Cada año esperaba estas fiestas. No es que fueran sus favoritas, no. Es que para él eran las únicas. El resto del año no dejaba de ser una repetición monótona de días vacíos de significado. Pero cuando se acercaba la Navidad todo cambiaba. Era distinto. Le encantaba aquello. Lo vivía tan, tan, tan intensamente...
Desde semanas antes al día de Navidad, ya se notaba el cambio en él. Recibía a todas las visitas a la casa con una gran sonrisa. Disfrutaba de las cordialidades navideñas, de escuchar aquellos "¡qué tengas feliz Navidad!" o "¡felices fiestas!". Para él no eran simples formulismos. En absoluto. Eran deseos sinceros. Deseos de paz, de armonía, de familias abrazadas en torno a mesas llenas y de sueños infantiles. Era precioso. El lo vivía como algo precioso. Le costaba tan poco vivirlo así... De hecho, no podía evitarlo. Tenía la sensación de que estaba en este mundo para eso. Para vivir así de intensamente la Navidad. Para ser Navidad.
Siempre había deseado unas navidades blancas, aunque nunca había pisado la nieve. Para alguien como él, con una vida como la suya, era difícil poder escaparse a algún puerto de montaña y hacer muñecos de nieve o disfrutar de peleas a bolazo limpio. Aunque lo deseaba, sí. Secretamente. Su vida... bueno. No podía decir que le gustara. Deseaba que fuera de otro modo, eso seguro. Se sentía enclaustrado, vació, anónimo, inútil. ¿Cuestión de autoestima? Puede ser. No era una vida mejor o peor que la de otros muchos, eso es cierto. Pero realmente el resto del año no valía nada para él. Eran días, semanas, meses vacíos. Simplemente formaban el tiempo entre dos Navidades. Nada más que eso.
No es difícil hacerse una idea de lo que significaba para él que se acabaran las fiestas. Hablar de depresión es quedarse corto. Aunque con el paso de los años había aprendido a ser paciente, a vivir cada día como uno más en la cuenta atrás hasta las próximas Navidades. Pero seguía resultándole duro. Muy duro. De todas formas no pensaba en ello durante aquellas fiestas. No le daba tiempo. Lo pasaba demasiado bien, sus días y sus noches se llenaban de demasiadas ilusiones y demasiados motivos para sonreír de oreja a oreja, como siempre hacía.
Nunca se le oía decir cuantísimo amaba la Navidad. No hacía falta, claro. Solo había que mirar sus ojos brillantes para darse cuenta de lo feliz que era. Desbordaba entusiasmo, dinamismo, ganas por festejar. Era lo más parecido a la Navidad personificada. Y cada Navidad, año tras año, impregnaba de buenos sentimientos, bonitos deseos y sinceras alegrías a aquella familia que le acogía. La misma familia que conocía desde hacía ya cuatro generaciones, y con la que deseaba estar cuatrocientas generaciones más. Les quería a todos, a todos y cada uno de ellos. Pero ahora mismo sentía debilidad por la pequeña Nati. Era ella quien junto a la matriarca, su abuela Aurori, cada año, a primeros de Diciembre, abría la caja de los adornos navideños. Escuchar la voz aguda de Nati mientras revolvía espumillón, bolas y figuritas del belén era uno de los momentos más dulces para él. "¿Dónde está el pastorcito, Abu? ¿En esta caja? ¿Está aquí? ¡¡Pastorcitoooooo!! ¡Aquí estás!". Y lo cogía con sus dedos diminutos, y lo abrazaba, y lo colocaba con cuidado en su lugar, en aquella pequeña mesita de la vieja casa familiar dónde cada año se instalaba el nacimiento. "Abu, ¿te he dicho que este pastorcito es mi figurita favorita?", decía. "Todos los años me lo dices, cielo. Y claro que lo es, es la de todos", le contestaba su abuela. "¡¡Pero es que mira como sonríe, abu!! Mira, ¡miraaaaaa!", gritaba entusiasmada la pequeña, mientras su abuela reía, complacida.
Y así pasaban los años para el pastorcito. El pequeño pastorcito del belén. El de la pintura descascarillada aquí y allá. El de la ovejita a hombros. El de la enorme, enorme sonrisa y los ojos tan brillantes como el primer día. El que querría poder hablar, poder gritar con todas las fuerzas de sus diminutos pulmones de plomo, diciendo: "¡¡¡Feliz navidad!!!".
sábado, 24 de diciembre de 2011
lunes, 19 de diciembre de 2011
Madrugada
Madrugada. Hora de desvelos y duermevelas. De párpados pesados. De pesadillas que te expulsan de pozos negros y carreras angustiosas hacia una noche igual de negra y a una sensación igual de angustiosa. Las horas de los sueños imposibles, de las hadas, de las sombras que esconden sombras, secretos y pasos de puntillas. El tiempo del gato y del murciélago, del sereno y del coco. Letras bajo luz eléctrica. Monstruos. Madrugada.
Hogar de recuerdos. De caricias pasadas y besos perdidos. Morada de castillos de naipes que nos empeñamos en construir una y otra vez, a pesar del fuerte y negro, negro viento. Palacio de los deseos, de los caminos inexplorados, de las dudas, de las búsquedas del significado de los silencios. Refugio de los sentimientos. De los odios viscerales. De los amores viscerales. Capital de las vísceras.
De cuántos juramentos son testigos luna y estrellas. A cuántos amantes despiertan, cuántas manos buscan calor a su lado. Cuántos susurros, cuántos gemidos, cuántos suspiros. Qué cantidad de besos a escondidas, de ojos ciegos en negruras absolutas, que sin embargo ven, y son vistos. Y los cantos... ¡Ay! Los cantos de sirena... Las palabras que tremolan en el aire, "para siempre", dicen, "te quiero", dicen, "nosotros", dicen.
El paraíso de las lágrimas, de los ojos rojos que escuecen una milésima de lo que escuece el alma. La hora del abrazo que da paz, que llena, que completa. El tiempo de la caricia familiar, del ardor de pieles cercanas, de los sorbitos de vida bebidos en palabras dulces. Reino del relámpago que ilumina ojos que miran fijamente a ojos, sobre sonrisas de felicidad. Territorio de los que duermen y de quienes vigilan sus sueños. El lugar de las camas medio vacías o demasiado llenas. El lugar de los "que este momento dure para siempre". Sí, ese lugar.
La libertad del recluso. La cordura del loco. Tierra de los olores, las texturas y los sabores. Universo de los sonidos que traen lluvia, olas, respiraciones acompasadas. Punto de reunión de las recapitulaciones. Lugar de partida de ilusiones y decisiones. Escuela de todos, donde maestro y alumno hablan con la misma voz. "Aprende, vive, sueña", dicen. El lugar donde se forjan las mayores alianzas. El lugar donde se ejecutan las mayores traiciones. Sí, sí, sí. Ese lugar. Este lugar.
Madrugada. El tiempo sin sol. El tiempo sin día. El contrapunto. Donde los silencios se rompen. Donde los hados conspiran. Madrugada de musas. Madrugada de insomnio. Madrugada inolvidable. Madrugada para olvidar.
Que descanses.
Hogar de recuerdos. De caricias pasadas y besos perdidos. Morada de castillos de naipes que nos empeñamos en construir una y otra vez, a pesar del fuerte y negro, negro viento. Palacio de los deseos, de los caminos inexplorados, de las dudas, de las búsquedas del significado de los silencios. Refugio de los sentimientos. De los odios viscerales. De los amores viscerales. Capital de las vísceras.
De cuántos juramentos son testigos luna y estrellas. A cuántos amantes despiertan, cuántas manos buscan calor a su lado. Cuántos susurros, cuántos gemidos, cuántos suspiros. Qué cantidad de besos a escondidas, de ojos ciegos en negruras absolutas, que sin embargo ven, y son vistos. Y los cantos... ¡Ay! Los cantos de sirena... Las palabras que tremolan en el aire, "para siempre", dicen, "te quiero", dicen, "nosotros", dicen.
El paraíso de las lágrimas, de los ojos rojos que escuecen una milésima de lo que escuece el alma. La hora del abrazo que da paz, que llena, que completa. El tiempo de la caricia familiar, del ardor de pieles cercanas, de los sorbitos de vida bebidos en palabras dulces. Reino del relámpago que ilumina ojos que miran fijamente a ojos, sobre sonrisas de felicidad. Territorio de los que duermen y de quienes vigilan sus sueños. El lugar de las camas medio vacías o demasiado llenas. El lugar de los "que este momento dure para siempre". Sí, ese lugar.
La libertad del recluso. La cordura del loco. Tierra de los olores, las texturas y los sabores. Universo de los sonidos que traen lluvia, olas, respiraciones acompasadas. Punto de reunión de las recapitulaciones. Lugar de partida de ilusiones y decisiones. Escuela de todos, donde maestro y alumno hablan con la misma voz. "Aprende, vive, sueña", dicen. El lugar donde se forjan las mayores alianzas. El lugar donde se ejecutan las mayores traiciones. Sí, sí, sí. Ese lugar. Este lugar.
Madrugada. El tiempo sin sol. El tiempo sin día. El contrapunto. Donde los silencios se rompen. Donde los hados conspiran. Madrugada de musas. Madrugada de insomnio. Madrugada inolvidable. Madrugada para olvidar.
Que descanses.
El carpintero
Conocía aquel bosque mejor que nadie. Lo había recorrido infinidad de veces. Sus primeros recuerdos estaban llenos de aquellos troncos altos y firmes, de aquel cielo de hojas de decenas de especies de árboles distintos, de bayas, de flores y del viento ululando entre aquel ramaje. Y allí, entre aquellos claros, entre troncos caídos y hojarasca, rodeado de setales y de piñas huecas, se sentía como en casa.
Se paró en uno de sus claros favoritos, disfrutando del sol de la mañana mientras reposaba apoyado en un viejo tronco hueco cubierto de musgo. Hoy debía de elegir un árbol nuevo con el que empezar su trabajo. Quizá parezca un poco extraño que un carpintero elija por si mismo, en persona, la madera con la que quiere trabajar. Pero en él se juntaban dos cosas. Por una parte era un gran artesano, de eso no había duda. Le conocían en todos los pueblos de la comarca. A menudo había gente que se desplazaba al bosque para verle trabajar, para observar como seleccionaba el árbol adecuado, como miraba la madera con ojos expertos, viendo más allá de lo que ve cualquier mortal en un viejo y retorcido roble o en un estirado y orgulloso abedul. Por otra parte, conocía mejor que nadie aquellos bosques. Cada árbol, ya fuera centenario o nuevo brote, era familiar para él. Era tan común verle recorrer aquellos lares que todos los habituales del bosque, desde el guarda forestal hasta los aficionados a la búsqueda de hongos, pasando por los cazadores o los excursionistas, todos y cada uno de ellos, le saludaban jovialmente al toparse con él. Si bien es cierto que rara vez les prestaba atención: siempre solía estar ocupado con su labor. Pero era parte integral de aquel bosque.
Era un trabajador incansable. Cuando se ponía manos a la obra en la búsqueda del árbol perfecto no cejaba hasta dar con él. Con lluvia, nieve o vientos huracanados, daba igual. Y una vez hecha la selección, ponía en marcha sus herramientas de trabajo, que propagaban por todo el bosque aquel característico sonido, ese rítmico golpeteo interminable. Como estaba a punto de ocurrir en aquel momento. Ya había elegido el árbol adecuado para hoy. Frente a él tenía un enorme pino que se erguía alto y orgulloso en el linde del claro, asomando su puntiaguda copa mucho más allá que sus chaparros vecinos.
Se acomodó en una de las ramas para estudiar la materia prima de cerca. Sin duda había acertado ya desde la distancia: era el árbol adecuado. Se aferró con cuidado al tronco (no conviene caerse de esa altura...) y puso en marcha su pico. Aquel sonido rasgó el susurro de fondo del bosque. Miles de ojos y orejas, de animales y personas, se giraron al instante hacía aquel lugar. Pronto aquel repiqueteo constante llenó el bosque hasta el punto de convertirse en algo tan natural en él como el verde y el marrón. Ese era el bosque del carpintero. Y cuando golpeaba velozmente los troncos de los árboles lo reclamaba para sí. Sus árboles. Su bosque.
El rítmico soniquete se pausó por un momento, mientras atrapaba una pequeña larva con su pico y la tragaba rápidamente. Luego se desperezó, estirando las alas, y retomó su labor. De vuelta a trabajar la madera. Su madera. Como buen carpintero.
Se paró en uno de sus claros favoritos, disfrutando del sol de la mañana mientras reposaba apoyado en un viejo tronco hueco cubierto de musgo. Hoy debía de elegir un árbol nuevo con el que empezar su trabajo. Quizá parezca un poco extraño que un carpintero elija por si mismo, en persona, la madera con la que quiere trabajar. Pero en él se juntaban dos cosas. Por una parte era un gran artesano, de eso no había duda. Le conocían en todos los pueblos de la comarca. A menudo había gente que se desplazaba al bosque para verle trabajar, para observar como seleccionaba el árbol adecuado, como miraba la madera con ojos expertos, viendo más allá de lo que ve cualquier mortal en un viejo y retorcido roble o en un estirado y orgulloso abedul. Por otra parte, conocía mejor que nadie aquellos bosques. Cada árbol, ya fuera centenario o nuevo brote, era familiar para él. Era tan común verle recorrer aquellos lares que todos los habituales del bosque, desde el guarda forestal hasta los aficionados a la búsqueda de hongos, pasando por los cazadores o los excursionistas, todos y cada uno de ellos, le saludaban jovialmente al toparse con él. Si bien es cierto que rara vez les prestaba atención: siempre solía estar ocupado con su labor. Pero era parte integral de aquel bosque.
Era un trabajador incansable. Cuando se ponía manos a la obra en la búsqueda del árbol perfecto no cejaba hasta dar con él. Con lluvia, nieve o vientos huracanados, daba igual. Y una vez hecha la selección, ponía en marcha sus herramientas de trabajo, que propagaban por todo el bosque aquel característico sonido, ese rítmico golpeteo interminable. Como estaba a punto de ocurrir en aquel momento. Ya había elegido el árbol adecuado para hoy. Frente a él tenía un enorme pino que se erguía alto y orgulloso en el linde del claro, asomando su puntiaguda copa mucho más allá que sus chaparros vecinos.
Se acomodó en una de las ramas para estudiar la materia prima de cerca. Sin duda había acertado ya desde la distancia: era el árbol adecuado. Se aferró con cuidado al tronco (no conviene caerse de esa altura...) y puso en marcha su pico. Aquel sonido rasgó el susurro de fondo del bosque. Miles de ojos y orejas, de animales y personas, se giraron al instante hacía aquel lugar. Pronto aquel repiqueteo constante llenó el bosque hasta el punto de convertirse en algo tan natural en él como el verde y el marrón. Ese era el bosque del carpintero. Y cuando golpeaba velozmente los troncos de los árboles lo reclamaba para sí. Sus árboles. Su bosque.
El rítmico soniquete se pausó por un momento, mientras atrapaba una pequeña larva con su pico y la tragaba rápidamente. Luego se desperezó, estirando las alas, y retomó su labor. De vuelta a trabajar la madera. Su madera. Como buen carpintero.
jueves, 15 de diciembre de 2011
¿Diga?
Dejó que sonara un tono, y entonces colgó. Se levantó, nervioso. Se puso a caminar por el pasillo, arriba y abajo. ¿Y ahora qué? Vería su llamada y la devolvería. O no. Quizá debería llamar de nuevo. No. Jo. Mierda. ¿Por qué había colgado?
Volvió a sentarse junto al teléfono, y se quedó mirándolo, nervioso. ¿Y si sonaba ahora? Ahora sonaría, sí. De un momento a otro. O no. Quizá no. Quizá no estaba. Lo mejor sería volver a llamar de nuevo, sí. Y esta vez no colgar, claro.
Cuando alargaba el brazo hacia el teléfono, este sonó. Pegó un pequeño salto en el sofá. ¿Es posible que le estuviera llamando? A ver, era lógico, ¿no? Se mordió el labio, temeroso. Se intentó tranquilizar sin conseguirlo. Y una mano temblorosa descolgó. Silencio. Silencio a ambos lados de la línea. ¿Estaría ahí, al otro lado? ¿Por qué no decía nada? Bueno, él tampoco había dicho nada, claro.
Los segundos pasaban, lentos, como esos segundos que pesan años. ¿Cuanto tiempo llevaba ahí, pegado al auricular? Veía su mano libre tiritar sin remedio sobre su rodilla. Tenía que hablar, decir algo… Lo intentó. Tres veces. La boca se abría, como la del pececillo del acuario que tenía enfrente, pero no salía ningún sonido de su interior. Se sentía idiota, boqueando, mudo. Pensó en colgar, de nuevo. Aunque más que un pensamiento era un especie de reflejo que luchaba por salir de esa situación, de ese bloqueo que le tenía atrapado. Tenía la mente vacía. Se sentía como si estuviera excavando en una enorme caja de arena sin fondo en busca de algo oculto en su interior, y por cada brazada que apartaba, otra se colaba en su lugar.
Una parte de sí le pedía hablar, decir “hola”, decir algo. Otra le pedía colgar. Pero la que ganaba el pulso es la que le hacía mantenerse en ese estado petrificado. ¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Un segundo? ¿Una hora? Fue entonces cuando un “¿estás ahí?” brotó del otro lado del auricular, y el embrujo se rompió. De pronto respiró (¿desde cuando llevaba aguantando la respiración?) y se desató un nudo de emoción atado en tripas. Un ansioso automatismo por fin liberado le hizo hablar y hablar sin parar, casi sin ser consciente de estar haciéndolo. Se lo contó todo, del tirón. Y su mano dejó de temblar.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
Sueños de vía estrecha
El soniquete del tren trastabillando sobre las vías. Si le preguntasen por su canción favorita, diría que es esa. Ese runrún que acurruca y mece y vibra a partes iguales. Le encantan los trenes, claro. Sentarse embelesado ante un paisaje que corre veloz frente a él, que se escapa por segundos de su vista en una continua carrera por atrapar el horizonte. Las largas conversaciones que convierten a los desconocidos de compartimento en compañeros de viaje. El pasillo, recorrido con paso torpe de bebé camino del coche restaurante, con todas esas puertas a un lado llenas de deseos por alcanzar un destino común.
Él disfruta de los viajes largos. De aquellos que dan para acabarse el libro y obligan a rebuscar en el equipaje en busca del siguiente. De esos en los que las cabezadas que vence el sueño se convierten en agradables episodios que repiten sensaciones de lejanos paseos en cochecitos de niño ya olvidados. En los que da tiempo a contar tu vida, tus sueños, tus ilusiones, a ese simpático extraño que acabará convirtiéndose en uno de tus mejores amigos. Esos viajes que dan paso a un intercambio de miradas entre dos desconocidos sobre sendos cafés que amenazan con derramarse de las tazas tras el último traqueteo, y que pone la semilla para uno de esos besos de “hasta pronto” que nadie quiere terminar entre dos enamorados en la estación de destino.
Y ahora, mientras tamborilea con sus dedos sobre la mesa al ritmo creciente que imprime la pequeña locomotora del tren que arranca su viaje camino de la siguiente estación, los recuerdos le asaltan. Y sonríe, y se entristece, y niega con la cabeza, y suspira, mientras el tren tartamudea una vez más su característico murmullo, desplazándose cada vez más deprisa bajo la catenaria. “Alguna vez viajaré en un tren a vapor”, se dice siempre en esos momentos melancólicos. El diminuto tren recorre las vías frente a sus ojos, cruza el pequeño puente de madera y atraviesa el corto túnel. Lentamente baja la velocidad del convoy y deja que se detenga en la otra estación, al otro lado de la mesa. “Fin del trayecto”, piensa. Se acabaron los sueños por hoy.
Poco después la habitación queda a oscuras, la maqueta tapada bajo una fina sábana. Los sueños de vía estrecha volverán a salir mañana. Puntuales, como siempre.
martes, 13 de diciembre de 2011
Su rincón
La noche era fría y el viento le despeinaba con ráfagas racheadas. Detuvo su paseo y hundió sus manos en los bolsillos del abrigo, en busca de algo de calor. Contempló la ciudad. Le gustaba subir hasta allí para mirarla. Aquella miríada de lucecitas que marcaban como alfileres de brillante cabeza las calles y carreteras. Los faros de los coches, como diminutos ojos que se abren camino en un lejano murmullo, uno detrás de otro, en interminables filas de hormigas invisibles. Y aquellas ventanas iluminadas, cada una con su propia historia escondida en su interior, llenas de vidas tristes o alegres, de retos y fracasos, de sueños y caricias nocturnas.
De pequeño jugaba ante aquella visión. Cerraba uno de sus ojos y estiraba un índice huesudo. Y, como en los laberintos de los pasatiempos, recorría con él caminos escoltados por luminarias nocturnas de un extremo al otro del horizonte, perdiéndose en calles, recodos y opacos edificios que marcaban callejones sin salida, dejando que luces y semáforos saltaran alegres alrededor de su dedo, como luciérnagas multicolores de fantasía.
Hoy no. Hoy miraba a aquella ciudad que nunca dormía del todo y se preguntaba donde estaría ella ahora. Donde se esconderían sus manos y sus ojos, su cabello y sus labios. En qué silenciosa lectura o en qué desesperante atasco estaría perdida ahora mismo. Qué palabras se formarían en su cabeza y a qué ritmo latiría su corazón. Desde qué ventana miraría hacía allí, hacía donde estaba él, y en qué momento se cruzarían sus miradas, sin saberlo.
Suspiró quedamente, alzó la vista al cielo y sonrío. Luego sacó el teléfono del bolsillo, marcó nueve dígitos y retomó el camino, lentamente. “Hola… Un día de estos quiero enseñarte algo…”, dijo. Y sus palabras, y una carcajada divertida, y el sonido de las hojas secas crujiendo a sus pies, se fueron perdiendo por el asfaltado sendero. De vuelta al ruido, a la luz eléctrica, a la lenta ebullición de la ciudad.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Epidermis
Hacía tiempo que la notaba creciendo dentro de ella. Decidió no comentarlo con nadie. Quizá fuera todo un espejismo, una falsa sensación. O quizá no. Quizá estaba realmente haciéndose más y más grande, desplazando lentamente aquella nueva piel desde el interior, hasta presionar bajo la suya, ansiosa por salir a la luz, por tomar contacto con el aire. A veces lo sentía ahí, palpitante, en su interior, queriendo salir, luchando por ello. Pero no quería hacerse ilusiones. Aunque realmente lo sabía. Sí, lo sabía.
Disfrutaba de su pequeño secreto. Se sonreía en silencio cuando paseaba y pensaba en ello. Se descubría reponiéndose de los golpes de la vida pensando en aquel nuevo ser que crecía en su interior. Se imaginaba aquella nueva piel, dura y lista. Fuerte. Equilibrada. Soñaba con esas cualidades, lo había hecho siempre. Y, de alguna forma, guardaba la esperanza de que un día aquella persona que había comenzado a hacerse más y más grande en su interior rasgara su cuerpo y tomara control de su ser; de que aquella parte de sí misma que tanto la enervaba y de la que tanto se lamentaba en lágrimas sorbidas de luz apagada y dolores en el pecho, de pronto se viese transformada, revolucionada y reconstruida. Y que todo lo que quedara de ella, de aquella "ella", fuera una vieja piel casi transparente, inútil y vacía.
Fue algo gradual. Ocurrió tan poco a poco que, hasta que no se paró a reflexionar sobre aquello, no fue consciente del todo. Y para entonces ya había mudado casi toda su piel. Había notado indicios antes, claro. Iba comprobando como su visión sobre las cosas cambiaba. Se dio cuenta de como afrontaba sus retos, de esa energía, esa convicción y esa fuerza que la invadían y la arrastraban como una apisonadora sobre todo los contratiempos que surgían. Se sorprendió contestando más de una vez, expresando su criterio, sus ideas, sus sentimientos, con firmeza y convicción. Y aquellos "no" que siempre se le habrían atragantado ahora se escapaban de sus labios cuando era necesario con un rotundidad y seguridad desconocidas para ella. ¿Era posible que estuviera ocurriendo? Aquella tarde, apoyada en el pretil de su terraza, con la vista perdida más allá de la humeante taza que calentaba sus manos, mientras recapitulaba las últimas semanas de su vida y los cambios que se estaban produciendo de pronto en la misma, fue cuando lo comprendió. Ya estaba ahí, la veía.
Disfrutaba de su pequeño secreto. Se sonreía en silencio cuando paseaba y pensaba en ello. Se descubría reponiéndose de los golpes de la vida pensando en aquel nuevo ser que crecía en su interior. Se imaginaba aquella nueva piel, dura y lista. Fuerte. Equilibrada. Soñaba con esas cualidades, lo había hecho siempre. Y, de alguna forma, guardaba la esperanza de que un día aquella persona que había comenzado a hacerse más y más grande en su interior rasgara su cuerpo y tomara control de su ser; de que aquella parte de sí misma que tanto la enervaba y de la que tanto se lamentaba en lágrimas sorbidas de luz apagada y dolores en el pecho, de pronto se viese transformada, revolucionada y reconstruida. Y que todo lo que quedara de ella, de aquella "ella", fuera una vieja piel casi transparente, inútil y vacía.
Fue algo gradual. Ocurrió tan poco a poco que, hasta que no se paró a reflexionar sobre aquello, no fue consciente del todo. Y para entonces ya había mudado casi toda su piel. Había notado indicios antes, claro. Iba comprobando como su visión sobre las cosas cambiaba. Se dio cuenta de como afrontaba sus retos, de esa energía, esa convicción y esa fuerza que la invadían y la arrastraban como una apisonadora sobre todo los contratiempos que surgían. Se sorprendió contestando más de una vez, expresando su criterio, sus ideas, sus sentimientos, con firmeza y convicción. Y aquellos "no" que siempre se le habrían atragantado ahora se escapaban de sus labios cuando era necesario con un rotundidad y seguridad desconocidas para ella. ¿Era posible que estuviera ocurriendo? Aquella tarde, apoyada en el pretil de su terraza, con la vista perdida más allá de la humeante taza que calentaba sus manos, mientras recapitulaba las últimas semanas de su vida y los cambios que se estaban produciendo de pronto en la misma, fue cuando lo comprendió. Ya estaba ahí, la veía.
Era una nueva piel, plateada, firme, fría. Tenía un tacto acerado y resistente. Parecía irrompible. Impermeable. Inexpugnable. La hacía sentirse protegida y segura. La recorrió con dedos curiosos y sonrisas de nueva realidad. Le gustaba aquello. Le encantaba como estaba cambiando. Lo mejor de todo es el poder que tenía sobre todo aquello. Con un simple chasquido de dedos, con la velocidad de un pensamiento o un ligero cambio en el arco que dibujaban sus labios, su nueva piel mutaba. Cambiaba. Se convertía en una inmediata metamorfosis en una cálida membrana, suave, confortable, acogedora, que invitaba a acurrucarse en ella y a perderse absorbido en su interior. Podía ser dura y concreta, como un puño, o dulce y acolchada, como un lecho de plumas de ganso. A voluntad. Cuando y como quisiera. Siempre.
Con el paso de los días se fue pelando, poco a poco, como si se hubiese pasado con un baño de sol. Tenía que acabar de mudar su piel, pero no tenía prisa. Aun quedaban restos de lo que fue, los veía, los notaba, como parches viejos de piel oscura y moribunda. Pero no importaba. Pronto ya no estarían allí. Pronto sería distinta. Sería ella. Por fin. Ella. Y le costaba no reventar de felicidad al ser consciente de ello.
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