viernes, 30 de septiembre de 2011

Creo

Creo en ti. En tu estúpida actitud hacia la vida. En tus prejuicios infundados y en cada uno de tus miedos e inseguridades que te hacen comportarte como un energúmenos antisocial. Creo en tu soberbia arrogancia cuando te crees en poder de la verdad absoluta, así como creo en la inmensa vergüenza que te devora por dentro cuando finges seguir sosteniendo argumentos que has descubierto falsables. Sin olvidar tus cansinas quejas por todo, tus continuos desprecios, tu irresponsable incapacidad para pensar en el futuro, tu cabezonería, tu hipocresía, tu tendencia al odio fácil y desaforado, tu grosería, tu falsa suficiencia, tu egoísmo y tu agotadora tendencia a inmiscuirte en la vida de los demás. En todo ello creo.

Este es mi credo. Un credo plagado de oscuros y repulsivos habitantes que te moran y empequeñecen como ser humano, como ser amado, como ser amable.

Por todo ello creo en ti, ¡idiota! Así que espabila y quítame argumentos para seguir haciéndolo. A ver si así, de una vez, conseguimos que seas tú quien crea en ti.

jueves, 29 de septiembre de 2011

¿Uno más en la familia?

-¿Lo ha vuelto a hacer?

-Ajá. Está afuera, esperando.

-Qué curioso… ¿Y te he ayudado, como las otras veces?

-Exactamente igual… ¿Dónde lo dejo? Así voy cortando su parte. Se la daremos, ¿no?

-Sí, sí, claro… Ponlo ahí mismo.

-Creo que lo entiende.

-¿Cómo que lo entiende?

-Que entiende lo que quiero hacer. Me ayuda a hacerlo. Y luego me sigue, para que le demos su parte. Es como si lo entendiera y lo hiciera a propósito.

-¿Cuántas veces van ya?

-Esta es la cuarta.

-¿Te das cuenta de que quizá no pueda hacerlo por sí mismo? Quizá, sí no le diésemos nosotros su parte, se moriría.

-Sí, es posible. Cojea mucho.

-¿Por eso lo abandonarían los demás?

-Quizás huyó.

-Quizás…

-Ya lo tengo cortado, voy a…

-¡Cuidado! ¡Mira!

-¿Qué…?

-¡Ha entrado!

-¡A pesar del fuego!

-Está claro que no es como los otros.

-Pero está muerto de miedo, ¡fíjate!

-Y de hambre, seguro… si no, no habría entrado.

-¿Se lo doy aquí o se lo echo fuera?

-Dáselo aquí, a ver que hace...

-Toma, pequeño…

-¿Cuánto tiempo tendrá?

-Por su tamaño… yo diría que no mucho. Es posible que sea de este año.

-Míralo, con que hambre come… y parece que... como si estuviera a gusto aquí dentro; ya no parece tan temeroso...

-Es extraño. Quizá podría… quedarse aquí… podríamos… seguir usándolo y…

-Y que nos ayudara, sí. Por lo que dices, es muy útil asustando a la caza, haciendo que venga hacia nosotros.

-Podría ser como… un ayudante, uno más de la partida.

-Ya iremos viéndolo, sí…

-¡Mira como mueve la cola!

-¿Por qué hará eso?

-No sé… parece contento.

Los derrotados

Estamos rodeados. Es el fin. Os he reunido con urgencia porque necesitaba que conocierais cual era nuestra situación. Y la situación es esta: nos han vencido. No hay nada que podamos hacer. En cuestión de minutos acabarán con nosotros. Han tomado las posiciones clave: aquí, aquí y aquí. Con eso, y con las zonas que ya controlaban… no hay escapatoria posible. Se acabo, nos tienen. En cuanto empiece su asalto final acabarán con nosotros.

Esta será nuestra última reunión. Habéis sido unos oficiales ejemplares. Habéis enardecido a vuestros hombres, habéis hecho que sacaran lo mejor de sí mismos. Estoy orgulloso de vosotros, de ellos, de todos. Todos habéis sabido dar lo mejor de vosotros mismos en este día tan aciago. Volvería a contar con todos y cada uno de estos hombres, valientes, que hoy sé que se sacrificarán conmigo. Porque es lo que os quiero pedir: no nos rindamos. ¡Luchemos! Si este es nuestro fin, que no sea en vano. Salgamos ahí fuera, saltemos de nuestras posiciones y ataquemos las del enemigo. Lancémonos en una última carga final y acabemos esta guerra con nuestras armas en las manos. Que todo termine como comenzó: con un grito en nuestros pulmones, un enemigo en nuestro punto de mira y un corazón henchido de orgullo en la defensa de por lo que lucha: ¡nuestro barrio!

Así que reunid a vuestros hombres y cargad con todos los globos de agua que estén listos. No dejaremos que todos esos idiotas del barrio Bajo se vayan a casa secos. Hoy nos empaparán a todos nosotros, pero no seremos los únicos. ¡A la carga! ¡Viva el barrio de San Miguel! ¡Al carajo el Bajo!

¿Te has fijado bien?

¿Te has fijado bien? ¿Te has dado cuenta de lo que hay detrás de esos ojos que te miran embelesados? No lo hacen por querer agradarte. Son puro sentimiento. Un sentimiento que provocas tú, por el simple hecho de ser tú mismo. ¿No es escalofriante? ¿No debería darnos pánico provocar una sensación así en los demás? Que lleguen a pensar que somos lo máximo, lo único, el todo de sus vidas... ¿Tan necesario es entregarnos tan enloquecidamente al amar a alguien?

Hay quien no lo vive así, claro. Pero ahora estoy hablando con vosotros, con los que amáis hasta que duele, los que os deshacéis por el deseo de anticipación de una caricia, quienes veis en cada beso un trocito del cielo en la tierra, y para quienes escuchar vuestro nombre susurrado al oído por esa persona tan especial hace que el mundo se vuelva de pronto borroso, patas arriba, y un mareo calentito y dulce inunde cada célula de vuestro ser. Seguís ahí, ¿verdad? ¿Y a qué os lo estabais imaginando? ¿A qué deseáis todo eso ahora mismo?

Y el que despertemos sentimientos semejantes en los demás, en la persona que nos ama… ¿no os da que pensar? ¿No os planteáis la gran responsabilidad que eso supone? Lo mucho que depende esa persona de nosotros, lo muchísimo que hay que cuidarla y mimarla, la infinidad de atenciones y desvelos que merece… Y si encima la amamos con esa misma intensidad, ¡ay!, entonces gozaremos por cada instante en que demostrar nuestro amor se vuelva alegría en su rostro; porque esa alegría, como en el refrán, será reflejo de lo que inunda su alma. Cómo ahora, que te está mirando con esa sonrisa, con esos ojos vibrantes y llenos del vivo brillo de los sueños hechos carne.

Mírala, mirándote. ¿Te has fijado bien?

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Buf, qué tortura de persona...

De verdad que me aburres. Profundamente. Siento ser tan directo, pero creo que es lo mejor. No nos andemos con medias tintas: aburres. Como una ostra. Eres soso como tu solo, cansino, repetitivo, adusto, seco, pesado. Lo tienes todo, eres el perfecto arquetipo de persona aburrida. Quien te dice que te soporta lo hace por lástima o por interés, pero todos mienten. Y lo peor es que seguro que lo sabes. Seguro que eres consciente de todo. Pero o no te importa o te compensa, porque desde que te conozco siempre has sido igual. Qué horror. Qué desesperante es estar contigo. Qué sensación de perder el tiempo más profunda instalas en los demás. Eres como una eterna carta de ajuste, con ese pitido silbante tan incómodo de fondo. Eres una auténtica cruz de persona. Tenía que decírtelo.

Y no, no me mires con esa cara de alucinado, de haber visto a un fantasma, que no me engañas. Que todo esto lo sabías. Que vale, es un poco raro que un gato te hable, y más para decirte esto, pero tampoco es para tanto… Es que no podía aguantármelo más, que quieres que te diga: o lo suelto o reviento. Por cierto, ¿me has cambiado la arena? Es que encima eres vago, ¿eh? Qué suerte la mía, uf…

martes, 27 de septiembre de 2011

El final de sus días

Pasaron los días, las semanas, los meses... Él notaba como su futuro se iba haciendo más y más corto. Pronto no sería de utilidad para nadie; pronto dejaría de poder crear cosas nuevas, de inventar, de dar forma a los sueños que otros soñaban por él.

Le gustaba cuando le trataban con cariño. Cuando se encargaban de afilar su ingenio y se sentía estrechado y arropado con fuerza y suavidad al mismo tiempo. Entonces es cuando se sentía más valioso. Sabía que estaba siendo realmente útil para esas personas que tanto empeño ponían en sacar lo mejor de él. Y eso le hacía darse al máximo y conseguir que estuvieran de lo más orgullosos de aquel equipo que formaban entre todos. Pero él era consciente que esos días se estaban acabando, que el final llegaría muy pronto.

Un día de estos dejaría de valerles para nada, y ese día se desharían de él; encontrarían a otro para su trabajo y se olvidarían de él, como si jamas hubiera existido. Y se acabaría el sentir sus manos firmes y calientes pegadas a su cuerpo. Se acabaría la ocasión de traer a la realidad las imágenes de sus pensamientos. Se acabaría todo lo que él era. Porque él era lo que hacía, y ya nunca más nadie lo usará para hacer nada. ¿Cuanto quedaba para eso? ¿Una? ¿Quizá dos visitas más al sacapuntas?

Anoche, mientras dormía

Me dijo: "para mí eres... un sábado". Hizo una macro sobre los poros de mi mejilla con su máquina de congelar momentos. Click. Y revolvió el café humeante una vez más. "Creo que ya estás templado", le dijo a la taza, mientras la rodeaba con sus manos. Luego me miró: "¡Eh!, ¡qué te digo a ti!". Y rió divertida. Y su risa dejó paso a una sonrisa de cocodrilo, como sonreirían los gatos si lo hicieran al jugar con un ratón acorralado.

"Sí, eres un sábado", dijo entre un par de rápidos sorbitos. "¡Y me encantan los sábados! Sobre todo los sábados como tú." Y volvió a levantar su cámara. Click, click.Y sonrió de nuevo. Pero esta vez solo sonreían sus ojos. O al menos era todo lo que yo podía ver. Mi mirada no podía escapar de esa sonrisa escondida tras dos pupilas grandes y negras, como pozos sin fondo, en las que caía y caía y caía. Y aunque debería haber sentido cierta desazón, no lo sentía. Al revés: se estaba muy a gusto perdido, cayendo sin fin, en esos ojos.

Y me desperté. Pensé que, quizá, si volvía a conseguir dormirme muy rápido, podría seguir soñando con aquella chica amante de los sábados. Pero, mejor no... Mejor encontrarnos otro día. En otro sueño. Y retomar los cafés donde los dejamos.

Y mientras tanto, mientras llega el momento de volver a sentirme cegado por el flash de sus fotos, quizá me dé el lujo de soñar con ella de vez en cuando. Pero esta vez soñaré despierto.