lunes, 12 de diciembre de 2011

Epidermis

Hacía tiempo que la notaba creciendo dentro de ella. Decidió no comentarlo con nadie. Quizá fuera todo un espejismo, una falsa sensación. O quizá no. Quizá estaba realmente haciéndose más y más grande, desplazando lentamente aquella nueva piel desde el interior, hasta presionar bajo la suya, ansiosa por salir a la luz, por tomar contacto con el aire. A veces lo sentía ahí, palpitante, en su interior, queriendo salir, luchando por ello. Pero no quería hacerse ilusiones. Aunque realmente lo sabía. Sí, lo sabía.

Disfrutaba de su pequeño secreto. Se sonreía en silencio cuando paseaba y pensaba en ello. Se descubría reponiéndose de los golpes de la vida pensando en aquel nuevo ser que crecía en su interior. Se imaginaba aquella nueva piel, dura y lista. Fuerte. Equilibrada. Soñaba con esas cualidades, lo había hecho siempre. Y, de alguna forma, guardaba la esperanza de que un día aquella persona que había comenzado a hacerse más y más grande en su interior rasgara su cuerpo y tomara control de su ser; de que aquella parte de sí misma que tanto la enervaba y de la que tanto se lamentaba en lágrimas sorbidas de luz apagada y dolores en el pecho, de pronto se viese transformada, revolucionada y reconstruida. Y que todo lo que quedara de ella, de aquella "ella", fuera una vieja piel casi transparente, inútil y vacía.

Fue algo gradual. Ocurrió tan poco a poco que, hasta que no se paró a reflexionar sobre aquello, no fue consciente del todo. Y para entonces ya había mudado casi toda su piel. Había notado indicios antes, claro. Iba comprobando como su visión sobre las cosas cambiaba. Se dio cuenta de como afrontaba sus retos, de esa energía, esa convicción y esa fuerza que la invadían y la arrastraban como una apisonadora sobre todo los contratiempos que surgían. Se sorprendió contestando más de una vez, expresando su criterio, sus ideas, sus sentimientos, con firmeza y convicción. Y aquellos "no" que siempre se le habrían atragantado ahora se escapaban de sus labios cuando era necesario con un rotundidad y seguridad desconocidas para ella. ¿Era posible que estuviera ocurriendo? Aquella tarde, apoyada en el pretil de su terraza, con la vista perdida más allá de la humeante taza que calentaba sus manos, mientras recapitulaba las últimas semanas de su vida y los cambios que se estaban produciendo de pronto en la misma, fue cuando lo comprendió. Ya estaba ahí, la veía.

Era una nueva piel, plateada, firme, fría. Tenía un tacto acerado y resistente. Parecía irrompible. Impermeable. Inexpugnable. La hacía sentirse protegida y segura. La recorrió con dedos curiosos y sonrisas de nueva realidad. Le gustaba aquello. Le encantaba como estaba cambiando. Lo mejor de todo es el poder que tenía sobre todo aquello. Con un simple chasquido de dedos, con la velocidad de un pensamiento o un ligero cambio en el arco que dibujaban sus labios, su nueva piel mutaba. Cambiaba. Se convertía en una inmediata metamorfosis en una cálida membrana, suave, confortable, acogedora, que invitaba a acurrucarse en ella y a perderse absorbido en su interior. Podía ser dura y concreta, como un puño, o dulce y acolchada, como un lecho de plumas de ganso. A voluntad. Cuando y como quisiera. Siempre.

Con el paso de los días se fue pelando, poco a poco, como si se hubiese pasado con un baño de sol. Tenía que acabar de mudar su piel, pero no tenía prisa. Aun quedaban restos de lo que fue, los veía, los notaba, como parches viejos de piel oscura y moribunda. Pero no importaba. Pronto ya no estarían allí. Pronto sería distinta. Sería ella. Por fin. Ella. Y le costaba no reventar de felicidad al ser consciente de ello.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Paseando ideas

A veces saca las ideas a pasear. Las agarra de sus minúsculas manitas y busca acomodo en su paso para que le sigan sin cansarse, pero a buen ritmo. Otras veces aparecen por sorpresa, a mitad del camino. Se esconden, ya sea detrás de la sombra de un tronco oscuro y retorcido en lo más profundo de un sendero o tras el muñequito rojo del semáforo de enfrente de casa, y saltan a traición sobre sus hombros, aferrándose tenazmente a su nueva montura mientras susurran sus nombres en sus oídos.

En contadas ocasiones se esconden. Se refugian en pequeños ventrículos del corazón o en alguna circunvalación del cerebro, silenciosas, miméticas, agarradas con fuerza, con ventosas con succionan y dientes que muerden. Y entonces hay que ir a buscarlas. Suele enfundarse unos guantes de látex y sacar un escalpelo portátil, y entonces, cuando lo tienen todo listo, regula el paso hasta alcanzar una cadencia regular y tranquila, y comienza la operación de extracción.

En algunos casos no es tan quirúrgico. Hay que decirlo: cuando quiere es un poco bestia. Se traga su brazo hasta el codo y revuelve sus órganos con sus propios dedos en busca de esas ideas esquivas. Le da dentera escuchar como uña y hueso rascan retumbando ecos dentro de su cráneo, rasgando cuerdas de sensaciones que propagan notas imposibles a lo largo de la columna vertebral y que cargan por instantes su cuerpo de electricidad estática hasta que un repentino escalofrío sacude sus hombros y la disipa. Y qué me dices de cuando atrapa el corazón entre sus dedos, y lo aprieta sin miramientos, vaciándole de sangre y de pulso por unos instantes, mientras estruja fuera de él alguna de esas ideas esquivas. Se le encoge el alma en esos instantes pensando que quizá, cuando lo suelte, no volverá a latir. Pero siempre lo hace.

Pero de una forma u otra a menudo pasea sus ideas. Las mira con curiosidad, con tranquila ansiedad, con enérgica calma. Las columpia en juegos de palabras que las definen y las entretienen, divertidas. También se pone violento y las apalea más de una vez; pero sin ánimo de herir, más bien con la intención de sacarlas el polvo y airearlas un poco. Y las ve jugar y pelearse entre ellas, en riñas más o menos fingidas, mientras dan vueltas a su alrededor. "Chicas, comportaos...", les dice cuando llegan a molestar a otros viandantes. Y ellas se ruborizan mientras se acusan mutuamente de haber sido quien ha empezado esta vez. Lo peor es cuando se ponen pesadas, cuando es una de esas ideas que da la tabarra sin parar, engreída y soberbia, arrinconando a todas las demás en alguna esquina oscura y lúgubre y acaparando toda la atención para sí. ¡Qué tozudez son capaces de demostrar a veces!

Pero también hay momentos geniales. Como cuando algunas se fusionan en nuevos conceptos nunca imaginados, o aquellas veces en que descubren una nueva cara oculta hasta entonces, secreta y desnuda, que guardaban con celo. Y por supuesto, cuando crecen. Cuando las conoces desde niñas, desde que no eran más que una simple intuición. Y ves cómo se hacen grandes, cómo sin darte cuenta ya se han hecho adultas e independientes. Creo que no miente cuando dice que le da pena que ocurra, que le entristece no poder seguir disfrutando de sus risitas infantiles y de sus locas salidas del tiesto. Pero hay que saber que lo dice con la boca pequeña, y que realmente adora cuando cogen la maleta y se van de casa, cuando salen de él y viajan. Y ven mundo y dejan su huella en universos distintos. Y vuelven de visita de tarde en tarde, con un souvenir bajo el brazo recogido en algún alma extraña. Y saludan desde el quicio de la puerta: "¿hay sitio para una idea más en la hambrienta mesa de esta casa?". Ya saben que sí. Siempre lo hay.

martes, 6 de diciembre de 2011

La luz de la noche

No le gustaba la noche. Cuando la luz del sol se escondía, lejos, detrás del horizonte, y la tierra, el mar y el cielo se cubrían con aquella capucha negra de vacío y ausencia, a él le recorría un desagradable escalofrío por la espalda. Odiaba tener que pasarse todas aquellas horas quieto, o bien durmiendo o bien acuclillado en algún rincón cómodo que había escogido antes de que cayera la noche, desde el que poder contemplar el siguiente amanecer. Eran noches aburridas, silenciosas y tétricas. Solo había viento y, alguna vez, lluvia. Por lo demás el mundo dormía serenamente. Ni siquiera las alimañas se atrevían a pulular por aquel laberinto carente de toda luz.

En alguna ocasión, una tormenta le había despertado de madrugada. Y bajo la luz de los relámpagos había podido atisbar los paisajes de un mundo que luchaba por hacerse visible en lo que dura un destello. Y le hizo pensar. ¿No sería bello poder ver el mundo de noche? No quería al sol colgado del cielo todo el tiempo, eso no. El ciclo de día y noche le agradaba, le enseñaba cuando debía de estar activo y cuando relajado, le servía para organizar su tiempo y sus actividades, no era un mal invento. Pero la noche era demasiado oscura. Si no lo fuese tanto… ¿Y si no tuviese por qué serlo?

Y así, una noche en la que el viento era calmo y las olas susurraban contra las rocas no muy lejos de allí, soñó a la luna. Por la mañana le sorprendió verla, colgada del cielo. ¿Qué era aquello? Era como una nube lejana y redonda, exquisitamente redonda, colgada del horizonte. ¿Qué hacía allí? Pronto perdió el interés y cuando volvió a acordarse de ella, cuando el sol ya estaba alto, ya no la pudo encontrar en el firmamento. ¿Habría soñado despierto? No le dio mayor importancia. Pero esa noche…

Esa noche despertó con la respiración acelerada y el sudor frío corriendo por su cuerpo, fruto de un sueño atropellado sobre carreras al borde de precipicios nunca hollados; pero ya empezaba a olvidarlo. Ya se fue. Con el aliento recuperado, se pasó las manos por la cara sudorosa y al entreabrir los abotargados ojos de pronto fue consciente de que era capaz de verlas, de reconocer sus viejas manos callosas ante sus ojos, en plena noche. Levantó la vista hacia el cielo y allí estaba de nuevo aquella forma plateada colgada de la nada, refulgiendo mansamente. No era una nube, ahora lo veía claro. Era… otra cosa. Un regalo. Un sueño hecho realidad.

Miró hacia la pradera y observó a los altos gamos y a los curiosos conejos asomarse a un nuevo cielo nocturno. Aquellos ojos brillaban con una luz nueva, un regalo de aquel hipnótico círculo de ensueño que derramaba su luz suave y discreta sobre todos ellos. Sobre árboles, riscos y campos. Sobre tierra yerma y mar revuelto, sobre nubes bajas y lejanos páramos. Sonrío, alegre. Y pensó que era hermoso. Pero quería más.

Al día siguiente se acercó a las zarzas que había en el desfiladero cerca de allí. Entre los espinos encontró abundante pelo de ciervos y caballos, que se apretaban contra ellos para pasar por aquel paso estrecho. Los recogió con cuidado, como había hecho otras veces, y uniéndolos a un palo firme y duro de avellano fabricó uno de aquellos pinceles con los que gustaba adornar sus cuevas, su cuerpo y sus pieles. Aquella tarde, sobre el mullido catre de hojarasca y paja seca, descansó sesteando abrazado a aquel utensilio hasta bien entrado el anochecer, a la espera del momento de volver a verla.

Cuando surgió del horizonte fue todo un espectáculo. Se quedó embobado mirándola hasta que estuvo bien alta en el cielo. Entonces alargo el brazo con el pincel suavemente agarrado y, cerrando uno de sus ojos para apuntar bien, dejó que se mojara en aquel brillo de plata del que estaba hecha. Vio pequeñas ondas formándose en su superficie a medida que el pelo animal se calaba de brillantina y de luz. Luego, con exquisito mimo y atención, comenzó a pintar diminutos puntos luminosos a lo largo y ancho de todo el cielo.

Durante noches enteras, años, siglos, estuvo repitiendo aquel trabajo minucioso con creciente gozo al comprobar como la noche se convertía en un espectáculo digno de ser contemplado por toda la eternidad. Y por fin, cuando se sintió satisfecho, se echó a dormir en un tranquilo y plácido sueño, bien estirado sobre aquel manto de musgo y hojas secas, con una cara que refleja felicidad y complacencia, bajo aquel cielo nocturno que tanto había deseado, con el que tanto había soñado y que, finalmente, había inventado.

Y aun, a día de hoy, duerme bajo la luz de su luna y sus estrellas. Tiene sobre su pecho cruzado un pincel que brilla con la misma intensidad que un lucero arrancado del cielo. Y en sus labios sigue pintada esa eterna sonrisa argéntea que jamás le abandonará.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Da capo. Larghetto.

Se giró lentamente hacía él. “¿Puedes tocarla más… lentamente?”, preguntó con un hilillo de voz. Desde la banqueta del piano un rostro joven y sonriente asintió, y unas manos grandes y ágiles volvieron a tocar la pieza. Da capo. Larghetto.

Volvió la vista al gran ventanal que daba a la plaza. La gente, abrigada hasta las orejas, paseaba y charlaba, alegre y despreocupada, entre vaharadas de vapor, bajo el cielo turquesa, despejado y frío. Las notas fueron filtrándose por aquellas orejas ancianas y caídas que tantas veces habían escuchado esa melodía. Aquella canción olía a juventud, a bailes de salón, a mozos bien plantados haciéndole la corte en los grandes salones de la mansión familiar. Sabía a vino añejo, a largas mesas de cuberterías de plata, a faisanes y cochinillos, a brindis a copa alzada. Le resultaba grato escuchar aquello.

Observaba a los paseantes con la curiosidad tranquila de quien contempla un acuario. Algún abrazo efusivo, unas castañas compartidas, aquél músico tocando el violín frente a su estuche abierto ante el que formaba un arco de curiosos… Vio como una niña, con un largo abrigo color mostaza, perseguía a las palomas a la carrera. Aquellos ojos inmensos y aquella boca abierta en una eterna carcajada le levantó un incómodo hormigueo en la nuca. Se alejó de la ventana y se acercó al bar, donde se sirvió una copa de coñac. Pensó en Claudio, el que era el médico de la familia desde hace tantos años que ya peinaba canas cuando ella era una niña, y en como le había rogado vehementemente que dejara el alcohol. Pero, ¡qué demonios!, era un mujer vieja y marchita, ya había vivido todo lo que había que vivir, de algo había que morir. Se giró para contemplar las manos de Juan tocando el piano, y se maravilló de la elegancia y el talento que había heredado de su hermano, que en gloria esté. Daba gusto escucharle. Aun recordaba cómo de niña bailaba descalza en la sala de música alrededor del piano mientras sus dedos arrancaban aquellas mismas notas del marfil de las teclas. Quiso sacar ese recuerdo de su cabeza. No, no quería pensar en niñas que danzaban. Ahora no.

Se perdió durante unos instantes en el olor a roble y frambuesas y en el brillo dorado del marco del espejo del fondo del salón. “¿Casia, estás bien?”, preguntó el sobrino. Parecía alterado, mirándola preocupado, a medio levantar de aquel taburete. ¿Cuándo había dejado de tocar? No recordaba haberlo dejado de escuchar. De hecho, no era consciente de haber estado escuchándole. Porque… ¿qué? ¿Qué era aquello? Se le nublo su rostro antes sus ojos. Luego todo a su alrededor se tornó blanquecino y de golpe el mundo se tumbo de lado. Frente a ella una copa echa pedazos que sangraba alcohol sobre la mullida alfombra persa. Y los pies de Juan, enfundados en aquellos zapatos negros y brillantes, que corrían acercándose nerviosos. “¡Ayuda!”, se oía en gritos que parecían lejanos. Negros y brillantes zapatos. Como los grandes ojos de aquella niña. Aquella, la de inolvidable sonrisa, la de hace tantos años atrás. Aquella…

domingo, 4 de diciembre de 2011

M.A.D.R.E.

-Pero eso no puede ser, siempre habrá un número más grande, no puede haber un último número…           

-Madre dice que sí.

-¿Y qué número es?

-Buf… es tan ridículamente alto que nos sería imposible pronunciarlo. Ni siquiera podríamos mirar todas sus cifras. Tardaríamos un número absurdamente largo de vidas, una tras otra, leyendo un interminable papel lleno de guarismos para llegar al último dígito de él. Pero sí, existe. Madre lo ha encontrado. Es el último número.

-¿Te das cuenta de la tontería que estás diciendo? Tiene que ser un error de programación de Madre. ¡¡No puede haber un último número!! ¡¡Los números son infinitos!! Ese número, sea cual sea, más una unidad, será un número más grande que sí mismo. ¡Es de lógica! ¡No puede ser de otra forma!

-Madre no puede cometer errores, lo sabes. Y si Madre dice que es así…

-¡Pues Madre se equivoca!

-Ya… Entiendo que te cueste aceptarlo, pero sabes que Madre nunca se equivocaría. Tú, mejor que nadie, deberías saberlo.

-Madre no puede fallar, sí, lo sé… Pero a ver, ¡es que es absurdo! Igual estamos interpretando mal lo que dice. No puede ser cierto. Será eso, un problema de interpretación. Sí…

-No, no hay ningún problema de interpretación. Hemos sido extremadamente cuidadosos con las preguntas que le he hemos hecho a Madre. Las hemos reformulado de muchísimas formas para asegurarnos de que la respuesta era la que era. Y es esa, sin duda es esa. Uno de los hilos de procesamiento de Madre ha estado calculando hasta donde llega el infinito desde el mismo momento en que fue puesta en marcha. Y lo ha encontrado.

-Es ridículo…

-Pero es cierto.

-¡Es que no puede serlo! ¿No lo entiendes? ¡No tiene ningún sentido! ¡No es lógico!

-Te empiezas a repetir…

-¡¿Pero cómo puedes estar tan tranquilo?! Esto tira por los suelos milenios de pensamiento racional. Nuestras matemáticas, nuestra física… ¡¡nuestro mundo está basado en axiomas que dan por sentado eso, que siempre habrá un número más grande!! ¡Eso es el infinito! Y ahora me dices que el infinito… ¡es finito! ¡¡Y te quedas tan pancho!!

-A ver, es cuestión de asumirlo. Estábamos equivocados. Punto. Ahora toca pensar en que influye todo esto a nuestro mundo, a nuestra ciencia, a nuestra tecnología… Una vez te das cuenta de que es así y ya está, que no hay vuelta de hoja, pues solo queda ponerse a investigar, para entenderlo, y…

-¡¡Qué me estás contando!! ¡Asumirlo…! ¡¡Me niego a asumirlo!! Es como si te dijeran que…, no sé…, “oye, mira, que estás muerto, ¿vale?, esto que crees estar viviendo, tu vida, no es más que una fantasía de una persona ajena, no eres más que un sueño”. Joder, ¡¡es que hasta eso me costaría menos asumirlo!! ¿Sabes de qué estamos hablando?

-No es para tanto… no te pongas así…

-¿Me dice que no me ponga así? Tócate los…

-A ver, es un número tan absurdamente gigantesco, tan increíblemente enorme, que jamás podríamos concebir un número mayor. Sigue siendo tan inabarcable como lo era antes nuestro “infinito clásico”; de hecho sigue siendo nuestro "infinito clásico", es simplemente que…

-¡¡Pero es que no tiene sentido!! ¿Cómo puede saber Madre que es el último número? ¿Cómo puede saber que no hay nada más grande? ¿Por qué, al sumarle una unidad, por ejemplo, no obtiene un número mayor aun? ¿Se lo habéis preguntado?

-Pues claro, hombre… Dice que es absurdo sumarle nada a algo que ya lo es todo. Que ese algo que le sumas ya está sumado, que ya lo contiene. Ya, ya sé lo que me vas a contar, que las matemáticas son abstracciones y que no puede existir un todo; y que si existiera, a ese todo le podríamos sumar otro todo si nos diese la gana; y que si el último dígito de ese número es un dos, si lo cambiamos por un tres sería un número mayor; pero Madre dice…

-¡¡Madre dice tonterías!!

-Joer, chico. Si Madre lo dice es porque es así. Tú mismo lo dijiste cuando la presentamos. “Madre no se puede equivocar nunca. Por eso la llamamos así, Madre.”

-Pero… joder… esto no tiene sentido… parece una pesadilla…

-Es una barrera más… Un pensamiento prefijado, una creencia, que ha caído. Como tantas otras en el pasado. Como cuando nos dimos cuenta de que el universo no giraba alrededor de la tierra. O cuando topamos con la mecánica cuántica. O cuando encontramos lo que se escondía dentro de aquellas partículas diminutas con las que jugaban los físicos en el siglo XXI…

-No, no es lo mismo. Esto lo cambia todo. ¿No te das cuenta?

-A ver, aquello también lo cambió todo…

-Ya, pero esto es distinto. Nosotros creamos a Madre. La creamos con una física y una ingeniería en la que existen los infinitos. ¡¡Usamos la fórmula de Mannen, por el amor de Díos!! Ya me dirás que sentido tiene todo lo que hicimos, los cálculos, los algoritmos, si no existe el infinito. Madre no debería funcionar si no existiera. Esto es una paradoja en toda regla.

-Pero Madre ha acertado siempre…

-Y el infinito también había “funcionado” siempre. Hasta hoy.

-¿Qué me quieres decir con eso?

-…Nada. No sé. Que me duele horriblemente la cabeza…

sábado, 3 de diciembre de 2011

Putos ciclos

¡¡Deja de llorar, estúpido!! ¿Qué consigues? ¿Lamer lágrimas saladas? ¿Escozor en los ojos? ¿No ganar para pañuelos de papel? ¡Idiota! ¡La vida está ahí fuera, no ha cambiado nada! Y cada segundo que pierdes en lamerte las heridas es un segundo que pierdes en vivirla. Sigues siendo tú, sigues rodeado de la misma gente, de las mismas ilusiones, de los mismos colores, olores y sabores. ¡Vístete y sal a la puta calle! ¡Anda! ¡Corre! Y no pares hasta que te duelen los pies más que el alma y te entren unas ganas locas de gritar que no tienes por qué estar así. Y sonríe. Y vive, ¡coño!

¡¡Deja de sonreír, imbécil!! ¿Te ríes? ¿Qué es lo que tienes? Castillos de naipes, ya te lo digo yo. Un simple soplo de aire y todo a la mierda. Eso que tu llamas vida no son más que sueños efímeros salteados con puñaladas esperando a clavarse en tu costado a cada tropezón. ¿Para qué andar? ¿Para qué seguir adelante? Cabezota engreído… ¿te has creído realmente que puedes escapar del dolor, de que te pisen de nuevo y de nuevo y de nuevo, hasta que no quede nada de ti? ¡Despierta, deja de soñar! No eres nada y nunca lo serás. Párate a pensarlo, anda…

¡¡Qué narices haces ahí parado, so memo!! ¿Crees que el maná caerá del cielo? ¡Hay que currárselo, ostia! ¡Muévete! El mundo no piensa moverse por ti, no te engañes. Levanta los putos pies del suelo y anda, ¡camina! Cada instante que pasas ahí sentado te haces más viejo, amargo e inútil. ¿A qué esperas para buscar, probar, saborear y sentir? ¿A estar tan caduco y oxidado que no sepas aprovecharlo? ¡Deja de pensar, subnormal, y sigue a tu corazón, para variar! Déjate llevar por él. Que al menos esta vivo, joder, no como tú, ¡muermazo! ¿Qué haces ahí parado escuchándome? ¿Es que no te enteras, no me has oído ya? ¡Muévete!

¡¡Estate quieto, bobo!! ¿Dónde crees que vas? ¿Por qué cojones no te paras a pensar en lo que eres, en lo que tienes y en que lugar estás? Tanta prisa, tanta prisa… Las cosas seguirán ahí dentro de un tiempo, ¡no te pongas a correr sin cabeza! Y si para cuando vas a buscarlas ya no están, si no te han sabido esperar, es que no merecía la pena correr por ellas. Y punto. ¡Joder! ¡Todo el santo día corriendo, buf! ¡En todas las putas fotos sales movido! ¿Es que no lo ves? Anda, planta raíces, estira las ramas y deja que te dé algo el sol. Y luego, cuando sepas de donde vienes, entonces ya podrás partir. Recapacita, piensa, siente. Y ríe, si toca. Y llora, si toca.

Y vuelta a empezar…

viernes, 2 de diciembre de 2011

Buenos días

La taza humeaba intensamente entre las manos que la abrazaban para entrar en calor. Las páginas del periódico pasaban despacio, con aquel quejido del papel poniendo banda sonora a la mañana del frío domingo. A un par de metros de ahí, el olor de la piel de naranja al ser cortada saltó entre minúsculas gotas del jugo, luchando por el café por gobernar el ambiente en la cocina. Y mientras el zumo era exprimido en enérgicos apretones, cerca de allí un sorbo demasiado aventurado en el tiempo descubría el ardiente calor del negro líquido en unos labios y una lengua que ahogaron un quedo quejido.

Una risita cruza la estancia, desde la encimera a la mesa, mientras una mano se aprieta contra una boca de labios contraídos y lengua herida, y unos ojos se entrecierran en un gesto de dolor. Un dulce elixir es volcado en un vaso de cristal que pronto viaja, transportado por una mano fría y solícita. “Anda, bebe un poco”, dicen los labios amables mientras acercan el vaso a los labios magullados, y un suave y frío placer anaranjado se lleva el recuerdo de la quemadura. “¿Mejor?”, añade después, mientras posa el vaso medio vació junto a la taza aun humeante. “Todavía noto la lengua dormida”, le contestan, balbuceando. Y una sonrisa, una mirada tierna, y un suave y silencioso beso que se cuelga en el tiempo son compartidos, antes de que de nuevo unos pasos se alejen al otro extremo de la cocina, junto al tostador. Una nueva página del periódico se gira. En la calle aun no se ha levantado la niebla.