martes, 6 de septiembre de 2011

Te dejo de encargado


“¡¡Mamá, se están pegando otra vez!!”

Él era el vigilante. Su mamá le había encargado vigilar a aquellas pequeñajas, y lo hacía con ganas e ilusión. ¡Por algo era el hermano mayor! Esas cosas solo las pueden hacer los hermanos mayores, porque son más maduros. Eso le decía siempre su mamá.

A él le gustaba aquella tarea. Bueno, en realidad era un poco aburrida, claro. Preferiría estar dándole patadas al balón con Toni y Alex; sobre todo ahora que Alex tenía el balón nuevo, el oficial, ¡cómo molaba! Aunque ultimamente insistian en que él se pusiera de portero, y eso no le gustaba nada.

Pero aunque había cosas mejores que hacer, no las echaba de menos. Para nada. Porque a cambio de estar vigilante y de avisar, mamá se acercaba, como lo estaba haciendo entonces, y le revolvía el pelo con cariño mientras le decía: “¡Muchas gracias, pinche! ¡¿Qué haría yo sin ti?! Ahora ya me encargo yo”. Y cogía el cucharón de madera de sus manos, y regulaba el fuego, y echaba agua, y las lentejas dejaban de pegarse.

Siempre te echaré de menos, Mamá.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Diminuta


Era una mujer pequeñita, de bolsillo. La primera vez que oí su voz, delgada y aguda, como el cuchicheo de un niño al oído, no pude evitar sonreír. Disfrutaba soplándole en la carita y viendo como se le arremolinaba el pelo. Entonces me reñía, entre divertida y enfadada, por haberla despeinado. Pero incluso cuando se ofendía, las palabras de reproche acababan siempre en esa pequeña sonrisa adorable que dibujaba un par de hoyuelitos deliciosos. "¿Sabes que eres como Campanlilla?", le decía. "Pero si no tengo alas... ¡¡y yo soy morenaaaaa!!", me gritaba enfurruñada. "Y además eres mucho más guapa, sí", le respondía siempre. Y entonces, aquellas minúsculas y pálidas mejillas se cubrían de un bonito color rubí, y ella desviaba la mirada, turbada y coqueta.

Me gustaba mucho pasear con ella. La metía en el bolsillo de mi camisa, y ella se agarraba al borde con sus manitas. Era muy agradable notar el calorcito que desprendía su cuerpo justo encima de mi corazón. Cuando parábamos en algún sitio y nos poníamos a conversar, a menudo se recostaba contra el borde del bolsillo, con los brazos cruzados tras la cabeza, mirándome desde abajo con ojos vivos y divertidos. Me daban muchas ganas de tocar su naricilla con la punta de un dedo, y ella reía divertida al hacerlo. Recuerdo mucho cuando bailábamos juntos. Apartábamos los muebles, poníamos la música y la subía sobre la mesa. Ella se agarraba a mis dedos y correteaba por el tablero al ritmo de la música, cantando a gritos y riendo con fuerza, al mismo tiempo que yo imitaba sus movimientos en el suelo del salón.

Por las noches bebíamos un vaso de leche juntos mientras nos asomábamos por la terraza. Ella, con su diminuto vaso de juguete, siempre pedía hacer un brindis. "Por las pequeñas grandes cosas de la vida", decía, guiñándome uno de sus pequeños ojos verdes. Disfrutaba viéndola dormir, en su pequeña camita, con aquellos pañuelos bordados que usaba como sábanas. Nunca paraba quieta y se destapaba a menudo; así que, con cuidado de no despertarla, la arropaba varias veces a lo largo de la noche. En una ocasión, mientras lo estaba haciendo, se giró y se quedo abrazada a mi mano. Y ya no quise dormirme ni mover un solo músculo; me quedé mirándola, muy quietecito, hasta que llego el amanecer. Y entonces, aquellos pequeños bracitos y piernitas se estiraron perezosos al tiempo que un diminuto bostezo de razón forzaba su cara. "Buenos días, grandullón", decía siempre. Y me pedía que me acercara con un gesto de su dedo índice, para darme un pequeño besito de buenos días.

Pero el recuerdo más especial que guardo, era cuando se sentaba en mi hombro para ver alguna película juntos. La oía murmurar entre dientes, maldiciendo al malo de turno. Y cuando reía divertida, su cuerpo vibraba contra el mio en un sabroso cosquilleo. A veces se recostaba, y se quedaba dormidita, abrazada a mi cuello. Y si salía alguna escena romántica, se asomaba a mi oído, y mientras me hacía una carantoña en la mejilla o en el lóbulo de la oreja con sus pequeñas manitas de duende, me susurraba mimosa al oído: "¿así me quieres tú?". Y entonces un escalofrío me agitaba de pies a cabeza, y ella reía al ver los pelillos de mi nuca erizados cómo el lomo de un gato asustado.

Creo que, a pesar de que hayan pasado tantos años, aún sería capaz de dibujarla de memoria, como lo hacía aquellas tardes de lluvia que nos quedábamos en casa, mientras ella reía y jugaba alegre con cualquiera de esas cosas "de la gente grande que no sabéis valorar". Recuerdo como le gustaba imitar a las majorettes con los bastoncillos de los oídos, como disfrutaba, riendo hasta el llanto, al ver como se deformaba su cara en los distintos reflejos de una cucharilla de café, o como cogía carrerilla para saltar sobre un naipe de una baraja nueva para deslizarse sobre él a lo largo de la mesa, hasta acabar en mis manos.

Aquel pequeño, desinhibido y jovial espíritu libre me robó el corazón. "Qué no mida ni un palmo, no quiere decir que sea cortita, ¿eh?", decía siempre entre risas. Dicen que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños. Bueno, algunos lo dicen; yo lo sé.

El peor día de su vida


Cuando se despertó no era él mismo. Ni aquella era su cama, ni conocía aquella habitación. Al principio intentó tranquilizarse. Aquello tenía que tener alguna explicación; se había despertado en un lugar desconocido por algún motivo perfectamente lógico, solo que no lo recordaba. Pero al ir a levantarse todo empezó a cambiar. Era más alto, bastante más alto que nunca. Aquellas no eran sus manos, ni esos sus pies... ¿¡estaba en otro cuerpo!? Le entró el pánico. Recorrió aquella casa vacía y desconocida parándose en cada espejo, gesticulando ante el reflejo de aquel extraño que imitaba sus gestos y se tocaba la cara y el cuerpo al mismo tiempo que lo hacía él. Lloró, gritó, pensó que se había vuelto loco. O quizá todo era una pesadilla. Ahora se despertaría sudoroso y temblando de pánico y todo acabaría. Eso es lo que iba a ocurrir, ¿verdad? Se derrumbó en un rincón, aterrado, envuelto en lágrimas de desconcierto, en puñetazos a la pared y en murmullos de demente. Se hizo un ovillo y se dijo: "dormiré, eso es lo que haré. Dormiré y despertaré y habré recobrado mi vida, y esto habrá sido un estúpido sueño, nada más que eso".

Al volver a despertarse, con los ojos pegajosos, llenos de legañas, y los nudillos de esas manos extrañas ensangrentados y doloridos, seguía tirado en el mismo rincón. Comprendió que no tenía sentido intentar negarlo. Tenía que entender qué había ocurrido. Se vistió con una ropa que no conocía, pero que era de la talla de ese nuevo cuerpo. Recorrió de nuevo toda la casa. Revolvió cajones. Ojeo las fotos, llenas de lugares y caras desconocidas, salvo la de aquel extraño que se asomaba en todos y cada uno de los reflejos de su rostro. Ni siquiera conocía la calle en que se encontraba aquella casa. ¿Quizá fuera otra ciudad? Encontró la cartera con su documentación. No la suya, claro, sino la de aquel cuerpo. Supo su nombre, un nombre desconocido para él. Lo repitió en alto, cientos de veces. ¿Ese era él? Escuchó en el mensaje de saludo del contestador automático la voz de otra persona. Luego comprendió que es así es como sonaba su voz, la de aquel cuerpo, para los demás. Información, necesitaba información. Se pasó todo aquel día indagando en aquel piso, descubriendo todas las cosas que podía de aquel extraño: sus gustos, su historia, sus ilusiones... 

La noche le sorprendió sentado en el sofá de cuero de aquel tipo, con la cabeza de aquel extraño atrapada entre aquel par de manos ajenas, en un gesto de desesperación. Había probado a marcar todos los números de teléfono que conocía, con la esperanza de escuchar una voz familiar, aún sabiendo que sería incapaz de decir nada, estando seguro de no poder explicar a ninguno de sus familiares o amigos nada de lo que estaba sucediendo; pero al menos quería tener eso, una voz amiga, algo a lo que agarrarse para no acabar loco. ¿Acabar loco? ¿No estaba ya loco? Aquello no tenía ni pies ni cabeza. La mitad de aquellos números correspondían a teléfonos que no existían; en la otra mitad contestaban voces desconocidas. Es como si su vida, su anterior vida, hubiera sido borrada de un plumazo en el mismo momento en que fue encerrado en ese otro cuerpo. Al menos la fecha de hoy era la que correspondía. Solo había cambiado de cuerpo y de vida, no había viajado en el tiempo ni nada parecido. "Solamente eso", se dijo, antes de ponerse a reír histéricamente y de romper a llorar de nuevo.

Salió de aquella casa y pidió un taxi. Fue a su casa (la que debería ser su casa, la que siempre había sido su casa... "¡¡Dios!!, ¿que está pasando..."), pagó al taxista con el dinero de aquel extraño y le pidió que le esperase. En la entrada de su casa había un coche que no conocía. Ni siquiera el felpudo era el de siempre, y la puerta estaba pintada de verde. "¿Que cojones...?" Cuando estaba a punto de llamar la puerta se abrió, de pronto, en ese mismo instante, y se topó de bruces con un tipo sonriente, que al instante cambió su gesto por una mueca de sorpresa y extrañeza. "¿Sí? ¿Puedo ayudarte en algo?", oyó que le preguntaba. Llevaba en la mano una bolsa de basura. Y no, aquel hombre no tenía su rostro, ni su voz. Ni la mujer que preguntó desde dentro si pasaba algo era la de su novia. Balbuceo una excusa incomprensible y regresó corriendo al taxi. Tuvo que mirar su dirección ("¿o debería empezar a decir mi dirección?") en la documentación, porque ya no la recordaba.

Cuando cerro la puerta, tras entrar en ¿su casa?, no pudo evitar dejarse caer de espaldas contra ella. Luego las piernas le flaquearon, y aquel cuerpo que le era impuesto se deslizo contra la superficie de madera hasta caer de nuevo al suelo, desmadejado y tembloroso, y pronto rompió en un llanto espasmódico e incontrolado. ¿Qué ostias era todo aquello? ¿Qué clase de broma macabra? Quizá debía de habituarse a eso. Quizá debería empezar a vivir la vida de ese extraño como propia. Fingir que conocía a sus seres queridos, acudir a su trabajo (¿contable?, ¿en serio?, si era un auténtico negado con las matemáticas... Bueno, que más daba, el menor de sus problemas es que le despidieran por no tener ni idea de lo que estaba haciendo) y actuar el resto de su vida. Tendría que asumir que lo había perdido todo; no solo todo lo que tenia, sino todo lo que era. Fácil, ¿no?

Entonces notó el dolor de estomago. ¿Estaría enfermo? No se le había ocurrido que podría ser un enfermo crónico. Quizá necesitaba tomar alguna medicación o vete a saber. Por suerte, comprendió que no era nada de eso, tan solo que no había comido nada en todo el día. Ni se había dado cuenta del hambre que tenía. Se dirigió a la nevera y, al cerrar la puerta del frigorífico tras coger lo primero que encontró a mano, un sobre cayó al suelo, desprendido de uno de los imanes de la nevera. ¿Cómo no lo había visto antes? "Para ti", decía. Lo abrió, curioso, y encontró una nota escrita con una letra mecánica y cuidada caligrafía.

"No puedo decirte mucho, no es recomendable hacer estas cosas; de hecho no debería haberte escrito nada... Tendrás que confiar en estas pocas palabras. Siento cómo ha sido todo esto, y entiendo que estarás hecho un lío y muerto de miedo. Pero sé que sabrás salir adelante. Aprende, esfuérzate en entender y sigue aprendiendo. Lucha. Ahora esta es tu vida. Disfrútala lo mejor posible, es lo que hay. Suerte. D."

Este es el primer y el peor recuerdo de su vida.

domingo, 4 de septiembre de 2011

¡Pasajeros, a bordo!

¿No es genial viajar? Viajar es vivir una aventura. Es escapar de tu marco referencial, de tu presente continuo. Cualquier viaje es algo nuevo porque, a diferencia de nuestro día a día, no solo cambia el cuándo: también cambia el dónde y, a menudo, el quién, el cómo y el porqué. Y somos seres que se alimentan en buena medida de la novedad, de la experimentación, de la sensación de aprovechar nuestro tiempo; esos granitos de arena que nos regalaron nuestros padres y que se corresponden a cada una de las risas, llantos, amores, canciones, sueños y miradas que han tocado nuestras vidas y las que aún están por llegar. Ojalá tarde mucho en vaciarse el bulbo superior de nuestro reloj de arena.

¿No es genial viajar? Es fantástico mirarlo todo con los ojos nuevos y limpios con los que los niños van descubriendo el mundo por primera vez. Cruzarse con gente cuya vida puede haber recorrido un camino totalmente perpendicular al tuyo (o un camino sorprendentemente paralelo, quién sabe) e intercambiar una mirada curiosa y una sonrisa amable, esos rasgos que llevamos dibujados en la cara aquellos que adoramos viajar, bien cuando estamos en tierra extraña, bien cuando nos sorprende un acento o una lengua extranjera en nuestra casa. Y, por un instante, tu vida y la de ese desconocido se cruzan. ¿No es algo extraordinario? ¿No se te hace curioso estar asistiendo como figurante, como secundario de lujo o como simple extra de reparto en la vida de tantos desconocidos a cada momento que pasas allende tus tierras? Una mayoría de gente con la que, probablemente, nunca te volverás a cruzar. ¡Jamás! Quizá con algunos pocos de ellos sí, aunque seguramente no les reconocerás. Y luego están los casos deliciosos, que algunos tienen la gracia y el gusto de buscar y encontrar con facilidad, de personas que conoces lejos de casa y que, en cambio, acabas manteniendo muy dentro de ti para siempre.

¿No es genial viajar? Conocer, aprender, explorar, deambular, conversar, sorprenderse, disfrutar... Escuchar, ver, oler, saborear y sentir. Sentir que cada segundo, cada latido de corazón, cada voz, cada bocado y cada paso son nuevas notas a añadir en la partitura de historias que tejen lo que somos. Y no unas notas cualesquiera, no. Son notas nuevas, deliciosas o amargas, disonantes o armoniosas, acordes con los que jamas habíamos pensado, arpegios que nunca antes soñamos. Y así, el tejido de nuestros días se llena de nuevos matices, paisajes, palabras, gestos, anécdotas... nuevas y brillantes lentejuelas de mil y un colores que ya forman parte de nosotros.

¿No es genial viajar? Caminar por caminar, despacio, con los sentidos bien despiertos. Disfrutar de nuevos sabores que cualquier otro día matizarán nuestra percepción de algún plato. Descubrir olores que anclarás el resto de tu vida al recuerdo de ese lugar, de ese instante. Escuchar el soniquete con el que se identifican los locales, gozar de la riqueza de una cultura distinta que vive en unas palabras, un aliento, una música y unas costumbres propias, singulares. ¿Y el descubrir con tus ojos, con tus manos, lo que construyeron sus padres y los padres de sus padres? ¿Y encontrarte con lo que están construyendo ahora mismo, con sus sueños, su pericia, su experiencia y su alma como principales herramientas? ¿Y qué hay de ese entorno espectacular, único, en el que viven sus vidas?

¿No es genial viajar? En el fondo, eso es la vida: un viaje. Lleno de descubrimientos, de momentos más o menos afortunados, de sueños y desilusiones, de chaparrones de tarde de otoño y de brillantes mañanas de primavera. Vivir es viajar, y viajar es estupendo. Basta con acordarte del paraguas antes de salir de casa, sonreír y ser educado con la gente que se cruza en tu camino, y tratar de aprovechar cada minuto del viaje al máximo, pese a cualquier contratiempo con el que nos topemos (algo inevitable en cualquier viaje, ¿no es verdad?).

¿No es genial viajar? No tengamos prisa en volver a casa. Ahora toca vivir esta experiencia, y aprovecharla, sentirla con cada fibra de nuestro ser.

¡Subamos al tren, que ya va a salir!

martes, 30 de agosto de 2011

Juez y verdugo

¿Crees que estoy loco? ¿Que no voy a hacerlo? ¿Que no seré capaz de acabar contigo? Te mataré. En un suspiro dejarás de existir. No tardaré mucho, será un instante, seguramente ni tendrás tiempo de sufrir, tranquila. Será brutal, pero rápido.

No sé si debería contarte esto. Total, seguro que una mente inferior cómo la tuya no llega ni a entender de lo que hablo, pero bueno, ya puestos... ¿qué más da? Creo que te lo mereces. Te mereces saber porque creo que debo acabar contigo. No es solo por el infinito odio que te profeso, no; ni por lo que acabas de hacer. Eso podría ser suficiente para mí, claro, para cualquiera... pero no, no es por eso. O no solo por eso.

Tengo la teoría de que he sido creado para esto, de que esto forma parte de mi destino, uno de los motivos por los que estoy aquí. Debo de acabar con las menos aptas, las menos preparadas, aquellas que no merecen continuar en este mundo; de otro modo acabarías generando una descendencia de seres tan inútiles cómo tú; y muchas de ellas, las hembras (siempre soy las hembras, ¿verdad?) podrían ser tan estúpidas cómo lo has sido tú. Serían capaces de cruzarse en mi camino, y hacer una  tontería cómo la que acabas de cometer. Y no es lo que queremos, ¿verdad? No es lo que quiere... la evolución. Sí, eso es: la evolución. Soy una simple herramienta darwiniana, soy parte del control, soy el cercenador de las vidas de aquellas cuyas cualidades, cuyas características, se han mostrado inferiores, erróneas, invalidas. Y tú, amiga mía, eres una de ellas, que le vamos a hacer. Así que hazme el favor de estarte quietecita, no alarguemos esto. Pasará todo en un suspiro, ya lo verás, no te muevas...

La mano descendió veloz y se estrelló contra la pared. Al retirarla y mirarse la palma, la expresión dudosa de su rostro se tornó en un gesto de triunfo, casi de alegría. Se limpio la sangre con un pañuelo de papel y se volvió acostar. Apagó la luz de la mesilla y cerró lo ojos. Enseguida podría volver a quedarse dormido. Pero aún le picaba un poco el brazo.

Malditos mosquitos...

lunes, 29 de agosto de 2011

En la orilla del mar

Tatuado en la arena, a la espera de que suba la marea y de que las olas, frías y saladas, lo vuelvan a convertir en olvido. Sueños bajo una luna llena, tan llenos entonces, tan vacíos ahora. ¿Dónde quedan las ruinas de los castillos por construir? Cuentacuentos disfrazados de duendecillos juguetones, que recorren las estancias del oído interno. Ilusiones bordadas en sábanas de seda brillante; litros de risas, y tejados de pizarra oscura y caliente bajo el sol del verano. Tacones resonando en habitaciones vacías, a la espera de que se llenen de muebles, de vidas. Un recuerdo por cada rincón, un beso, una noche de pasión. Y los dados caen detrás de la cortina, a la espera de que alguien se agache a recogerlos. ¿Acaso importa la tirada? ¿Lo importante era jugar o ganar?

Ya está aquí, la primera ola. Y los trazos se vuelven bosquejos, y las letras se emborronan; el mar cobrándose su tributo, lametazo a lametazo. Y se gana el derecho a tropezar de nuevo. En otra piedra, s'il vous plâit. La brisa marina trae el olor a salitre, a noches frescas e historias de ultramar. Pies mojados que se hunden en la arena húmeda. Y un paseo que comienza de una nueva mano, que acoge cálida y suavemente las emociones que anteceden al alba. Silbar aquella canción medio olvidada y dejarse secuestrar por sonrisas, y risas, y tiernas caricias. Mordisquitos de alegría y estrellas colgadas en un cielo de negro humo vacío. Bonitas postales, pero no de las de recuerdo, sino de esas en las que lo importante es lo que se cuenta a la izquierda de la dirección de destino. ¿Será, otro día, otro nombre en la arena? Hay ganas de que recorra por la espina dorsal, rápido cómo un relámpago que escala vértebras, la sensación de que no será así.

¡Quiero escribir cuentos!

domingo, 28 de agosto de 2011

¿Por qué suspiras?

Dos manos cubren mis ojos, y una voz me susurra al oído: "¿quién soy?". Al instante sé que es él, claro, y noto cómo se me erizan los pelillos de la nuca al tiempo que una sonrisa inunda mi cara. Pronuncio su nombre aguantándome una risita nerviosa, y sus manos se retiran de mi rostro, solo para posarse un instante después en mis caderas y ayudarlas a orientarse gentilmente hacía él, trayéndome la visión de sus dos grandes ojos donde antes solo había tinieblas. "¿Estás contenta? Al final he podido venir", me dice. No contesto, solo floto. Levito. Le doy un suave beso. ¡Esos labios! Me abraza con fuerza y yo entierro mi cabeza entre su cuello y su hombro. Y aspiro. Huele a él. Un pequeño escalofrío hace que se me agite la espalda en un pequeño espasmo, rico y nervioso. "¿Me has echado de menos?", me dice. Idiota, si tu supieras... No quiero que me suelte. No, no, no. Ahora que está aquí, conmigo, no quiero que me suelte nunca más, necesito que no se mueva de mi lado.

Una de sus manos se pierde en mi melena. Sus dedos son las púas del más delicioso de los peines, recorriendo mechón tras mechón de mi cabello. "¿Estás bien, cari?, no me has dicho ni hola... ¿pasa algo?". ¡¡Qué si estoy bien, me dice!! Me encuentro de nuevo con sus ojos, brillantes, y una mirada llena de ternura, cariño y una pizca de curiosidad. Y me derriten, cómo siempre. ¿Es de día o de noche? ¿Hay algún otro sonido, más allá de su voz? ¿Algún otro olor? ¿Hay calor más allá de este abrazo, hay vida ahí fuera? "Sí, estoy bien, claro que estoy bien, mucho más que bien", le digo. Y esa sonrisa suya se expande hasta escaparse de sus labios y pintar su cara, su pelo, hasta cubrir todo el cielo, todo lo que alcanza mi mirada. Y le beso, claro, lenta y dulcemente. Y me olvido de todo, del cuándo y del dónde, del cómo y del porqué. Y solo queda el qué. Solo quedan esas ganas de reír y de gritar y de reventar de felicidad.

"¿Por qué suspiras?", me pregunta. ¿No está claro?: "Por ti".