¿No es genial viajar? Viajar es vivir una aventura. Es escapar de tu
marco referencial, de tu presente continuo. Cualquier viaje es algo
nuevo porque, a diferencia de nuestro día a día, no solo cambia el
cuándo: también cambia el dónde y, a menudo, el quién, el cómo y el
porqué. Y somos seres que se alimentan en buena medida de la novedad, de
la experimentación, de la sensación de aprovechar nuestro tiempo; esos
granitos de arena que nos regalaron nuestros padres y que se
corresponden a cada una de las risas, llantos, amores, canciones, sueños
y miradas que han tocado nuestras vidas y las que aún están por llegar.
Ojalá tarde mucho en vaciarse el bulbo superior de nuestro reloj de
arena.
¿No es genial viajar? Es fantástico mirarlo todo con los ojos nuevos y
limpios con los que los niños van descubriendo el mundo por primera vez.
Cruzarse con gente cuya vida puede haber recorrido un camino totalmente
perpendicular al tuyo (o un camino sorprendentemente paralelo, quién
sabe) e intercambiar una mirada curiosa y una sonrisa amable, esos
rasgos que llevamos dibujados en la cara aquellos que adoramos viajar,
bien cuando estamos en tierra extraña, bien cuando nos sorprende un
acento o una lengua extranjera en nuestra casa. Y, por un instante, tu
vida y la de ese desconocido se cruzan. ¿No es algo extraordinario? ¿No
se te hace curioso estar asistiendo como figurante, como secundario de
lujo o como simple extra de reparto en la vida de tantos desconocidos a
cada momento que pasas allende tus tierras? Una mayoría de gente con la
que, probablemente, nunca te volverás a cruzar. ¡Jamás! Quizá con
algunos pocos de ellos sí, aunque seguramente no les reconocerás. Y
luego están los casos deliciosos, que algunos tienen la gracia y el
gusto de buscar y encontrar con facilidad, de personas que conoces lejos
de casa y que, en cambio, acabas manteniendo muy dentro de ti para
siempre.
¿No es genial viajar? Conocer, aprender, explorar, deambular, conversar,
sorprenderse, disfrutar... Escuchar, ver, oler, saborear y sentir.
Sentir que cada segundo, cada latido de corazón, cada voz, cada bocado y
cada paso son nuevas notas a añadir en la partitura de historias que
tejen lo que somos. Y no unas notas cualesquiera, no. Son notas nuevas,
deliciosas o amargas, disonantes o armoniosas, acordes con los que jamas
habíamos pensado, arpegios que nunca antes soñamos. Y así, el tejido de
nuestros días se llena de nuevos matices, paisajes, palabras, gestos,
anécdotas... nuevas y brillantes lentejuelas de mil y un colores que ya
forman parte de nosotros.
¿No es genial viajar? Caminar por caminar, despacio, con los sentidos
bien despiertos. Disfrutar de nuevos sabores que cualquier otro día
matizarán nuestra percepción de algún plato. Descubrir olores que
anclarás el resto de tu vida al recuerdo de ese lugar, de ese instante.
Escuchar el soniquete con el que se identifican los locales, gozar de la
riqueza de una cultura distinta que vive en unas palabras, un aliento,
una música y unas costumbres propias, singulares. ¿Y el descubrir con
tus ojos, con tus manos, lo que construyeron sus padres y los padres de
sus padres? ¿Y encontrarte con lo que están construyendo ahora mismo,
con sus sueños, su pericia, su experiencia y su alma como principales
herramientas? ¿Y qué hay de ese entorno espectacular, único, en el que
viven sus vidas?
¿No es genial viajar? En el fondo, eso es la vida: un viaje. Lleno de
descubrimientos, de momentos más o menos afortunados, de sueños y
desilusiones, de chaparrones de tarde de otoño y de brillantes mañanas
de primavera. Vivir es viajar, y viajar es estupendo. Basta con
acordarte del paraguas antes de salir de casa, sonreír y ser educado con
la gente que se cruza en tu camino, y tratar de aprovechar cada minuto
del viaje al máximo, pese a cualquier contratiempo con el que nos
topemos (algo inevitable en cualquier viaje, ¿no es verdad?).
¿No es genial viajar? No tengamos prisa en volver a casa. Ahora toca
vivir esta experiencia, y aprovecharla, sentirla con cada fibra de
nuestro ser.
¡Subamos al tren, que ya va a salir!
domingo, 4 de septiembre de 2011
martes, 30 de agosto de 2011
Juez y verdugo
¿Crees que estoy loco? ¿Que no voy a hacerlo? ¿Que no seré capaz de acabar contigo? Te mataré. En un suspiro dejarás de existir. No tardaré mucho, será un instante, seguramente ni tendrás tiempo de sufrir, tranquila. Será brutal, pero rápido.
No sé si debería contarte esto. Total, seguro que una mente inferior cómo la tuya no llega ni a entender de lo que hablo, pero bueno, ya puestos... ¿qué más da? Creo que te lo mereces. Te mereces saber porque creo que debo acabar contigo. No es solo por el infinito odio que te profeso, no; ni por lo que acabas de hacer. Eso podría ser suficiente para mí, claro, para cualquiera... pero no, no es por eso. O no solo por eso.
Tengo la teoría de que he sido creado para esto, de que esto forma parte de mi destino, uno de los motivos por los que estoy aquí. Debo de acabar con las menos aptas, las menos preparadas, aquellas que no merecen continuar en este mundo; de otro modo acabarías generando una descendencia de seres tan inútiles cómo tú; y muchas de ellas, las hembras (siempre soy las hembras, ¿verdad?) podrían ser tan estúpidas cómo lo has sido tú. Serían capaces de cruzarse en mi camino, y hacer una tontería cómo la que acabas de cometer. Y no es lo que queremos, ¿verdad? No es lo que quiere... la evolución. Sí, eso es: la evolución. Soy una simple herramienta darwiniana, soy parte del control, soy el cercenador de las vidas de aquellas cuyas cualidades, cuyas características, se han mostrado inferiores, erróneas, invalidas. Y tú, amiga mía, eres una de ellas, que le vamos a hacer. Así que hazme el favor de estarte quietecita, no alarguemos esto. Pasará todo en un suspiro, ya lo verás, no te muevas...
La mano descendió veloz y se estrelló contra la pared. Al retirarla y mirarse la palma, la expresión dudosa de su rostro se tornó en un gesto de triunfo, casi de alegría. Se limpio la sangre con un pañuelo de papel y se volvió acostar. Apagó la luz de la mesilla y cerró lo ojos. Enseguida podría volver a quedarse dormido. Pero aún le picaba un poco el brazo.
Malditos mosquitos...
No sé si debería contarte esto. Total, seguro que una mente inferior cómo la tuya no llega ni a entender de lo que hablo, pero bueno, ya puestos... ¿qué más da? Creo que te lo mereces. Te mereces saber porque creo que debo acabar contigo. No es solo por el infinito odio que te profeso, no; ni por lo que acabas de hacer. Eso podría ser suficiente para mí, claro, para cualquiera... pero no, no es por eso. O no solo por eso.
Tengo la teoría de que he sido creado para esto, de que esto forma parte de mi destino, uno de los motivos por los que estoy aquí. Debo de acabar con las menos aptas, las menos preparadas, aquellas que no merecen continuar en este mundo; de otro modo acabarías generando una descendencia de seres tan inútiles cómo tú; y muchas de ellas, las hembras (siempre soy las hembras, ¿verdad?) podrían ser tan estúpidas cómo lo has sido tú. Serían capaces de cruzarse en mi camino, y hacer una tontería cómo la que acabas de cometer. Y no es lo que queremos, ¿verdad? No es lo que quiere... la evolución. Sí, eso es: la evolución. Soy una simple herramienta darwiniana, soy parte del control, soy el cercenador de las vidas de aquellas cuyas cualidades, cuyas características, se han mostrado inferiores, erróneas, invalidas. Y tú, amiga mía, eres una de ellas, que le vamos a hacer. Así que hazme el favor de estarte quietecita, no alarguemos esto. Pasará todo en un suspiro, ya lo verás, no te muevas...
La mano descendió veloz y se estrelló contra la pared. Al retirarla y mirarse la palma, la expresión dudosa de su rostro se tornó en un gesto de triunfo, casi de alegría. Se limpio la sangre con un pañuelo de papel y se volvió acostar. Apagó la luz de la mesilla y cerró lo ojos. Enseguida podría volver a quedarse dormido. Pero aún le picaba un poco el brazo.
Malditos mosquitos...
lunes, 29 de agosto de 2011
En la orilla del mar
Tatuado en la arena, a la espera de que suba la marea y de que las olas, frías y saladas, lo vuelvan a convertir en olvido. Sueños bajo una luna llena, tan llenos entonces, tan vacíos ahora. ¿Dónde quedan las ruinas de los castillos por construir? Cuentacuentos disfrazados de duendecillos juguetones, que recorren las estancias del oído interno. Ilusiones bordadas en sábanas de seda brillante; litros de risas, y tejados de pizarra oscura y caliente bajo el sol del verano. Tacones resonando en habitaciones vacías, a la espera de que se llenen de muebles, de vidas. Un recuerdo por cada rincón, un beso, una noche de pasión. Y los dados caen detrás de la cortina, a la espera de que alguien se agache a recogerlos. ¿Acaso importa la tirada? ¿Lo importante era jugar o ganar?
Ya está aquí, la primera ola. Y los trazos se vuelven bosquejos, y las letras se emborronan; el mar cobrándose su tributo, lametazo a lametazo. Y se gana el derecho a tropezar de nuevo. En otra piedra, s'il vous plâit. La brisa marina trae el olor a salitre, a noches frescas e historias de ultramar. Pies mojados que se hunden en la arena húmeda. Y un paseo que comienza de una nueva mano, que acoge cálida y suavemente las emociones que anteceden al alba. Silbar aquella canción medio olvidada y dejarse secuestrar por sonrisas, y risas, y tiernas caricias. Mordisquitos de alegría y estrellas colgadas en un cielo de negro humo vacío. Bonitas postales, pero no de las de recuerdo, sino de esas en las que lo importante es lo que se cuenta a la izquierda de la dirección de destino. ¿Será, otro día, otro nombre en la arena? Hay ganas de que recorra por la espina dorsal, rápido cómo un relámpago que escala vértebras, la sensación de que no será así.
¡Quiero escribir cuentos!
Ya está aquí, la primera ola. Y los trazos se vuelven bosquejos, y las letras se emborronan; el mar cobrándose su tributo, lametazo a lametazo. Y se gana el derecho a tropezar de nuevo. En otra piedra, s'il vous plâit. La brisa marina trae el olor a salitre, a noches frescas e historias de ultramar. Pies mojados que se hunden en la arena húmeda. Y un paseo que comienza de una nueva mano, que acoge cálida y suavemente las emociones que anteceden al alba. Silbar aquella canción medio olvidada y dejarse secuestrar por sonrisas, y risas, y tiernas caricias. Mordisquitos de alegría y estrellas colgadas en un cielo de negro humo vacío. Bonitas postales, pero no de las de recuerdo, sino de esas en las que lo importante es lo que se cuenta a la izquierda de la dirección de destino. ¿Será, otro día, otro nombre en la arena? Hay ganas de que recorra por la espina dorsal, rápido cómo un relámpago que escala vértebras, la sensación de que no será así.
¡Quiero escribir cuentos!
domingo, 28 de agosto de 2011
¿Por qué suspiras?
Dos manos cubren mis ojos, y una voz me susurra al oído: "¿quién soy?". Al instante sé que es él, claro, y noto cómo se me erizan los pelillos de la nuca al tiempo que una sonrisa inunda mi cara. Pronuncio su nombre aguantándome una risita nerviosa, y sus manos se retiran de mi rostro, solo para posarse un instante después en mis caderas y ayudarlas a orientarse gentilmente hacía él, trayéndome la visión de sus dos grandes ojos donde antes solo había tinieblas. "¿Estás contenta? Al final he podido venir", me dice. No contesto, solo floto. Levito. Le doy un suave beso. ¡Esos labios! Me abraza con fuerza y yo entierro mi cabeza entre su cuello y su hombro. Y aspiro. Huele a él. Un pequeño escalofrío hace que se me agite la espalda en un pequeño espasmo, rico y nervioso. "¿Me has echado de menos?", me dice. Idiota, si tu supieras... No quiero que me suelte. No, no, no. Ahora que está aquí, conmigo, no quiero que me suelte nunca más, necesito que no se mueva de mi lado.
Una de sus manos se pierde en mi melena. Sus dedos son las púas del más delicioso de los peines, recorriendo mechón tras mechón de mi cabello. "¿Estás bien, cari?, no me has dicho ni hola... ¿pasa algo?". ¡¡Qué si estoy bien, me dice!! Me encuentro de nuevo con sus ojos, brillantes, y una mirada llena de ternura, cariño y una pizca de curiosidad. Y me derriten, cómo siempre. ¿Es de día o de noche? ¿Hay algún otro sonido, más allá de su voz? ¿Algún otro olor? ¿Hay calor más allá de este abrazo, hay vida ahí fuera? "Sí, estoy bien, claro que estoy bien, mucho más que bien", le digo. Y esa sonrisa suya se expande hasta escaparse de sus labios y pintar su cara, su pelo, hasta cubrir todo el cielo, todo lo que alcanza mi mirada. Y le beso, claro, lenta y dulcemente. Y me olvido de todo, del cuándo y del dónde, del cómo y del porqué. Y solo queda el qué. Solo quedan esas ganas de reír y de gritar y de reventar de felicidad.
"¿Por qué suspiras?", me pregunta. ¿No está claro?: "Por ti".
Una de sus manos se pierde en mi melena. Sus dedos son las púas del más delicioso de los peines, recorriendo mechón tras mechón de mi cabello. "¿Estás bien, cari?, no me has dicho ni hola... ¿pasa algo?". ¡¡Qué si estoy bien, me dice!! Me encuentro de nuevo con sus ojos, brillantes, y una mirada llena de ternura, cariño y una pizca de curiosidad. Y me derriten, cómo siempre. ¿Es de día o de noche? ¿Hay algún otro sonido, más allá de su voz? ¿Algún otro olor? ¿Hay calor más allá de este abrazo, hay vida ahí fuera? "Sí, estoy bien, claro que estoy bien, mucho más que bien", le digo. Y esa sonrisa suya se expande hasta escaparse de sus labios y pintar su cara, su pelo, hasta cubrir todo el cielo, todo lo que alcanza mi mirada. Y le beso, claro, lenta y dulcemente. Y me olvido de todo, del cuándo y del dónde, del cómo y del porqué. Y solo queda el qué. Solo quedan esas ganas de reír y de gritar y de reventar de felicidad.
"¿Por qué suspiras?", me pregunta. ¿No está claro?: "Por ti".
¿Surrealismo?, ¡dos tazas!
Una mano que dibuja otra mano, muy escheriano, ¿no? Es cuestión de sentirse un poco rana. ¿Y el queso? Átale, demoníaco Caín, o me delata. Languidece la tarde. Sí. Y un rábano. ¿Y mis margaritas? Sentido y sensibilidad. Sí, claro, seguro, lo que tu digas. Antonio no lo es, pero Juan tampoco; nótese la ironía, fina como un cactus. Grosso modo. No te líes la manta a la cabeza. Otro rábano. ¿Más rábanos? Cielito lindo junto a la boca. Rasga el rojo ruido, retorcido rufián. Lo siento, está ocupado. Maraca. Maraca, maraca y maraca. ¡Cuantas chispitas! No, si el color es bonito, pero no me pega al ojo, que quieres que te diga... ¿Pero ese es tu nombre de verdad, o solo un apodo? Polisíndeton, perífrasis y (redoble, por favor)... ¡¡sinestesia!! Le pegó un mordisco y se quedó sin dientes, el muy animal. Uy uy uy, en cuanto pare el viento va a ponerse a llover, seguro. Lacustre. ¿Simple? Tendencioso, desde luego. ¿A quién le importa?, es más, ¿quién sabe donde? Ya estamos con los dichosos porqués, ¿es que siempre tiene que haber un porqué? Ay, hacía mucho que no lloraba de risa. Perogrullo. ¿Otra vez rábano? Gracias Manu. Mira, ya se abre. Punto y final.
sábado, 27 de agosto de 2011
Tu cine en casa
¿Alguna vez has tenido la sensación de ser el protagonista de una película? Una película que no es otra cosa que tu propia vida, claro. ¿Y alguna vez te has sentido interpretando un papel secundario en la película de los demás? ¿O te has encontrado con gente a lo largo de tu vida que parecían sacados de alguna serie televisiva? Sería curioso que todos siguiésemos un guión en la vida; un guión que nos está oculto, pero que nos dirige, y que simplemente interpretamos con cada uno de nuestros actos y palabras. Cómo si fuéramos sujetos de un gigantesco experimento de hipnosis colectiva: cada uno con nuestro papel y nuestras consignas que seguir, aún siendo totalmente inconscientes de las mismas.
No creo que sea así, claro. No estoy negando el libre albedrío. Pero, en el fondo, ¿no se asemeja esto mucho a la realidad? ¿Acaso no somos la suma de nuestros valores, nuestras experiencias, y nuestros sentimientos? Ese es nuestro guión, al que nos aplicamos cada vez que damos un paso o tomamos una decisión en nuestra vida. Esa es nuestra guía, nuestro condicionante, nuestros mandamientos. Y aunque como en cualquier buena película a los actores nos dejan cierto margen para improvisar, procuramos ceñirnos lo mejor posible al papel.
Así que habrá que seguir descubriendo esta película. Vivámosla. ¿Cuantas aventuras aún por descubrir? ¿Cuantos romances, cuantas carcajadas, cuantas sorpresas, cuantos lloros desconsolados? ¿Cuantos nuevos sueños, cuantos instantes que se convertirán en recuerdos inolvidables? ¿Cuantas decepciones y cuantas puñaladas? Tú también, Bruto. Amar significa no tener que decir nunca lo siento. Tócala otra vez, Sam. Houston, tenemos un problema. Que la fuerza te acompañe. ¿Comedia romántica? ¿Acción? ¿Drama? ¿Musical? Supongo que, en cualquier caso, cine de autor.
Luces, cámara y acción.
No creo que sea así, claro. No estoy negando el libre albedrío. Pero, en el fondo, ¿no se asemeja esto mucho a la realidad? ¿Acaso no somos la suma de nuestros valores, nuestras experiencias, y nuestros sentimientos? Ese es nuestro guión, al que nos aplicamos cada vez que damos un paso o tomamos una decisión en nuestra vida. Esa es nuestra guía, nuestro condicionante, nuestros mandamientos. Y aunque como en cualquier buena película a los actores nos dejan cierto margen para improvisar, procuramos ceñirnos lo mejor posible al papel.
Así que habrá que seguir descubriendo esta película. Vivámosla. ¿Cuantas aventuras aún por descubrir? ¿Cuantos romances, cuantas carcajadas, cuantas sorpresas, cuantos lloros desconsolados? ¿Cuantos nuevos sueños, cuantos instantes que se convertirán en recuerdos inolvidables? ¿Cuantas decepciones y cuantas puñaladas? Tú también, Bruto. Amar significa no tener que decir nunca lo siento. Tócala otra vez, Sam. Houston, tenemos un problema. Que la fuerza te acompañe. ¿Comedia romántica? ¿Acción? ¿Drama? ¿Musical? Supongo que, en cualquier caso, cine de autor.
Luces, cámara y acción.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Aquel sueño
La otra noche tuve un sueño. Bueno, mitad pesadilla, mitad sueño. Desde entonces es algo que me tiene obsesionado. Cada noche, antes de acostarme, pienso una y otra vez en aquel recuerdo onírico, con el deseo de que cuando me arrastre de nuevo a la oscuridad del sueño, mi inconsciente me devuelva a él mismo y por fin me presente su desenlace.
En el sueño no tengo rostro. Mi cara es un simple óvalo coronado por una mata de pelo. Y aunque veo, oigo y huelo, no tengo ninguna posibilidad de expresarme. Los músculos que hay bajo mi piel responden, pero tiran de ojos y labios que no existen, provocando que mi piel se estire y se encoja, pero sin mostrar nada de lo que siento: esa terrible angustia que me hace hervir por no tener rostro.
Y de pronto unas manos entran en escena. Tan solo puedo ver esas manos, como si el resto del cuerpo al que van unidas se ocultase tras una densa niebla. Pero esas manos... uf. Esas manos me acarician con ternura, con el más dulce de los ánimos por confortarme y consolarme, por decirme que todo irá bien, que esto se va a arreglar. Y de pronto comienzan a hacerlo.
Primero pintan mis ojos. Y mis ojos se abren, felices. Se ensanchan con gesto de sorpresa, luego se encogen, hasta apenas cerrarse. Guiñan y parpadean al mismo tiempo que mis pupilas bailan en todas direcciones. Y entonces rompen a llorar. Una incontrolable cascada sale de ellos. Lágrimas por la inmensa felicidad de poder volver a expresarme; lágrimas que liberan la tensión acumulada por la increíble tortura que fue notar que no podía hacerlo. Un llanto, sobre todo, de profundo agradecimiento a esas manos que han sabido dibujarme de nuevo. Las mismas manos que ahora secan mis ojos, con una extraordinaria sensibilidad. Mis ojos desean besarlas, estrecharlas, adorarlas... Pero solo pueden seguir llorando más y más y no dejar de recorrerlas ni un solo instante, como si el hacerlo fuera el mayor agradecimiento que un rostro sin rostro, una cara toda ojos, pudiera ofrecer.
Y esas manos siguen, no se detienen. Pintan mis orejas, arrancándome la más deliciosa de las cosquillas al hacerlo. Mis ojos ríen entonces, cómo solo unos ojos felices lo pueden hacer; cómo ni la más arrebatadora de las sonrisas jamás soñaría con ser capaz de igualar. Luego, pintan mi nariz, y mi respiración suena por fin, acelerada, profunda, agitada, llena de ganas de gritar por la indescriptible sensación de alivio que recorre mi interior, por el incontenible deseo de corresponder de algún modo a esas manos en su inmensa generosidad. Y por fin, dibujan mis labios. Y en ese momento la niebla se disipa, mis ojos se abren de par en par y mi boca, recién dibujada, se dispone a gritar un nombre.
Y entonces desperté. Desperté sin poder escuchar ese nombre. Y sin poder describirle la eterna gratitud por haberme dado un rostro que no tenía. Desperté sin poder saber quien me había rescatado de mi encierro en mi infierno particular. Y sin poder gritar, gritar con fuerza, que ya no quiero despertarme nunca más.
En el sueño no tengo rostro. Mi cara es un simple óvalo coronado por una mata de pelo. Y aunque veo, oigo y huelo, no tengo ninguna posibilidad de expresarme. Los músculos que hay bajo mi piel responden, pero tiran de ojos y labios que no existen, provocando que mi piel se estire y se encoja, pero sin mostrar nada de lo que siento: esa terrible angustia que me hace hervir por no tener rostro.
Y de pronto unas manos entran en escena. Tan solo puedo ver esas manos, como si el resto del cuerpo al que van unidas se ocultase tras una densa niebla. Pero esas manos... uf. Esas manos me acarician con ternura, con el más dulce de los ánimos por confortarme y consolarme, por decirme que todo irá bien, que esto se va a arreglar. Y de pronto comienzan a hacerlo.
Primero pintan mis ojos. Y mis ojos se abren, felices. Se ensanchan con gesto de sorpresa, luego se encogen, hasta apenas cerrarse. Guiñan y parpadean al mismo tiempo que mis pupilas bailan en todas direcciones. Y entonces rompen a llorar. Una incontrolable cascada sale de ellos. Lágrimas por la inmensa felicidad de poder volver a expresarme; lágrimas que liberan la tensión acumulada por la increíble tortura que fue notar que no podía hacerlo. Un llanto, sobre todo, de profundo agradecimiento a esas manos que han sabido dibujarme de nuevo. Las mismas manos que ahora secan mis ojos, con una extraordinaria sensibilidad. Mis ojos desean besarlas, estrecharlas, adorarlas... Pero solo pueden seguir llorando más y más y no dejar de recorrerlas ni un solo instante, como si el hacerlo fuera el mayor agradecimiento que un rostro sin rostro, una cara toda ojos, pudiera ofrecer.
Y esas manos siguen, no se detienen. Pintan mis orejas, arrancándome la más deliciosa de las cosquillas al hacerlo. Mis ojos ríen entonces, cómo solo unos ojos felices lo pueden hacer; cómo ni la más arrebatadora de las sonrisas jamás soñaría con ser capaz de igualar. Luego, pintan mi nariz, y mi respiración suena por fin, acelerada, profunda, agitada, llena de ganas de gritar por la indescriptible sensación de alivio que recorre mi interior, por el incontenible deseo de corresponder de algún modo a esas manos en su inmensa generosidad. Y por fin, dibujan mis labios. Y en ese momento la niebla se disipa, mis ojos se abren de par en par y mi boca, recién dibujada, se dispone a gritar un nombre.
Y entonces desperté. Desperté sin poder escuchar ese nombre. Y sin poder describirle la eterna gratitud por haberme dado un rostro que no tenía. Desperté sin poder saber quien me había rescatado de mi encierro en mi infierno particular. Y sin poder gritar, gritar con fuerza, que ya no quiero despertarme nunca más.
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