martes, 22 de noviembre de 2011

Pelotón: ¡apunten!

Uno nunca espera que algo así le vaya a pasar a él. Pero estas cosas ocurren. Y esta vez no había vuelta atrás. Pensó en todas las circunstancias que le habían traído hasta aquel paredón. Todas aquellas estúpidas decisiones. Todos aquellos tontos errores. Y, sobre todo, pensó en toda aquella mala suerte concentrada, comprimida en aquel instante en que el reloj de la torre daba las doce y el pelotón de fusilamiento formaba. Le temblaban las rodillas, pero no podía permitirse demostrar que tenía miedo. No lloraría. No suplicaría. Aguantaría aquello como un hombre. No cerraría los ojos. No. No lo haría.

El sargento desenfundó su sable y lo levantó en alto. Sus órdenes sonaban lejanas, como procedentes de un sueño. De una pesadilla, más bien. Al grito de "fuego", mientras el acero cortaba el aire, siete dedos tiraron de sendos gatillos. El estruendo de las balas de fogueo se confundió con el de las que atravesaban la piel y los órganos, y seguían su camino aun con la bastante fuerza como para clavarse en la pared del cementerio, donde las nuevas manchas de sangre fresca se confundían con las antiguas.

Se acabó, había terminado todo. Por fin. Aquel había sido con diferencia el peor minuto de su vida. El solo hecho de que pudiera tener que repetirlo en un futuro le nubló por un segundo la vista. Al menos, pensó, había tenido suerte en esta, su primera vez: por el retroceso se había dado cuenta de que su fusil había sido cargado con una salva y no con un proyectil.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Más que un juego

Levantó el mapa. Le parecía un poco ridículo todo aquello, no estaba acostumbrada a estas cosas. Hacía muchísimo que no se comportaba así, casi le resultaba algo ajeno a sí misma, pero estaba dispuesta a seguir el juego. Miró como aquellos trazos infantiles dibujaban algunas características reconocibles del entorno: el granero rojo, el viejo molino, el árbol partido, la plantación de maíz... Los colores alegres y el trazado marcado con aquella linea intermitente que llevaba hasta una enorme cruz roja le hicieron sonreír. "Toma, busca el tesoro, malvado pirata", le había dicho la pequeña, tan imaginativa como siempre. Y ahora le tocaba hacerlo, claro. Le había prometido que aquella mañana no trabajaría y que jugarían a lo que ella quisiera. "¡A piratas, a piratas!, ¡a la búsqueda del tesoro!", había gritado excitada la pequeña, mientras saltaba y bailaba divertida a su alrededor. Durante toda la semana había estado aprovechando los escasos momentos que pasaban juntas para contarle como estaba preparando un mapa y un gran tesoro para ella al final del mismo. Y por fin había llegado el domingo y el momento de compartir una mañana juntas. ¿Cuanto hacía que no había podido dedicarle medio día a Celeste? Tanto que ni lo recordaba... Bien, seguiría el trazado lo mejor que supiera. Había visto como la niña espiaba desde detrás del viejo remolque abandonado. Seguro que quería asegurarse de que ella estaba plenamente implicada en el juego. Le daría el gusto, por supuesto. Se lo debía. "Veamos", dijo en voz alta, asegurándose de que sus palabras llegaban a aquellas pequeñas orejas atentas, pero fingiendo hablarse a sí misma, "quizá debo de seguir estas marcas... ahí encontraré el tesoro, al final de las mismas... Debo asegurarme de que no me sigue nadie... y avanzar... mmmm... ¡¡por aquí!!".

Comenzó a andar con grandes zancadas, siguiendo con forzada atención el recorrido del mapa a través de la falsa inocencia que construía el mundo real. ¿No sería hermoso un mundo así? Pintado con ceras y acuarelas, dibujado con trazos nerviosos y apasionados, con lenguas de niño asomadas en bocas concentradas, con manchas del jugo de una manzana escurrido por una barbilla infantil aún magullada por la caída de la última aventura en el desván de la vieja plantación. Un mundo donde la vieja granja del bisabuelo fuera una eterna promesa de juegos y sorpresas, donde cada esquina guardara un nuevo viaje a una fantasía desbordada, donde las risas agudas y divertidas llenaran el aire a todas horas, y donde las noches olieran a cielos estrellados y sueños profundos y reparadores. Por un momento se permitió recordar lo joven que aún era ella; y aquello le trajo a la cabeza lo que habría disfrutado pudiendo no crecer tan rápido por dentro, los juegos de niña que se tuvieron que convertir en preocupaciones de adulta tan pronto. Tan malditamente pronto. Se dio cuenta que ni para eso tenía tiempo últimamente, para lamentarse de los tiempos perdidos por capricho de esa maldita suerte que le estaba negada; tan ocupada estaba sacando su vida y la de Celeste adelante que ni podía permitirse perder un segundo en lamentarse. De todas formas no era el momento; aquel era el tiempo prometido para su hija, así que se esforzaría en dárselo con auténtica calidad. "Soy una pirata que va a recuperar su tesoro, eso es lo que soy", se dijo internamente, mientras se frotaba las manos cómicamente y reía con una profunda carcajada forzada. "¡Ese tesoro será mío! ¡Y pronto! ¡Si el mapa del viejo Jack cara-cortada está en lo cierto, detrás del pozo veré un espantapájaros y unos pasos a su izquierda me toparé con él, ¡por fin!", gritó teatralmente, mientras una risita nerviosa disfrutaba del espectáculo más allá del susurro de unos pequeños pasos ocultos entre los altos tallos del maíz.

Cuando llegó al punto marcado por la amplia aspa roja en el mapa y se encontró con una era vacía y seca se desconcertó un poco. Miró el mapa, por si le podía indicar alguna pista que se le pudiera haber escapado; pero no, ahí no había nada más. En ese campo debería estar el tesoro, pero allí no había más que algunos hierbajos sueltos y tierra seca y dura, en la que tampoco creía que la pequeña hubiera podido excavar para esconder nada. Paseo con atención por aquel terreno, bromeando en voz alta sobre lo cercano que sentía el tesoro del viejo pirata del colmillo de oro, sobre lo pronto que lo encontraría; pero internamente comenzaba a preocuparse por no saber como la pequeña quería que continuase con el juego. ¿Dónde estaba aquel tesoro? ¿Cómo encontrarlo? No quiso mirar el reloj, para que no se perdiera la ilusión del juego, pero se dio cuenta de que las sombras se acortaban y el sol trepaba hasta estar casi vertical sobre sus cabezas. Pronto deberían volver a la vieja casona familiar. No podía alargar aquel juego, no podía retrasar la hora de la comida. Le esperaba mucho trabajo aquella tarde y la fecha de entrega estaba a la vuelta de la esquina. Se le ocurrió un truco con el que solucionar aquello y poner un fin rápido a aquel juego. De pronto se giró, con la rapidez de una serpiente, y fijó su atención en el árbol al que había trepado la pequeña para contemplar la actuación de su madre. "¿Qué es ese ruido? ¿Quién anda ahí? ¿Quién me vigila?... ¡Ah, eres tú, John Long KnifeJohn Long el afamado?", contestó su madre, metida en su papel. "Mmmmm... soyyyyy... mmmmm... ¡¡el narrador!!", gritó con orgullo la niña, al improvisar la respuesta. Tuvo que aguantarse la risa al oír aquella divertida ocurrencia. Unas noches atrás, aquella en la que había conseguido sacar unos minutos para leerle un cuento antes de dormir, habían estado hablando sobre quien era esa figura que escribía las historias que se contaban en los libros y las narraba en tercera persona. No dejaba de fascinarle lo rápido que aprendía y crecida. Y también le asustaba. A ella no le debía de ocurrir lo mismo, se negaba en redondo a que eso pudiera ocurrir; ella debía disfrutar de aquello, debía de ser una niña siempre. Ojalá lo pudiera ser siempre. Se esforzaría, trabajaría todas las horas que fueran necesarias para lograrlo; cargaría sobre sus hombros, en un escudo protector, todos los problemas habidos y por haber, de forma que no amenazaran a aquellos enormes ojos azules tal y como si habían vuelto tristes y sin brillo a los ojos grises de su madre. "Ah, el narrador,... ¡de acuerdo! Y dime, narrador, ¿cómo puedo encontrar ese valioso tesoro? Cómo bien dices he seguido las pistas del antiguo mapa, pero me he encontrado en este erial desprovisto de pruebas y tesoro alguno... Y mi tiempo se acaba: el sol está en lo alto y pronto deberé regresar al barco o mi tripulación se amotinará y partirá sin mí", se sorprendió contestando; ya casi no recordaba de quien había heredado la pequeña esa imaginación desbordante...

Celeste bajó de un ágil salto de la rama y se acercó en silencio y con cara seria hasta su madre, que la miraba entre curiosa y expectante. La niña se arrodilló a su lado y fingió abrir un enorme candado invisible con una inmaterial y gigantesca llave que colgaba del cinturón de su madre. "¡¡CLAC!!", gritó al girar sus manos. Luego abrió un inmenso cofre que solo existía en su imaginación. Del fondo del mismo cogió un pedazo de aire con exquisito cuidado. "Toma, pirata. Aquí esta tu tesoro. Aprovéchalo bien. A mí me encantaría tenerlo más a menudo, pero no tengo la suerte de tener un mapa como el tuyo para poder encontrarlo...", le dijo, tendiéndole unos brazos acabados en unas manos sucias que sujetaban ese preciado bien intangible. Su madre cogió el vacío con un reverencial tacto, sorprendida por aquellas palabras. "Y... mmmm... ¿se puede saber que...? mmmm... ¿qué valioso tesoro es este que tengo entre manos, amable narrador?", preguntó intrigada por la profunda veneración con la que Celeste había tratado ese premio, tan valioso para la pequeña como invisible era para sus ojos adultos. "Es tiempo" dijo la pequeña. "Tiempo con quien tú más quieras, malvado pirata. Yo que tú... Yo que tú elegiría que fuera tiempo con tu mamá. Seguro que tienes muchas ganas de estar con ella, ¿a que sí? La debes de echar mucho de menos, siempre en el mar, tan ocupado, tan lejos de ella...", añadió con voz triste.

No le importó mancharse los pantalones de los domingos al dejarse caer de rodillas en la polvorienta tierra, mientras el más sentido de los abrazos que jamás recordaba haber dado atrapó a la pequeña contra su cuerpo. Y lloró, hasta que el mundo se convirtió en una catarata de dolor y rabia ante sus ojos, al notar como Celeste se aferraba a ella con toda la fuerza de aquellos delgados bracitos, hundiendo sus huesudos dedos en la piel de su espalda. Las dos lloraron, se abrazaron y besaron, en un creciente torbellino de gestos que confesaban un amor tan intenso que dolía hasta partir el alma. Y las dos se hicieron secretas promesas al oído que, a partir de ese día, guiarían sus vidas.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Déjà vu

Se despertó, confuso, abrazado a un peluche vagamente familiar, en una habitación extraña. No sabía como había llegado allí. No recordaba nada. Se sentó en la cama, despacio, apartando lentamente la ropa de cama. Llevaba un pijama azul claro que no había visto nunca. Se frotó los ojos, intentando desperezarse y aclararse la cabeza, pero no conseguía entender las cosas. Se levantó y caminó con cuidado por las penumbras de la habitación, con uno de los brazos extendido delante de él, tendiendo el negro vacío que le precedía, y el otro aferrado a aquel osito de felpa. Pronto se topó con una superficie lisa y firme. Poco después sus dedos se cerraron en torno al pomo de una puerta. La abrió con cautela, intentando no hacer ruido, y avanzó por un pasillo tenuemente iluminado, explorando con curiosidad. Paso ante una puerta entreabierta. Dentro, en la cama, parecía que dos personas dormían abrazadas. Estaba oscuro y no podía ver bien sus caras. Decidió acercarse y ver quienes eran. Entró en silencio y se inclinó levemente sobre uno de aquellos rostros. Era una mujer joven y guapa. Le resultaba vagamente familiar, como una de esas caras que has visto alguna vez pero a la que no sabes colocar en ese momento en el lugar o en las circunstancias que la hacen conocida; y mucho menos recordar su nombre, claro, si es que alguna vez lo has sabido.

De pronto aquellos ojos se abrieron levemente. Luego volvieron a cerrarse. Después parpadearon, nerviosos, como exigiéndose aceptar que lo que veían no era un sueño. "¿Papá?, ¿qué haces levantado?", preguntó con voz dormida. La otra persona, un hombre de barba cerrada y ojos hundidos, también se despertó y le dedicó una mirada lastimosa. "No podemos seguir así, Sonia...", dijo. "Calla, anda, no es el momento", le contestó la mujer. "Ven, Papá, te llevaré a la cama; aún no es de día, hay que descansar", le dijo con una voz cargada de suavidad y de un intenso matiz cariñoso. No entendía porque le llamaba Papá, pero aquella voz tranquila y tierna le hacía sentirse bien, cómodo. Quizá la había escuchado antes. Sí. Probablemente. Decidió dejarse hacer y guiarse por aquella mujer de vuelta a la extraña habitación. Le ayudó a tumbarse de nuevo en la cama y le arropó con cuidado. "Toma, no te olvides del Oso Fred", le dijo, tendiéndole el osito de peluche. ¡Eso era!, ¡el oso Fred, sí! Así se llamaba. Recordaba como se lo había regalado Mamá por su cuarto cumpleaños, adoraba aquel peluche. Lo abrazó y sonrió contento. ¿Cómo no había recordado su nombre hasta ahora? ¿Y por qué le besaba aquella mujer la frente? ¿Quién era? Bueno, al menos parecía una joven agradable y dulce, sí. Le recordaba a Mamá. La deseo buenas noches como respuesta a las suyas.

"Qué descanses, Papá", dijo. ¡Qué graciosa! ¡Le llamaba Papá! Soltó una risita divertida y traviesa, y se enroscó sobre si mismo, atrapando a Fred con fuerza entre sus brazos. Tenía sueño. Lo mejor sería dormirse enseguida. No quería que Mamá se enfadara si por la mañana se despertaba perezoso por no haber dormido en condiciones... Suspiró profundamente y cayó en un mundo de sueños de niño.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Sobra uno

Seguro que había contado mal, no podía ser. Dejo el tenedor en el plato, junto a los restos del segundo pedazo de bizcocho, y levantó las manos estirando bien los dedos ante sus ojos. Las miró alternativamente, fijándose con atención en los dedos. Aquello era ridículo. ¿Once dedos? ¡Vamos, por favor! Se rió quedamente. No tenía sentido, ¡qué tontería! Aquellas eran sus manos, sus dedos de siempre. Diez, como los de todo el mundo. O bueno, casi todo el mundo. ¿No había gente que nacía con seis dedos en una mano? Quizá el fuera uno de esos casos entre un millón... ¡¡Pero que tonterías estaba pensando!! ¡Claro qué no era así! ¿De dónde sacaba esa idea de que tenía un dedo de más? Era ridícula. Sin embargo...

Los volvió a contar, en voz baja. "...nueve, diez... ¡y once!", se dio cuenta de que pronunciaba en alto, sorprendido. Del otro lado de la mesa llegaron un par de risitas nerviosas. Les hizo callar chistando con fuerza. Aquello era importante. Curioso e importante. Sobre todo curioso. Esta vez fue él el que soltó una risita divertida, como la de aquel a quien le hacen un truco de magia jugando con sus propias manos. Tenía que entender aquello, seguro que había una explicación. "Veamos...", susurró, y comenzó a doblar el mismo dedo de cada una de las manos, uno cada vez, mirándolas con atención. El pulgar, el índice... se iban escondiendo en un puño, lentamente, hasta que en ambas manos solo quedaba un meñique inhiesto, que también encogió. "Los mismos dedos en ambas manos... cinco y cinco... luego son diez", se dijo mentalmente. Volvió a extender las manos y contó con cuidado. "Cinco en la izquierda, bien...", siguió contando, "...ocho, nueve, diez... no, no puede ser... once...", dijo, mientras tocaba el pulgar de su mano derecha. "Once...", y de nuevo aquella risa nerviosa, coreada desde el fondo de la mesa. "Shhhhht, ¡callad, leches!", dijo, pero en un tono divertido, no enfadado. ¿Por qué no estaba enfadado? No le estaban dejando contar, comprobar si sus dedos eran de pronto uno más o no, pero no podía enfadarse por ello. ¡Todo era tan curioso! ¡Y divertido! Rió de nuevo entre dientes.

Bien, estaba claro que el problema estaba en su mano derecha. En la izquierda había contado cinco dedos, así que la derecha es la que debía de tener un dedo de más. Los contó con cuidado. Seis. "No, espera, ¿has contado el mismo dedo dos veces?", se dijo. Y volvió a contar con más atención aún. "¡Cinco, bien!", exclamó. Más risas divertidas desde el otro lado de la mesa. "¿Os queréis callar?", les dijo riéndose él también, "¿no veis que es algo serio?". Unas disculpas poco convencidas se entrecortaron con algunos estertores de risa. Y de nuevo el silencio, eso estaba bien, eso le ayudaría a concentrarse. ¿Por dónde iba? ¿Eran cinco o seis? Los contó rápidamente de nuevo. Seis dedos... ¿Pero cómo? Los miraba y le parecían sus dedos de toda la vida, no había nada fuera de lugar. Y él siempre había tenido cinco. ¿O no? "¡Joder, sí, claro!", se dijo a sí mismo, "siempre han sido cinco". No entendía nada de aquello.

¿Quizá nació con seis? ¿Sería todo aquello producto del recuerdo atávico de un sexto dedo que le apuntaron de pequeño para no convertirse en un monstruo de feria? Podría ser que se hubiera despertado la conciencia de un miembro fantasma, como le ocurre a quienes les han amputado un brazo o una pierna y sigue sintiendo que está ahí. Buscó cicatrices o marcas en los intersticios de sus dedos, con cuidadosa atención, pero no encontró nada. ¿Si hubiera tenido cinco dedos no debería tener un juego extra también de huesos en su mano? Apretó los dedos de su mano izquierda contra el dorso de su mano mutante, y contó las hileras de huesecillos que la atravesaban. Cinco filas de ellos. ¿Cinco? Espera, ¿había contado también los del pulgar? ¿Cinco incluidos los del pulgar o cinco más los del pulgar? Volvió a contarlos, con más cuidado aun. Seis. "¡Seis!", gritó. Esta vez las carcajadas que siguieron a su exclamación estallaron de forma incontenible desde el otro lado de la mesa, y tuvo que reprimir con esfuerzo las ganas que tenía de unirse a ellas. Levantó la mirada y vio a sus dos amigos doblados sobre sí mismos, riendo a mandíbula batiente. ¡Qué idiotas! Le daba un poco de rabia que se rieran así de él, pero joer, había que reconocer que aquello era raro de narices, normal que se rieran...

Se miró fijamente la mano derecha, bien extendida delante de su cara, con aquellos cinco dedos que tan bien conocía. "Cinco. ¡¡Es qué son cinco!! ¿Por qué digo que son seis?", pensó. Entonces empezó a moverla, primero lentamente, de izquierda a derecha y de nuevo a izquierda. Y poco a poco empezó a verlo. A medida que cogía velocidad el movimiento de su muñeca creía ver aparecer un sexto dedo, borroso, entre los demás. Se quedó hipnotizado mirándolo. Ahí estaba. El sexto dedo...

"¿Qué? ¿Tanto llueve que has tenido que poner el limpiaparabrisas?", dijeron. No pudo aguantar una irrefrenable carcajada al oír aquello. Los tres reían incontroladamente, entre lágrimas y pataleos divertidos, hasta que casi les faltó el aire para respirar. Cuando pudo calmarse un poco y se fijó en ellos, vio en sus caras enrojecidas y llorosas una mirada compartida, cómplice, y un leve toque con el codo mientras le señalaban. "Seis dedos, ¿eh?", decían entre pequeñas risas. Entonces lo entendió todo. Vio en sus platos que a penas sí habían empezado a comer su primera porción de bizcocho, y todo cuadró. "Seréis cabrones... ¿Qué mierda le habéis echado a esto?", pregunto. "Igual se nos fue la mano", dijo uno de ellos. "Más bien se nos fue un dedo", dijo el otro, y de nuevo estallaron en carcajadas.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Dejarse hacer

No sabía qué sería de ella esta vez. Cada día era una historia nueva. Le gustaba que fuera así, claro, pero a veces le gustaría saber qué era lo que iba a ocurrir antes de que pasara. Sería un detalle que, por primera vez, antes de que ella se acercara y la moldease a voluntad, tuviera la cortesía de decírselo. Pero no se hacía ilusiones. De un momento a otro llegaría y se sentaría enfrente de ella, y entonces comenzaría a mirarla con aquellos ojos curiosos y traviesos, maquinando cómo atacarla, transformarla y utilizarla para convertirla en lo que sea que hubiera podido tramar esta vez. Quizá la destrozaría. Quizá la despedazaría en pequeños fragmentos de sí misma, hasta hacerla del todo irreconocible, y luego la desperdigaría por toda la creación. O quizá la pintase de colores nunca vistos y escribiera en su piel letras y sueños que nadie nunca antes había inventado, con ese gusto exquisito por el detalle que era capaz de tenerla trabajando con intensidad meticulosa y detallado cuidado en uno de aquellos proyectos suyos durante horas y horas.

Aunque lo cierto es que poco importaba lo que hiciera con ella. En realidad le daba igual, siempre y cuando le hiciera algo. Lo que realmente no podía soportar no era el no saber a qué atenerse, sino su desidia y abandono. Cuando, durante días o semanas, sus manos no se posaban sobre ella, se quería morir. No aguantaba aquellos periodos de barbecho, deshaciéndose en el deseo creciente de volver a tenerla a su lado, mirándola con aquellos ojos de pasión ardiendo por el fuego secreto de la inventiva de su indomable creatividad. Lo necesitaba más que el aire, más que la vida. Aunque le hiciera daño. Aunque grabara con tinta en su piel el dolor de la más cruenta de las afrentas. Aunque llorara torrencialmente el más profundo de los dolores hasta ablandar su cuerpo y dejarla convertida en una pasta informe, inútil y repugnante. Aunque la escupiera, le pegara o la quemara. Aunque le partiese el alma con un puño de hierro. La necesitaba.

Cuando la vio acercarse tuvo que reprimir un irrefrenable deseo de estremecerse de principio a fin. Ahí estaba, con aquellos ojos negros que giraban contra el engranaje de una nueva creación, de un nuevo invento, una nuevo ser que nacería hoy desde la punta de sus dedos para hacerse carne en ella. Hoy traía un tintero y una pluma. Casi le entraron ganas de llorar de emoción. Aquellos eran los mejores días. Le encantaba sentir el cosquilleo de la pluma en su piel, a medida que las palabras se iban grabando en ella con aquella cuidada caligrafía gótica. Se dejó llevar por el placer de dejarse dibujar en aquel silencio que solo ocupaba la punta del hueso hueco de ave contra su piel. Saboreó cada una de las palabras, cada uno de los sentimientos, vivencias, anhelos y leyendas que iban cubriendo su blanca piel en aquel cebreado traje de letras. Gozó el silencio largo y pausado tras el punto final, cuando ella la cogió entre sus brazos y la leyó, devorándola con aquella mirada ardiente y penetrante que le hacía crujir el alma en el más intenso de los abrazos. Luego la cogió con cuidado de un extremo, y entonces vio el mechero. Y quiso llorar, pero no pudo. No esperaba que aquel día acabara así, con lo magnífico, con lo genial que había sido todo hasta entonces... Podría haber sido uno de los mejores días, sin duda, de esos que guardaba como pequeños tesoros en el recuerdo del deseo de que se repitieran interminablemente hasta el fin de los tiempos. Pero no, aquello acabaría mal. Con dolor. Con fuego. Con ceniza ardiente que iría cayendo lentamente en aquella vieja papelera de latón.

Y mientras las llamas devoraban su cuerpo y aquella tinta que narraba la más dulce de las melodías, que nadie es capaz de describir con palabras, contempló como sus ojos lloraban de alegría y emoción ante el dolor que le causaba. ¿Por qué? ¿Por qué era capaz de todo lo bueno y de todo lo malo? ¿Por qué se empeñaba en torturarla así? No lo sabía. Seguramente no lo sabría nunca. Pero tampoco quería que lo dejara de hacer. No. No quería que llorara así por ninguna otra. No quería que mirase así a nadie más. No quería que utilizara a nadie para dar forma a sus geniales ideas, fueran cuales fueran, por muy deliciosas o terribles que resultasen.

Mañana se reencarnaría en el siguiente folio de la pila que esperaba en la esquina de aquella mesa de trabajo, en aquel pequeño taller bohemio en que había convertido la vieja sala de revelado de su padre. Y quizá, ojalá, mañana volvería a estar entre sus manos, y volvería a ser la pasta con la que daba vida a su ingenio.

martes, 1 de noviembre de 2011

Perdedor

"¡Ja!, ¿he ganado? ¡He ganado! ¡Toma ya! ¡Jajaja! ¡Tomaaaaaaaa!", saltó de la silla y se puso a gritar y brincar y bailar con una sonrisa que no le cabía en la cara, y brazos y piernas que se movían al más puro compás de la alegría desmedida. Él miraba desde el otro lado de la mesa, aún con sus cartas en la mano, con cara de resignación y cierto dolor contenido ante la derrota. La verdad es que parecía que le estuviera escociendo un poco esa celebración tan efusiva por su parte; al menos es lo que ella pensó cuando le apuntó con un dedo acusador: "¡Te he ganado! ¡Ja! ¿Cuantas veces seguidas lo habías hecho tú? ¿Eh? Pues no, ahora la nena ha ganado, he vencido al maestro, ¡ja!, ¡chúpate esa!", y de nuevo el baile de la victoria y los pequeños grititos de júbilo entre carcajadas.

"¿Es para tanto?", pensó él. Realmente le apetecía que ella ganara alguna vez. Ya se empezaba a sentir molesto de no saber como comportarse con sus propias victorias. Si las celebraba, notaba en sus ojos cierta mirada de dolor mal fingido, de mal perder contenido. Y si no las celebraba peor aún, porque entonces ella se llegaba a enfadar e incluso a acusarle de sentirse tan superior como para no saber valorar las victorias. ¿Qué quería? La verdad es que empezaba a resultarle violento jugar con ella, estaba harto de ganar siempre. Su actitud al saberse ganadora le había sorprendido, no esperaba esa explosión de júbilo, esas ganas locas por restregarle su victoria por la cara... Y aunque no era un espectáculo precisamente agradable, se alegraba muchísimo por ella, aun más de lo que habría esperado; pero se cuidaba mucho de dejar que ninguna expresión de la alegría que sentía por dentro se filtrara a su rostro, que aparentaba una perfectamente fingida adustez del mal perdedor por falta de costumbre a ello.

"Vamos, no me mires así, chico... ¡Para una vez que gano! Tengo que celebrarlo, ¿no? ¡Mírale, que ojillos de derrotado tiene! ¿Pica? ¡Jajajaja! ¡Qué te he ganado, chaval! ¡¡Por fin!!", y de nuevo aquel bailoteo espasmódico, dejándose llevar por ese corazón suyo que ahora debía de latir a base de un gran chute de adrenalina, y todo un subidón de endorfinas que le hacía brincar sin parar. Al fin, doblando ligeramente su espalda y apoyando sus manos en las rodillas, calmó su celebración con un largo suspiro que recuperó un ritmo de respiración más habitual. Levantó la mirada hacía él; sus mofletes estaban sonrosados y sus pupilas parecían el negativo de enormes lunas llenas. Le sonrío, inmensamente complacida consigo misma. Luego torció la cabeza, curiosa, y de pronto su sonrisa se convirtió en aquel gesto tierno que tanto le gustaba a él, y aquellos ojos abiertos de par en par se entrecerraron en ese mohín tierno tan adorable.

Cruzó la distancia que les separaba y se sentó en sus rodillas dejando exhalar un largo y suave "¡ooooooh!" por el camino; le rodeó con un brazo y jugo a despeinarle con su otra mano. "No estés tan serio... Ha sido divertido, ¿no? ¿Es que no te alegras por mí? Lo sé..., bueno, no he sido la ganadora más educada del mundo. Tengo que reconocer que no sé ganar, y menos cuando nunca lo había hecho... No he podido aguantarme, perdona. ¿Me perdonas, sí? ¿Una sonrisita? Anda, regálame una sonrisita...". Él estaba desando dejar escapar esa sonrisa a sus labios, claro. Pero no podía dejarla salir demasiado pronto o ella no habría disfrutado tan plenamente de su victoria. La conocía demasiado bien como para no saber eso. Ahora, por fin, se dio el lujo de dejarla salir, tímidamente al principio, mientras sus ojos se clavaban en los suyos a menos de un palmo de su rostro. "Así me gusta, guapo", dijo, antes de darle un lento, suave y sentido beso en los labios.

"¿Sabes qué?", alzó la voz divertida mientras se ponía de nuevo en pie, de un salto, llena de arrolladora energía. "¡Salgamos a celebrarlo! Vámonos a... no sé... a cenar... a tomar unas copas... o... ¡a bailar! ¡Vámonos a bailar! ¡Ven, corre, vistámonos!", y agarrándole de una mano le hizo levantarse bruscamente, tirando de él con inusitada fuerza. "¡Deja eso!", le hizo soltar de un manotazo las cartas de aquella última jugada, que aún escondía en su mano, antes de arrastrarle hacía el pasillo. Y entonces se detuvo en seco en su carrera apresurada, haciendo que se tropezara con ella al dejarse llevar por la inercia. Él trago saliva, y por un momento tuvo miedo: ¿se había dado cuenta de todo? Pero por suerte parecía que no, de hecho ahora sonreía más aun si cabe. "Mmmmm... mejor aun... celebrémoslo de otra forma... ¡¡jugando!! ¿Te apetece jugar a un juego en el que ganemos los dos?, jijiji", y dando un pequeño saltito cruzó el umbral de la puerta, antes de girarse de cara a él e indicarle con los dedos y una mirada divertida y juguetona que la siguiera, mientras se dirigía andando de espaldas hacia la habitación. Él la siguió encantado, por supuesto, pero en el último instante lanzó una mirada hacía la mesa, y sonrío aliviado. Aquella última baza que le había entrado, aquella mano final en la que había sido derrotado, aquellas cartas que le había escondido dándole la victoria al hacerla entender que su jugada era mejor... habían caído boca abajo sobre el tapete. Ella no había podido verlas. Mejor así: no le habría gustado saber que le había dejado ganar.

"¿Vienes o qué? ¿Es que voy a tener que ir a buscarte, perdedor?" No, no haría falta. Echó a correr hacía la habitación y ella le recibió con un pequeño gritito divertido y una carcajada nerviosa.

domingo, 30 de octubre de 2011

Me apetece sonreír

Un parsimonioso sorbo de un espumoso café con leche. Un nocturno paseo con la única guía de estrellas y luna de verano. Una rápida carrera bajo las gotas de un chaparrón inesperado, del resguardo del alero de un edificio al de enfrente. Risas de niños, entrecortadas por jadeos y gritos de interminables juegos de persecuciones por el parque. Un copo de nieve que cae sobre la palma de la mano y se deshace en agua por momentos. El olor del pan recién tostado al crujir quejoso en el primer mordisco de la mañana. Una mano, mimosa, que entrecruza lentamente los dedos con los de la tuya. Silbar una canción animosa y notar que alegra el alma. Reír hasta que duela la mandíbula, hasta que las lágrimas corran a colarse en una boca desencajada de disfrute. Suspirar suavemente en esa mañana sin despertador bajo el peso de la ropa de cama que hornea a fuego lento ensoñaciones perezosas. Notar el viento en la cara mientras peina con fuerza el cabello y trae olores de hierbas silvestres, o de salitre, o del humo de esa hoguera que canta canciones al son de una guitarra. Rasgar el cielo con la mirada, serpenteando los ojos al mismo ritmo que el fugaz relámpago de esa tormenta que trae olor a pueblo y recuerdos; esperar que la voz del bajo que siempre le acompaña lo inunde todo con su ronquido hasta hacer que tus hombros se agiten en un repentino escalofrío. Saborear el silencio de la página que se torna de ese libro que no puedes dejar de leer, y fascinarte al descubrir un nuevo giro del argumento. Sembrar una sonrisa en unos ojos que te miran, brillantes y francos. Y tantas, tantas, tantísimas cosas más...