua. Hasta que al final, un tanto harta de esta visión del mundo, tomo la decisión que llevo atrasando semanas, meses: es hora de quitarme las gafas de sol. Paso de los dichosos cristales amarillos.

Y mira. De repente todo cambia. ¡Que gusto volver a ver realmente todos los colores en su pureza cotidiana! No está tan mal esto de ver las cosas al natural. Aunque... ¿y unas gafas azules...?