miércoles, 30 de noviembre de 2011

Nocturna

Escoge a tientas el camino que lleva al calor de las manos que esperan.
Dibuja en la calma de la noche oscura los rasgos que al tiempo te sueñan.
Extraña el silencio del alma tierna que saborea tu presencia.
Calcula los instantes que el tiempo se empeña en encajar en el camino del deseo.
Exhala suspiros de pieles suaves que escapan a los dedos que las buscan en el secreto de una noche larga y lenta, negra y fría.
Enrolla los latidos de un corazón ansioso con las esterillas de las sonrisas que esperan a ser desplegadas, y ata un cabo fuerte de una soga de miles de besos a los bordes de unos labios que, resecos, reclaman ser mojados; y luego, como en el lejano oeste, lanza el lazo, allá, en lo más impenetrable de la oscura penumbra, donde yacen los ojos que iluminan noches y apagan velas.

Esos ojos que ríen, esos ojos que llaman. Ojos como leyes del tiempo de los sueños. Ojos testigos de palabras que no se dicen, que no se piensan, que solo se transmiten de unos ojos a otros en un lenguaje secreto de brillos y pestañas, de párpados lentos y miradas trémulas.

Susurra un nombre inventado y aprieta el rostro, caliente, contra la almohada.
Saca entradas para un teatro de marionetas, de juegos de manos imposibles, de pasos torpes y abrazos que huelen a leña.
Araña la piel que no tocas, y pasea la mirada por las sombras que hacen de doble de los cuentos inconclusos y los susurros de madrugada.
Piensa en sueños lentos y sueña en lentos pensamientos, en tiempos en los que la vida vuela y a la vez va a cámara lenta.
Cuelga de lo alto del árbol de las ilusiones un sentido adorno de intrincados encajes e infinitos brillos y colores; y míralo mientras se hace de noche, mientras la noche llega y pasa, y mientras el alba florece.

Y descúbrete ante una nueva mañana, tras una noche hecha sueño, y un sueño hecho día.

martes, 29 de noviembre de 2011

El pintor

Ninguno de los seres que aparecía en sus cuadros tenía cara. Cada uno de ellos, ya se tratara de hombre o animal, tenía un rostro plano y vacío en el lugar donde deberían aparecer ojos, hocicos, narices o bocas. Tampoco tenían orejas. Ninguno de ellos podría nunca leer un cuento, reír a carcajadas, escuchar el viento, ladrar a un extraño, oler el espliego o lamer sus heridas. Jamás podrían comunicarse más allá del contacto de sus mudas pieles. Nunca conocerían su aspecto, ni el de los demás; nunca llorarían de dolor; nunca se dejarían arrullar por el sonido de las olas. De hecho nunca podrían respirar. No vivirían.

En sus cuadros, el sol era una inquietante esfera negra que colgaba del cielo, y que bañaba el mundo en sombras. En aquellas puestas del sol que dibujaba, en aquellos cuadros donde costaba encontrar un atisbo de contraste contra la negrura que cubría el lienzo, el astro lamía de oscuridad todo lo que estaba a su alcance, salvándose solo los recovecos de los lugares y objetos que esquivaban las tinieblas de sus rayos, allí donde el color y la luz se intuían vagamente. Pero casi todos de sus paisajes eran nocturnos; lugares donde las estrellas y la luna, lejos del negro manto que las ocultaba durante el día, se empeñaban en teñir un mundo de plata fría, de colores infinitamente grises y de gritos ahogados, a la espera de que el amanecer devorase su tímida luz.

Nunca hubo en sus pinturas planta alguna. Ni hierba meciéndose ante vientos oscuros y salvajes, ni árboles tratando de alcanzar sueños estrellados, ni flores desplegando fragancias que nadie nunca apreciaría. Tampoco pintó nunca ríos, ni mares, ni nubes, ni nieve, ni lluvia. No pinto ropas, ni casas, ni refugio alguno. Solo terrenos inhóspitos, eriales de barro seco y de polvo, montes de tierra dura y áspera, valles de rocas puntiagudas y afiladas. Solo se apreciaba en ellos el viento incesante contra el que luchaban aquellas criaturas sin rostro por mantenerse en pie; aquel viento que lanzaba la fina arena como millones de agujas contra sus pieles pálidas y frías, hiriendo a todos aquellos seres, hombres y bestias, haciéndoles sangrar en infinidad de minúsculos cortes a lo largo de todo su cuerpo.

Le llamaron el pintor del terror, de las pesadillas, del horror, de la muerte. El dibujante de infiernos, del anti mundo. El pincel asesino del color y de la vida. Le llegaron a insultar por crear un arte tan deprimente. Le odiaban por aquello que hacía. Y él contestaba a sus críticas con una amplia sonrisa, cuando no con una carcajada divertida. “Pinto el mundo que veo, nada más que eso”. Y nada menos.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Su primer funeral

Esperaba de pies, junto al resto de sus familiares. Nadie se lo había dicho, pero entendía que ese era el lugar que le correspondía. Los presentes iban acercándose a ellos en un lento goteo. Apretones de manos, abrazos, caras largas y palabras de consuelo. "No somos nadie", decían algunos. Se preguntaba que querrían decir con eso. Sus padres, sus tíos... todos tenían el semblante compungido y los ojos rojos. Mamá, apoyada por momentos en los abrazos de Papá, los ocultaba tras unas gafas de sol. Le ponía triste verles así, no le gustaba nada.

Siguió aquel interminable rosario de saludos en aquella aburrida ceremonia. No le sorprendía que nadie hablará con él ni le dedicara ninguno de aquellos gestos de empatía y resignación. Al fin y al cabo era el benjamín, aquel al que casi todo le parecía nuevo y extraño, el que nunca entendía porque eran así las cosas, por qué se empeñaban los adultos en no limitarse simplemente a hacer las cosas que querían y se empeñaban en complicarlo todo. "Cuando seas padre comerás huevos", le gustaba repetirle su padre. Otra de esas frases que sabía que no significaba lo que aparentemente significaba, pero cuyo sentido real se le escapaba. ¿Por qué ese empecinamiento en no hacer las cosas de manera más sencilla?

Tampoco echaba de menos aquellas palabras que los amigos y los familiares susurraban a los oídos de sus padres y que provocaban, en ocasiones, abruptas rupturas de aquellas caras serias en torrentes de lágrimas, emociones desbordadas y abrazos intensos. No sabía que era eso tan terrible que les podían estar diciendo, pero algo no le cuadraba. Aparentemente todo el mundo estaba triste y dolido, eso estaba claro, de hecho se lo estaban contagiando. Pero aunque parecía que todos pretendían consolar a sus padres y, en menor medida, a su hermana, en ocasiones parecía como si les incitaran a llorar de nuevo cada vez que conseguían contener sus lágrimas detrás de una precaria presa. Mejor no recibir esas atenciones, pensó. No quería que le hicieran llorar también a él. Bastante triste era ya todo.

Sin embargo, lo más preocupante era lo de María. Ella no lloraba, ni tampoco hablaba. De hecho miraba con cara ausente a cada persona que se acercaba a su lado para darle un silencioso abrazo o una caricia, o a aquellos que le dedicaban un sonrisa forzada y un besito en la mejilla. Parecía estar en otro sitio, en un sitio interno y privado, en un lugar vacío, en una extraña pesadilla viviente de la que esperaba despertar de un momento a otro. Simplemente se dejaba hacer, escuchando sin atender, dejándose abrazar sin sentir. Muda e impasible, parecía, como él, extraña a toda aquella situación. Pero, también como él, al menos tendría que estar contagiándose de aquella pesada atmósfera de dolor; y en cambio, a pesar de tener que soportar las atenciones de muchas de aquellas personas, seguía insensible y ajena a aquel presente. Necesitó acercarse a su lado y decirla unas palabras. Quiso que reaccionara, que despertara. No la quería ver triste, él no quería que nadie de los que estaban allí sufrieran, para nada; pero mucho menos quería ver a su hermana así, carente de aquella alegría vital, de aquella sonrisa que acudía a su rostro tan fácilmente como el llanto. Verla así, como un cascarón vacío, le dolía especialmente. Así que apoyó una de sus pequeñas manitas huesudas en su hombro y, poniéndose de puntillas, le dijo al oído: "¡Sonríe, tata!".

Lo que pasó después no lo entendió. Su hermana gritó. Primero de sorpresa. Luego de una emoción y alegría extremas. Mamá al oírla cayó de rodillas, llorando; Papá intentaba sujetarla con su abrazo para que no cayera del todo al suelo, al tiempo que rogaba a María que no se inventase esas cosas. Algunos familiares negaban, tristes, y cuchicheaban señalando a su hermana. A sus oídos llegó algún "pobrecita" o "esta niña...", y hasta un "¿lo dirá en serio o...?". Sus tíos Magda y Ángel, los padrinos de María, la abrazaron y se la llevaron lejos de Mamá, que no dejaba de llorar tras escuchar las palabras de su hija. Unas palabras que no dejaba de gritar una y otra vez, sacada de golpe de su anestesia, de su forzado presidio en un autismo sordo y mudo. A él le gustó verla sonreír, contenta. De hecho, parecía hasta demasiado contenta. Estaba casi histérica. Y no solo sonreía, también reía divertida, con una risa nerviosa que, pese a sacar a relucir aquella enorme sonrisa de dientes alternos, sonaba extrañamente artificial. Y al mismo tiempo que reía y se dejaba arrastrar, su mirada desorbitada bailaba de unas caras a otras, aunque la fijaba intensamente cada vez que gritaba, y especialmente sobre Mamá. Al menos había despertado de aquello, pensó. Prefería verla así de alterada a como estaba antes, eso seguro. Decidió que se acercaría a ella para susurrarle más palabras de ánimo. Pero de momento esperaría a que se calmase un poco y que dejara de gritar aquello.

¡Tengo que sonreír! ¡Nacho me ha pedido que sonría! ¡Le he oído! ¡Me ha dicho: "Tata, sonríe"! ¡Me ha hablado el tato! Jajajajaja. ¡¡Me ha hablado el tato!! Me ha dicho que sonría... ¡¡sonreid!! ¡Sonríe, Mamá! ¡¡Sonríe!! ¡¡Me lo ha dicho Nacho!! ¡¡El tato!! Jajajajaja. ¡El tato! Me ha hablado el tato... no sé como, pero me ha hablado el tato. Nacho. Le he oído. Le oigo... ¡¡Te oigo Nacho!! Jajajajajaja.

viernes, 25 de noviembre de 2011

En manos del Destino

Esperaba a su Destino. Era irónico que lo necesitara tanto cuando a veces era tan cruel con ella. Pero no podía vivir de otra forma, no tenía voluntad propia. O al menos nunca había querido tenerla. Simplemente se dejaba llevar por aquellas manos irresistibles de aquel ente superior que gobernaba sus días. Sin aquella voluntad que le era ajena, no era nada. Tan solo un cuerpo inánime repantingado en una silla de estilo Windsor, mirando a través de una minúscula ventana que mostraba el mismo paisaje día y noche…

En silencio, recogida en aquella habitación anodina, espero y espero a que el Destino le llamara, a que le diera nombre y oficio, a que la vistiera de cualidades y defectos, a que le dibujara un presente y un futuro por el que pasear sus pequeños piecitos. Sabía que para el Destino era no era más que un juguete, una vida con la que jugar y a la que manipular, una tabula rasa en la que escribir una bella historia, un divertido enredo o un terrible drama. Pero, una vez más, se dejaría llevar. Siempre había sido así y siempre lo sería.

Pronto finalizo su espera. Como hacía a diario, al llegar la tarde Destino entró en aquella estancia, en aquel cuarto que contenía el suyo propio, como si las habitaciones hicieran las veces de juego de muñecas rusas. En esta ocasión su Destino se arrodillo junto a la casita de muñecas, la cogió entre sus dedos, y comenzó a fantasear en voz alta con un nuevo sueño inventado que se convertiría, a medida que lo verbalizaba, en su nueva realidad. En la realidad de aquella pequeña muñeca de trapo que no tenía vida más allá de los juegos de una niña.

Por un breve instante, mientras aquella nueva vida, esa nueva reencarnación, tomaba su cuerpo flácido, una pequeña ventana de duda se abrió en aquella mente de trapo. ¿Acaso podría ser su Destino poco más que una muñeca de trapo para un Destino aun mayor? ¿Quién dijo que un juguete no podría filosofar? Lo hacen, sí, pero muy brevemente. De hecho, para la pequeña muñeca de blanco mandil y rizos dorados, ese extraño pensamiento desapareció de su pequeña cabeza tan rápidamente como había surgido, sin dejar rastro del mismo. Ahora todo lo que la ocupaba, todo su ser, toda su historia pasada, presente y futura, era el ser una profesora que daba la lección de pie sobre la mesita de té de juguete ante aquellos alumnos de peluche, sentados en hileras de tres, que la escuchaban atentos hablar por la boca de la niña Destino. “Cinco por cinco, veinticinco”.

Eso es todo lo que era. Una profesora de trapo que recitaba la tabla del cinco a ositos de felpa con remiendos. Así lo dictaba su Destino hoy.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Cazamariposas

Decidió que iría con el cazamariposas a todas partes. No se separaría de él ni un segundo. Necesitaba tenerlo a mano. Ya estaba cansada de que siempre ocurriera lo mismo, de que en el momento más inesperado una mariposa se le cruzara revoloteando alegremente y, para cuando fuera a buscar algo con lo que atraparla, ya hubiera desaparecido.

Le gustaban tanto aquellas mariposas… Surgían de cualquier sitio, como flores arrastradas por un viento caprichoso, gráciles, dejando escapar aquel polvillo mágico de sus alas que embriagaba estancias enteras con su olor. Le encantaba contemplarlas cuando se quedaban con ella largo rato, saltando en el aire por escalones invisibles hasta posarse trémulamente en lo alto de una silla o en el vano de una ventana. Disfrutaba especialmente cuando las veía, a veces a pares, incluso a tríos, apoyadas en el travesaño de la cama al despertarse; o cuando, entre puntada y puntada de aquella interminable bufanda amarilla que tejía para la abuela, se acercaban, curiosas, intentando aterrizar en el extremo romo de las largas agujas.

Pero los momentos más deliciosos eran los más inesperados. Cuando la sorprendían distraída mirando por la ventana, o en la lectura del capítulo más seductor de una novela de intriga, y el cosquilleo de unas patitas minúsculas apoyadas en su hombro o en su antebrazo le arrebataban de lejanos pensamientos y le traían a un suave suspiro presente. Aquello casi era magia, aquel cosquilleo que le recorría la piel y le erizaba los pelos de la nuca hasta hacerla estremecer en un íntimo escalofrío que le invitaba a cerrar los ojos y a sonreír con placidez.

Adoraba a aquellas mariposas de fantasía, a las canciones interminables que susurraban sus diminutas alas de iridiscentes colores, a aquellas sensaciones que le producían, que se calaban hasta los huesos, hasta lo más hondo del corazón, desde donde bombeaban por todo su cuerpo el primer mordisco de un chocolate negro, el beso largamente anhelado, la carcajada desbocada y el sol de una mañana de Abril. Todo eso y mucho más, y todo al mismo tiempo. Amaba sentirse arropada por las delicadas caricias del tiempo que le regalaban a su lado. ¡Y cómo las echaba de menos cuando faltaban! Por eso había decidido no separarse del cazamariposas. Esta vez las cogería a medida que se le presentaran. No quería que se le volvieran a escapar. No podía estar sin ellas. Necesitaba su olor inexistente, sus revoloteos imperceptibles y sus colores transparentes. Necesitaba su tierna presencia, su inconfundible existencia, su certera alegría. Necesitaba aquella sonrisa tonta que le dibujaban en los labios, aquel hormigueo que le instalaban en el ritmo de sus segundos, de aquellos segundos que volaban cuando estaban con ella.

Así que estaba decidida: se las comería, a todas, para que estuvieran siempre en su interior, regalándole aquellas deliciosas sensaciones mientras revoloteaban una y otra vez bien dentro de su pecho. Justo en la boca del estómago.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Scattergories

Le puso la correa alrededor del cuello. Era una pura formalidad, porque luego no tiraría de él mientras paseaban, pero le encantaba ver la pequeña plaquita dorada con el nombre de Toby balancearse a cada paso. Él jugueteo con ella, tal y como siempre hacía cuando se la ponía. Recordaba como en los primeros paseos se la quitaba, la chupaba y la acababa tirando en alguna esquina; pero de un tiempo a esta parte parecía que aceptaba llevarla puesta.

Comprobó que las ruedas estaban bien engrasadas. Había estado lloviendo y no quería que se oxidaran. Luego se puso el abrigo y el gorro, abrió la puerta y salió a la calle empujando el carrito. Recordaba, meses atrás, cuando empezaron a dar aquellos paseos juntos. ¡Cómo les miraban todos! Había hasta exclamaciones de sorpresa. Ahora, de vez en cuando, aún comprobaba como alguna mandíbula se descolgaba y algún que otro índice curioso les apuntaba. A ver, sí, no es muy normal sacar a pasear a tu mascota en un carrito, era consciente de ello. Pero a Toby le venía muy bien salir a la calle, pese a su condición. Disfrutaba mucho, miraba atento en todas las direcciones, y tenía más apetito y estaba de mejor humor desde que realizaban aquellos paseos diarios. Estaba seguro de que los disfrutaba tanto como él. Y la gente del barrio ya se había acostumbrado a verlos pasar. Había quienes saludaban con afecto a Toby, y este, desde luego, les reconocía y saludaba a su manera.

Chispeaba un poco, y las gotas rompían el esquema de ondas que recorría la parte superior de la pecera al avanzar por la calle. Toby se desplazaba de un lado al otro de la misma, como hacía siempre, curioseando los colores y formas que le rodeaban. Metió una mano en el agua y noto como enroscaba un par de sus flexibles tentáculos alrededor de sus dedos y su muñeca, señal de que estaba contento y a gusto. Sonrío. No todo el mundo tenía una relación tan genial con su mascota como la que tenían ellos. Y más tratándose de un pulpo.

¿De qué me suena?

Recordaba a toda la gente del pueblo en que nació. No era difícil, no serían más de doscientos habitantes. Fue recorriendo mentalmente calle tras calle, llamando a cada puerta y viendo como salían de cada una de los domicilios hilera tras hilera de personas. Algunos saludaban cordialmente, como viejos amigos de la infancia. Otros apenas hacían un gesto de reconocimiento levantando levemente la cara al cruzar sus miradas con la suya, algo hoscos y despreocupados: aquellos primos lejanos o amigos de compromiso, a los que había podido conocer en algún cumpleaños o fiesta popular, y de los que ni recordaba el nombre. Casa tras casa, cara tras cara, fue recorriendo cada una de las callejuelas hasta cerrar el círculo. No, no era de allí.

Pensó en la media docena de trabajos que había tenido en su vida. En la peluquería del tío José, barriendo el cabello que caía de la cabeza de los clientes. No, desde luego, no era de allí. En la academía donde daba clases. Tuvo muchos alumnos en aquellos tres años, sí, pero... no, imposible, no podía ser de allí. Ni de la notaría donde estuvo de becario. Ni de la asesoría que montó con Iñigo y Carmen. Ni de su primer trabajo de procurador. Ni mucho menos de ahora, que era socio del bufete. No, no y no. Desde luego que no podía ser del trabajo. De ninguno de ellos. Se acordaría. Estaba casi seguro de que se acordaría. Bastante seguro. Bueno, en realidad no lo descartaba... pero no... no. Sabía que no era de allí; algo internamente, privadamente, le decía que no era de allí. Así que lo descartó también.

¿La familia? ¿Los amigos? Quizá de alguna cena, o de alguna fiesta posterior a la misma. Eran muy dados a eso... ¿Sería de allí? Trató de hacer memoria... Amigos de amigos, familia de amigos, amigos de familiares... Uf. No. ¿Algún viaje? No. ¿Del colegio, tal vez? ¿O de la universidad? ¿Del barrio de sus padres? ¿Del suyo? Joder, ¡no! No sabía bien por qué, pero estaba seguro de que no. No era de allí. No. Algo ahí dentro, en el fondo de la garganta, donde se ancla la lengua, le seguía diciendo que no, que estaba errando el tiro una y otra vez, que tendría que apuntar con más tino, que la respuesta la tenía ahí delante de las narices y que no estaba sabiendo verla...

Se rindió. O mejor dicho, estaba a punto de hacerlo. En diez pasos, cinco suyos y cinco de ella, se cruzarían en la acera. Y ella seguiría de largo y él también, y quizá nunca sabría de qué la conocía. A menos que...

"¡Perdona...! Lo siento, perdona. Te va a parecer una tontería pero... ¿te conozco de algo?". Y fue entonces, mientras pronunciaba el "algo", tras esos tres segundos en que ella paró la conversación con la chica que la acompañaba y fijó sus ojos verdes en él, en ese instante en que sus pupilas se inflamaron y su mirada se iluminó con la sonrisa que crecía en sus labios, una sonrisa de reconocimiento, cariño y alegría por el reencuentro; justo en ese momento es cuando supo, sin necesidad de que ella respondiera, de donde la conocía. ¡¡Qué idiota había sido!! ¡Cómo no podía haberse dado cuenta!

"¡¡Elena!!", gritó, al mismo tiempo que el corazón se le aceleraba y notaba como la emoción les embargaba a ambos. Y en lo que dura el latido de un colibrí, unos pies ligeros se pusieron de puntillas, dos pares de brazos atraparon dos cuerpos largamente añorados, y un suave dulce beso unió sus labios de una forma extrañamente natural y automática, pese al tiempo transcurrido. Precisamente como si todo ese tiempo, de pronto, no hubiera corrido para ambos.