jueves, 27 de octubre de 2011

Asesino en serie

Este despiadado psicópata va a acabar conmigo. Lo sé. Es repugnante contemplarle ahí, delante de mí, moviendo la mandíbula mientras me mira con cara de deseo. ¿Qué mente retorcida se esconde tras esos ojos ansiosos? ¿Qué extraño placer puede encontrar en mutilarme con ese cuchillo que blande orgulloso? Es inútil que intente comprenderlo. Debo resignarme y entender que estos son mis últimos momentos.

Aquella arma blanca, exquisitamente afilada, va recortándome con contenida ansia. Me mutila lentamente, con placer, como si saborease cada pedazo de mi ser que se lleva consigo. Esa repugnante horca que usa para ir recogiendo las partes que se van desprendiendo de mí… ¡pero qué mente enferma podría usar una herramienta semejante! Si no fuera por el dolor de notar como me desmiembra metódicamente, su simple presencia, el solo hecho de contemplar como me mutila silenciosa y rítmicamente, me asquearía hasta la más incontenible de las nauseas. Pero no tengo tiempo para eso. Son mis últimos instantes. Pronto acabará definitivamente conmigo. Debo de ponerme en paz con mi espíritu antes de que llegue ese momento.

¡¡Si al menos no tuviera que ver su repugnante boca masticando!! Quizá entonces tendría un segundo para aislar el terrible pesar y el profundo sufrimiento que se clava en mi ambarina alma, y poder dejar mis asuntos atados en mi conciencia antes de abandonar este mundo. ¡Pero cómo hacerlo! ¡Cómo voy a ser capaz de conseguir la serenidad suficiente para ello mientras ese engendro, ese monstruo sacado de la más oscura de mis pesadillas, se dedica a masticar con sincero deleite esas partes de mi ser, de mi conciencia, que antes fueron mías! ¿No ha tenido bastante con torturarme? ¿No le ha bastado con fracturarme bestialmente, con abrasar mi cuerpo con aceite ardiente?

No, no acabará nunca, no parará hasta devorar lo más profundo de mi esencia. Y me temo que el momento ha llegado. Acerca a mí el arma que ha estado guardando para el crítico momento en que alcanzará su clímax de placer acabando con mi más inviolable identidad, con aquello que me hace ser un ente único e irrepetible, lo más propio de mi naturaleza, mi yo, mi templo. Noto como la corteza me atraviesa lentamente, mientras su lengua asoma en sus labios, lamiéndolos con anticipado placer. ¡Qué horror! Mi vida va acabar contemplando ese gesto de deleite, esa cara relajada y sonriente, como si la terrible profanación, el pecado supremo que está cometiendo no fuera más que el más simple de los placeres cotidianos.

Mientras la miga absorbe mi esencia y noto como parte de ella se derrama por el plato, ahogo en mi interior un grito de terror… y de alivio. Al menos todo ha acabado. Al menos el mundo dejará ahora mismo de existir para mí, igual que yo para él. En el último instante de mi vida, veo como se lleva el trozo de pan a la boca y cierra los ojos con un gesto de recogido placer íntimo. ¡¡Asesino!! ¡¡Llegará tu hora, no lo dudes!! ¡¡Ovicida!!

martes, 25 de octubre de 2011

La ciencia avanza que es una barbaridad...

Últimamente se han publicado muchos artículos sobre los increibles avances que el doctor Rafael Salvio ha logrado en su nueva clínca. Han sido muchas las entrevistas que se han podido leer en los medios en los últimos días en las que el doctor detallaba el nuevo procedimiento que realiza, gracias al cual las intervenciones se llevan a cabo en un tiempo récord, y los extraordinarios resultados que reporta. Nosotros hemos tenido el privilegio de conseguir acceder en exclusiva al quirófano para poder observar de primera mano como transcurre una de estas intervenciones que permite tamaña mejoría en los pacientes del doctor Salvio.

El paciente, una mujer de mediana edad, reposa en la mesa del quirófano convenientemente sedada y rodeada de todo un arsenal de instrumental médico. Una serie de máquinas a las que está conectado su cuerpo indica que la operación transcurre con normalidad. El local, perfectamente iluminado y climatizado, está decorado sobriamente por todo un abanico de tonos azules, el mismo color con el que se visten los miembros del equipo médico. La actividad dentro del quirófano es incesante, pero organizada y coordinada al milimetro. Cada uno de los especialistas, ya sea médico, enfermera o asistente, conoce perféctamente su labor y la ejecuta con mimo y profesionalidad. El doctor y uno de sus ayudante se encuentran trabajando en la dolencia de la mujer, a la que escoltan a ambos lados de la mesa, a la altura de su pecho. En sus caras las gafas especiales que todo el mundo asocia con este vanguardista procedimiento médico. Cabe recordar que el propio doctor Salvio pertenecía al equipo de trabajo que las diseño hace ahora diez años, y que su equipo actual ha implementado las mejoras en las mismas que han empezado ya a ser copiadas por otras clínicas especializadas debido a la impresionante mejora en el procedimiento.

El doctor va indicando con voz firme y enérgica el nombre de los distintos elementos del instrumental que necesita. Sus asistentes se los van facilitando rápidamente, con la precisión de un reloj suizo. De fondo se escucha suavemente la sinfonía numero 3 de Brahms, el compositor favorito de Rafael. El olor a desinfectante y lejía impregna completamente el ambiente, y puedo asegurar que las medidas higiénicas exigidas a todo aquel que accede al quirófano son extremas, para garantizar la esterilidad del entorno. De hecho, y a pesar de haber sido eficientemente preparado por el equipo del doctor, siendo lavado, desinfectado y vestido con ropa especialmente diseñada para la actividad en el quirófano (impermeable, resistente, repelente de cargas estáticas y de un solo uso, obviamente), a este reportero se le indicó un lugar alejado de la mesa de operaciones y convenientemente acotado en el que permanecer a lo largo de toda la operación, para poder estar seguros de que no interfiera activa o pasivamente en el desarrollo de la intervención quirúrgica.

Hora y media más tarde del comienzo de la operación, tras nombrar y utilizar toda clase de instrumental médico, siendo secado el sudor de su frente en numerosas ocasiones, finalmente el doctor Salvio se retira, habiendo quedado el pecho de la paciente convenientemente suturado, y es el resto del equipo el que finaliza el procedimiento y prepara a la paciente para salir del quirófano y dirigirse a su habitación para comenzar el post operatorio. Al salir del quirófano el doctor, a quien ya han retirado sus gafas especiales, nos guiña un ojo y levanta un pulgar. "La operación ha salido estupendamente", nos dice desde detrás de su mascarilla azul.

Al día siguiente nos recibe la paciente en su habitación. Se encuentra bien, un poco cansada y con alguna ligera molestia debido a la pequeña herida que nos muestra en su pecho. "Me han dicho que mañana podré irme a casa. Lo único que tendré que hacer es vigilar que no se infecte la herida y acudir regularmente al médico para que compruebe la correcta cicatrización de la misma. Por lo demás, me encuentro estupéndamente", nos ha comentado. Al preguntarle sobre su dolencia, si había comenzado a sentirse mejor, sonríe de oreja a oreja y sus ojos brillan de entusiasmo. "No se hace usted una idea. Soy una persona nueva, Rafael me ha devuelto la vida. Mis preocupaciones, mis miedos... todas aquellas desgracias que me acosaban en mi día a día han desaparecido. Ahora estoy llena de ilusión, ganas y alegría. No se imagina usted lo feliz que me encuentro", contesta con entusiasmo.

Y es que por algo el doctor Salvio es una eminencia mundial en su ámbito: quitar las penas. Y una vez más nos demuestra porque su especialidad médica tiene tantísimo valor para nuestra sociedad. Gracias a su trabajo y al de los miles de especialistas que diariamente ayudan a las personas con problemas emocionales en hospitales de los cinco continentes, podemos decir con orgullo que este pequeño mundo azul en que vivos se ha convertido en una lugar más feliz. Quién podía pensar hace apenas un par de decadas que la depresión, la angustia, la infelicidad o la apatía, por nombrar solo algunos de los trastornos que trata el doctor a diario, se podrían solucionar con una sencilla operación y un llevadero post operatorio. "Es nuestro trabajo, conseguir que la gente se encuentre mejor", nos apunta el doctor en su coqueto despacho, lleno de dibujos de agradecimiento de niños y fotos de muchos de sus de sus pacientes, "y por ello seguiremos trabajando". Permítale desde estas líneas a este humilde reportero agradecérselo de corazón a usted y a todos sus colegas, en nombre de toda la sociedad.

sábado, 22 de octubre de 2011

Por eso estás aquí

Me estaba poniendo nervioso. Veía de reojo que no dejaba mirarme. Incluso, cuando le devolvía la mirada y clavaba mis ojos en los suyos, no la escondía o apartaba o fingía estar mirando a mi espalda, más allá de donde yo me encontraba, como hacía la gente en ocasiones. No, ella seguía mirándome fijamente. ¿A qué venía todo eso? Vale, lo sé, llamo la atención. No soy un chico corriente, no soy lo más común que te puedas encontrar por la calle, soy consciente de ello. Estoy acostumbrado a que me miren, me señalen, y la gente se dé codazos mientras cuchichea acerca de mí. Pero al menos normalmente disimulan. Normalmente fingen no estar haciéndolo. Aquel descaro me estaba sacando de quicio, la verdad.

¿Y su cara? Esa impenetrable máscara de neutralidad... ¿A qué venía eso? No era una mirada curiosa, ni divertida, ni extrañada... ni nada. Era desconcertante. Me miraba fijamente, sin pestañear, con una cara totalmente relajada e inexpresiva. ¡Pero por algún motivo tenía que estar mirándome así! Algo debería de estar pensando sobre mí para que me mirase de esa forma tan continua y obsesiva, pero no conseguía leer ese motivo en su rostro. Uf, que mal me sentaba todo aquello. Le pedí disculpas a mi interlocutor e hice girar la silla de ruedas hacia ella. Iba a aclarar esto de una vez por todas.

"Hola", le dije. Iba a ser mucho más brusco. De camino hacia ella iba pensando en soltarle un "¿qué?, ¿se puede saber por qué leches me miras así?, ¿se puede saber cual es tu problema?", pero en vez de eso me salió un "hola", ya ves... Y entonces ocurrió. Bueno, creo que me empecé a dar cuenta a medida que me acercaba a ella, pero en el momento en el que fui a abrir la boca para hablar era ya tremendamente evidente. Aquella cara cobró expresión de golpe. ¡Y de qué manera! Una sonrisa tímida crecía sin parar, más y más y más amplia a cada instante que pasaba, al tiempo que el más coqueto y vergonzoso de los rubores cubría su rostro desde el cuello hasta la raíz de sus cabellos. Por cierto, ¡menuda cara! Ni siquiera me había fijado en ello hasta ese momento, de la simple rabia que me daba no entender lo que ocurría, pero... era la chica más guapa que había tenido delante en mi vida.

A la vez que abría los ojos de par en par, vi como se le hinchaban las pupilas, como si de pronto alguien hubiera apagado todas las luces de la habitación salvo una tenue vela. Y en cuanto un casi tartamudeante e inaudible "hola" salió de entre aquellos deliciosos labios, sus ojos se desviaron de inmediato de los míos para ir a clavarse en el nudo que habían hecho sus manos, apretadas fuertemente la una contra la otra, y presionando con intensidad contra su estómago, en un gesto de puro nervio y timidez. ¿Qué estaba pasando aquí? No... no podía ser... ¿O sí? Lo supe enseguida, cuando noté que se esforzaba por respirar profundamente y, tras un intenso suspiro, levantó de nuevo la mirada para encontrarse con mis ojos y me dedico la más hermosa sonrisa que he visto en mi vida.

"¿Cómo te llamas?", me dijo. Y me lo dijo mirándome a los ojos, alegre, con una expresión de sincero interés, con una atención limpia y hermosa. En ese momento supe que me enamoraría de ella. Pero bueno, luego me enteré de que ella ya había pensado del mismo modo a cerca de mí desde hacía bastantes minutos atrás. Y es que ahora se que, cuando ve algo que le gusta mucho mucho, parece que le hayan robado la mirada y los sentimientos de la cara. Y si no que te lo diga ella, ¿verdad Mamá? Como me va a gustar llamarte "Mamá"... ¿Ves cómo te está mirando ahora mismo, Ismael? Pues justo esa es la mirada de la que te hablaba. Toma, anda, coge al pequeñajo un rato. Quizá deberías probar a darle el pecho de nuevo, como nos ha dicho la enfermera, ¿no?

jueves, 20 de octubre de 2011

Camino del hospital

Lo lógico es que lo hubiesen decidido meses atrás, pero no había sido así.

Pensó en ello mientras miraba como las luces de la calle pasaban veloces junto a su ventanilla, más allá de las cortinas de agua que continuaba descargando la tormenta. El dolor latente volvería de un momento a otro, cada vez lo hacía con una mayor frecuencia. Pero ahora mismo su mente se vació gracias a la magia parpadeante de las luces del interior de un largo túnel. Como si fuese una especie de truco de prestidigitador, el resultado de los estroboscópicos juegos de luces que provocaban las gotitas de agua en el cristal contra el que reposaba su cabeza, le hizo viajar en el tiempo, atrás, a través de su memoria...

Recordó las luces del puerto donde veraneaba de niña. Pensó en como le gustaba contemplar las puestas de sol desde aquel banco del embarcadero, ver como el mar devoraba lentamente aquella bola de fuego y como el mundo parecía que se pintaba con una colección nueva de colores en cada ocaso. Fue uno de esos veranos cuando vio por primera vez un sobre como aquel que le entregó en mano el cartero. Ese olor peculiar, la textura de ese papel de color azafrán, el matasellos en un alfabeto incomprensible... Parecía haber salido de uno de esos libros de misterio que tanto le gustaban a su hermana. El remitente se había empeñado en escribir con cuidada caligrafía la dirección de la pequeña casita del puerto. Mamá le contó que la carta era de un viejo amigo del abuelo; uno de esos amigos que están unidos por experiencias compartidas que te atan con una persona con unos lazos tan fuertes que ni los miles de kilómetros ni las decenas de años te permiten alejarlo de tu corazón. Se llamaba Yakim, y había hecho la guerra junto al abuelo en su juventud.

El coche botó en un bache y le sacó de su ensoñación. Tom le miraba desde aquellos preciosos ojos verde cobalto, mitad preocupados, mitad emocionados. Ni siquiera se había dado cuenta de que sus grandes manos tenían una de las suyas agarrada con ternura. Le sonrío y suspiró aliviada por haber podido coger el taxi con él y tenerle a su lado en aquel momento. Pronto amanecería, y sentía un poco de frío.

Su mente volvió a viajar al mismo pueblo costero, unos años más tarde, a aquel día frío de primero, el primer día en que aquellos dos ojos se clavaron en los suyos. Se había pasado días confeccionando con cariño su traje de bruja para el carnaval. Había usado la antigua máquina de coser de la abuela para convertir el viejo mantel negro de la mesa camilla que había en el desván en un evocador vestido de hechicera, y había forrado con los retales el cartón de una de las polvorientas cajas llenas de botellas vacías que había en la bodega, previamente convertido en un puntiagudo sombrero de ala ancha. Cuando llegó a la fiesta convertida en una preciosa bruja adolescente y reconoció aquel traje de gala del ejército rojo se quedó boquiabierta. Aquel apuesto muchacho que lo llevaba con tanto porte tenía el aspecto de haber sido sacado de una de aquellas fotos que había en el álbum del abuelo, aquel que tenía escrito en el lomo con cuidada caligrafía "Yakim". Recordaba como se le iba la mirada una y otra vez hacía aquel muchacho y como la apartaba corriendo, avergonzada, cada vez que este se la devolvía.

Una ambulancia pasó rauda al lado del coche, con las luces encendidas, y se oía como se acercaba el sonido de la sirena de otra más. Tom la acarició el rostro, y le regaló palabras tranquilizadoras. El hospital estaba cerca, llegarían enseguida. Se dio cuenta de que reconocía en esa voz suave y cariñosa el mismo sentido interés que la primera vez que la escuchó.

Fue el verano siguiente a aquel carnaval. Un grupo de chicos se bañaba en el pantalán durante la puesta del sol, entre risas y aguadillas . Ella estaba sentada en el viejo banco de siempre, a lo indio, con el bloc de dibujo apoyado sobre el regazo, intentando plasmar aquella imagen idílica del atardecer en el puerto para poder colgarla en su cuarto y contemplarla a todas horas del día. Estaba tan absorta en su tarea que no sé dio cuenta de que las risas de los chicos se acallaban y que sus pisadas húmedas se iban perdiendo muelle adentro. Pero entonces oyó aquella voz: "Vaya, veo que no solo eres una bruja preciosa, encima tienes talento...". Recordando aquello notó como el rubor le subía por el rostro de nuevo, de la misma forma en que lo había hecho entonces. La sorpresa de aquellas palabras sinceras, encontrarse de nuevo con aquella verde mirada, contemplar esa sonrisa amable y luminosa bañada por la dorada luz del atardecer... Aquella puesta de sol fue, seguramente, el momento más especial de su vida. Y ahora, al mirar al hombre que se sentaba a su lado, se dio cuenta de que el fruto del amor que compartían estaba a punto de regalarle un instante que iba a atesorar con más cariño si cabe que aquel. Y se sintió muy feliz por ello.

Comenzaba a clarear el día cuando el taxi se detuvo junto a la puerta de urgencias y Tom pagó la carrera antes de ayudarla a bajar del coche. Un celador se acercó con una silla de ruedas y ella se sentó justo en el mismo momento en el momento en que llegaba una nueva contracción. "¿Recuerdas cuando nos conocimos?", le dijo ella unos minutos más tarde, camino de la habitación. "¿Cómo olvidarlo, cielo? Estuve pensando en aquella preciosa bruja durante seis largos meses, hasta que volví a toparme con ella...", le contestó Tom. "¿Te acuerdas de lo que te conté, lo del compañero de guerra de mi abuelo, el motivo por el que me fijé en ti por primera vez en aquellos carnavales...?", le preguntó de nuevo, mientras la ayudaban a acomodarse en la cama. "Claro que sí. Pero, ¿por qué me preguntas eso ahora?", inquirió él.

Cuando ella se lo propuso él estuvo de acuerdo al momento.

Tardó todo el día en que llegará aquel esperado instante de tenerle entre sus brazos, pero finalmente llegó justo cuando estaba a punto de ponerse el sol. Yakim nació sano y robusto. Tenía la nariz respingona de su abuela. Y los ojos de Tom.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Están solo en tu imaginación

Entró en la habitación, preocupada. No era la primera noche que le reclamaba entre sollozos desde la cama. Siempre acudía calmada y con una sonrisa en la cara. Sabía que era importante aparentar esa actitud de calma y serenidad para tranquilizarle, para que entendiera que ella siempre estaría ahí cuando le necesitara y que le ayudaría a entender que esos miedos que no le dejaban dormir solo estaban en su cabeza, que él podía con ellos. Aunque no dejaba de estar inquieta por todo aquello. Le preocupaba que esos monstruos que le asaltaban muchas de las noches siguieran apareciendo periódicamente y el asunto no acababa de remitir.

Encendió la luz de la mesilla y se sentó en el borde de la cama. Le acarició la frente y le plantó un suave beso en la misma tras apartarle el flequillo. Luego tomó una de sus manos entre las suyas y le pidió que le contara lo que le preocupaba. Aquellas palabras tan feas, aquellas historias de los terrores que le perseguían por las noches, empezaban a sonar extrañamente familiares a fuerza de escucharlas una y otra vez, a pesar de no tener ni pies ni cabeza. Aquellas fantasías, repletas de ideas y palabras inventadas que solo él entendía, eran a veces narradas por su temblorosa voz con tal vehemencia, y el pánico que exudaba al contarlas era tan real, que por un instante llegaba a contagiarle cierta inquietud, como si de verdad todo aquello podría materializarse y arrastrarse bajo su propia cama para asaltar sus sueños.

Le escucho con paciencia, dejando que se desahogara, y cuando termino espero unos segundos, sonriente, mirando a aquellos ojos grises, asustados y húmedos, ansiosos de ser confortados. Y entonces le hablo, calmada y tranquila, para ahuyentar una vez más aquellos miedos de su cabeza. Le dijo que aquellas cosas no existían. Que ella jamás había oído hablar de ellas, que no había de que preocuparse. Que no hiciera caso a esos compañeros y amigos que le metían esas ideas en la cabeza. Aquellos seres monstruosos, tan horrendos, que podían destrozarte la vida con solo chascar los dedos eran seres irreales, pura imaginación. Jamás le harían daño, tenía que estar tranquilo. Pero, aunque lo fueran, había una forma de echarlos de su mente y de su vida. Era muy sencillo. Cada vez que uno de aquellos seres horrorosos amenazará con robarle el sueño y le trajera el miedo y las preocupaciones a su descanso, debía combatir con ellos con estas armas que ahora le daba.

Le dejó tranquilo, pensando en sus escudos y espadas contra aquellos malos pensamientos. Le dejó con las sonrisas que le traían a la cara los helados de chocolate, notando la ilusión por volver a aquel parque de atracciones, reviviendo aquellas vacaciones en las que lo pasó tan estupendamente, sintiendo las ganas de volver a estar con sus amigos y reír y jugar con ellos… Le dejó animando su corazón con sueños de viajes a lugares fantásticos, de cientos de aventuras que vivir, de emociones que compartir, de caminos que recorrer…

Se acostó en su cama y escuchó con atención. Pronto le oyó caer en el mundo de los sueños y roncar profundamente. Se le imaginó soñando con aquellos pensamientos positivos que había sembrado en su cabeza y sonrío orgullosa de haber logrado calmar su espíritu y apaciguar su alma. Cerró los ojos, dispuesta a dormirse enseguida. Mañana le esperaba un día duro y ella también necesitaba descansar en condiciones. Por un momento pensó de nuevo en aquellas palabras monstruosas que tanto le asustaban. ¿No sería horrible que cosas así existieran? Pero no, no era posible, que tontería. Euribor, Inem, Ere, Recesión, Embargo… ¡Qué nombres de monstruos tan tontos se inventaban los adultos! Menuda imaginación tenían, en fin... Se abrazó a Teddy, tan blandito como siempre, y pensó que quizá Papá le haría tortitas para desayunar. Normalmente, cuando le ayudaba a dormirse, lo hacía al día siguiente como agradecimiento. Sonrío, suspiró relajada al tiempo que saboreaba mentalmente su desayuno favorito, y se quedo plácidamente dormida.

martes, 18 de octubre de 2011

Hoy me acordé de él

Le gustaban las cosas redondas. Adoraba los círculos y era un amante de la luna llena. Disfrutaba sentándose en aquel parquecillo, donde pasaba las horas muertas viendo girar las ruedas de los coches al pasar, especialmente las de los grandes camiones de incontables ejes. Coleccionaba pelotas y balones de todas las formas, materiales y colores, para disfrute de sus muchos nietos en los días de visita al yayo. Recuerdo que, cuando ayudaba a mis padres en la frutería y el se acercaba a comprar naranjas (solo se llevaba las más redondas y perfectas, era un sibarita de la redondez absoluta...), siempre, siempre, siempre pagaba en efectivo y en metálico. ¡Y tan en metálico, cómo que lo único que usaba eran monedas!

Se mantuvo en buena forma hasta bien entrados los ochenta, según él gracias a la práctica diaria con su hula hoop. Disfrutaba de los caramelos, siempre que estuvieran adheridos a un palo cilíndrico y su redondeada forma le atrajera, así que no era raro verle disfrutando de una piruleta o de un chupa chups. La verdad es que, aunque era muy simpático y querido en el barrio (todos le llamábamos "abuelo"), nadie sabía a ciencia cierta a que se dedicaba años atrás, cuando aún trabajaba. Aunque entre los chavales jóvenes corrían apuestas de broma al respecto de si fue un gran filósofo especialista en la lógica circular o un alto funcionario acostumbrado a enviar circulares. Parece que le pudiera ver ahora mismo, sentado en aquel taburete, mordisqueando galletas mientras las hacía girar entre sus dedos para que se fueran manteniendo siempre lo más redondas posibles, bocada tras bocado...

En más de una ocasión estuvieron a punto de atropellarle. No era raro que se quedase a mitad de cruzar el paso de cebra mirando embobado los discos brillantes del semáforo, con su pequeña banqueta a cuestas de camino de su día contemplativo en el parque. Y también estaba aquel tic nervioso que le hacía llevar sus arrugados dedos a juguetear con alguno de los botones de su camisa cada vez que entablaba una conversación. Ya os imagináis de lo que le entusiasmaba hablar y hacía donde llevaba siempre los temas, ¿no? A lo maravilloso que era el círculo, a su redondez tan perfecta, a los ciclos de la vida, a la magia de pi, a una novela redonda que estaba leyendo o a que él ya había conocido antes a alguien con unos ojos como los tuyos, tan redondos, tan exquisitamente redondos...

Murió un ocho de agosto, parece que hubiera elegido la fecha a propósito. Ya llevaba unos meses achacoso, culpa, según decía de él, de unas horribles bacterias que el médico le había enseñado en una foto. "Horribles, horrorosas", comentaba casi asqueado, "angulosas, deformes... ¡¡nada circulares!!". A sus ochenta y ocho años nos dejó, quizá persiguiendo la luz blanca al final de un túnel perfectamente redondo. Yo me lo imagino ahora en un paraíso de nubes esféricas con una bonita aureola dorada en torno a su cabeza, llevando cuenta cuidadosa de redondas estrellas a lo largo y ancho de la cúpula celeste. Y sonreirá, seguro, rodeado de sus preciosas esferas y sus suaves curvas cerradas. Qué lo disfrutes, abuelo.

lunes, 17 de octubre de 2011

El paquete

Esperaba el paquete, nerviosa. Sabía que llegaría de un momento a otro y no podía evitar recorrer el corto pasillo arriba y abajo una y otra vez. El cuadro con el retrato de mi bisabuela me vigilaba con aquellos ojos intrigantes, como los de quien guarda un secreto, desde lo alto de la pared. Ese cuadro siempre me había dado escalofríos. Había pensado en descolgarlo y llevarlo al altillo varias veces, pero no sabía exactamente por qué motivo no lo acababa de hacer; supongo que por no discutir con Isaac y su manía de mantener la casa tal y como les gustaba a los abuelos que estuviera… En aquel momento me detuve a contemplarlo, a escrutar esos ojos grises que parecían mirar fijamente a quien quiera que los observase. De hecho, siempre me ha dado la sensación de que su mirada te va persiguiendo a medida que te desplazas a su lado. ¡Qué repelús!

Recuerdo vivamente cuando noté como si un relámpago me recorriera todo el cuerpo. ¡Menudo susto! Solo había sido el timbre de la puerta pero, ¡en que momento! Justo cuando me estaba perdiendo en aquella mirada que parecía querer decirme algo… Pero ya no pensaba en todo eso. Me acerqué con prestas zancadas al recibidor y abrí la pesada puerta de roble. Ahí estaba el paquete. Los consabidos firme aquí, muy amable y que tenga un buen día, y de nuevo la puerta encajada en su marco. Fue cuando me giré con el paquete en brazos, camino de la mesa del taller para apoyarlo y abrirlo cómodamente, cuando no pude evitar volver a cruzar mi mirada con la del retrato. Parecía distinta en ese momento. Más apremiante. Como si un mensaje urgente que se hubiera perdido en el siglo que hacía desde que aquella mirada fue recogida por el retratista, de pronto volviese a surgir de aquellos ojos intensos y profundos. No sabía por qué, pero no me gustaba nada aquella sensación.

Parece que fuera ahora mismo cuando agarré las viejas tijeras de hierro y corté el precinto de la caja. Dentro, cuidadosamente rodeado por protecciones de poliespán y plásticos de embalar, se encontraba aquella pequeña reliquia que tanto había perseguido hasta encontrar. La miré con la curiosidad y la ilusión de tener entre mis manos aquella pequeña joya. Y de pronto aquello, aquella extraña sensación de malestar, una sensación incómoda, como la que tienes cuando caes en la cuenta que te has olvidado algo muy importante que deberías haber hecho. Me dejé llevar por un impulsó que sigo sin alcanzar a comprender. Entre nauseas, volví a colocar aquella pieza en la caja, bien protegida, tal y como había llegado. Eché mano de la cinta de carretero de mi hermano y, a pesar de hacerlo con las mismas manos torpes que nunca envolvían un regalo como es debido, cerré aquella caja con una rapidez y precisión que, créeme, no son propias de mí. Agarrando el bolso y la chaqueta salí de casa con aquella caja descolorida a cuestas, sin ni siquiera acordarme de cerrar la puerta con llave, como comprobé a la vuelta.

Una hora más tarde, tras girar la llave en la vieja cerradura encontrándose con que tiraba del pestillo antes de lo habitual, y mientras la puerta se abría con su viejo rechinar familiar, aún andaba descolocada y confusa. No sabía que me había empujado a ese acto irreflexivo y urgente de devolver aquel paquete a su origen, con su valiosísimo contenido. Era tan extraña aquella sensación de necesidad, de premura en hacerlo, me sentía tan desorientada por todo aquello... Y más extraño aún era que hubiera actuado sin ni siquiera saber por qué lo hacía, ¡yo!, ¡que me vanagloriaba de actuar siempre tan racionalmente…! Parecía que hubiera estado fuera de mí, que hubiera actuado por simple impulso, por reflejo, por instinto, sin pensar en nada. Pero lo más desasosegante de aquello fue cuando levanté mi mirada y se cruzó con la del viejo retrato. La bisabuela me miraba fijamente, ligeramente sonriente, como siempre... ¿Cómo siempre? No, no exactamente como siempre, no. Entonces había algo distinto en esa mirada, algo había cambiado. Era un gesto de triunfo, de alegría, lleno del orgullo por la satisfacción de una tarea largamente buscada y deseada. Una mirada que sigue compartiendo aún a día de hoy con todo aquel que acierta a contemplarla ahí, en lo más alto de la pared del pasillo, tras esos ojos grises y profundos que te siguen allá donde vas.

Esa mirada que, desde aquel día, me hiela la sangre.


Al llegar a casa he encontrado esta carta, sin firma ni destinatario pero escrita con su letra, junto a una caja de cartón destrozada, como si hubiese sido abierta a machetazos, y un montón de material de embalaje por el suelo. El papel de la carta está medio amarillento, no parece que haya sido escrita hoy, sino hace tiempo. Y en la caja no hay remite, ni dirección, ni nada de nada. Todo estaba sobre la mesa de mi taller, y no sé, me da mala espina, estoy muy preocupado. ¿Ha hablado contigo? No es propio de Susana desaparecer así. Ya sabes lo unidos que estamos, siempre al corriente de donde está el otro en todo momento. Jamás me había hablado de nada de esto, ni sé de qué paquete habla, ni si tiene que ver con la caja que he encontrado hoy; no sé, siempre nos lo hemos contado todo, nunca había habido secretos entre nosotros, ni siquiera de niños, y ahora me encuentro con esto… Estoy muy extrañado y muy, pero que muy preocupado ¿Sabes tu algo de este asunto? Estoy hecho un lío, se ha dejado todo aquí: el bolso, las llaves, la chaqueta…

Lo que más me preocupa es ver el cuadro de la bisabuela, desgarrado y desencajado del marco. Y la verdad, el hecho de que le hayan arrancado los dos ojos no es lo más tranquilizador…

Isaac